El proceso de descomposición del peronismo metropolitano incorporó este fin de semana los indicios de la violencia de género que habría ejercido el expresidente Alberto Fernández contra su esposa, Fabiola Yañez.
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Escalan las toxinas
Los elementos aparecieron en los chats que forman parte del cuerpo probatorio de la causa por corrupción con la operatoria de seguros de los organismos públicos nacionales, en los que la secretaria privada del exmandatario, María Cantero, es la principal sospechosa junto a su marido, el broker Héctor Martínez Sosa.
Más allá del resultado que tenga la eventual investigación sobre estas presuntas agresiones, Fernández proyecta una imagen de aislamiento político casi absoluto.
Desde México, donde durante una disertación pidió a Nicolás Maduro que exhiba las actas de la controvertida elección venezolana para honrar “el legado de Hugo Chávez”, Cristina Fernández de Kirchner le dedicó un tiro por elevación al elogiar a la presidenta electa, Claudia Sheinbaum.
“Demostró la madurez y la lucidez de identificarse plenamente con el proyecto de Manuel López Obrador, que fue el que dio origen a este fantástico movimiento, resistiendo la tentación de querer ser distinto o mejor, sino formando parte siempre de un colectivo”, dijo.
“No como otros”, le faltó añadir, por si cabían dudas sobre el destinatario de la frase. Por supuesto, ni siquiera insinuó que las causas por corrupción contra la administración de Fernández puedan estar inducidas por el “lawfare” que tanto la aflige en su caso particular.
Por su parte Sergio Massa, que pasó de presidente de la Cámara de Diputados a ministro de Economía para terminar como candidato a la Presidencia oficialista, no ha dicho una palabra respecto de la desgraciada peripecia que atraviesa su exaliado.
El peronismo no solo abandona a su suerte a su último Presidente: lo destierra como un paria con la obvia intención de concentrar exclusivamente sobre él la responsabilidad por el estrepitoso fracaso de la gestión que abrió paso al experimento de Javier Milei.
Es una situación que no registra precedentes. Carlos Menem y Eduardo Duhalde fueron objeto de destratos también, pero no con semejante nivel de crueldad. Ni siquiera Isabel Perón fue sometida a desconsideraciones similares.
El ensañamiento de la indiferencia que sufre Fernández marca la profundidad de la crisis del peronismo metropolitano.
La escalada de las toxinas en la región que lo orientó desde 2001 hace más evidente la necesidad que tiene el peronismo de generar un nuevo centro de gravedad para transitar esta etapa.
En esa exploración en busca de liderazgos y referencias capaces de articular un proyecto de alcance nacional, se afirma la idea de avanzar en la conformación de opciones provinciales fuertes y autónomas de las directivas emanadas de quienes, aún siendo los principales responsables de tamaña catástrofe política, aún se arrogan derechos de conducción.
Es una tendencia que, si se profundiza en el análisis, viene manifestándose ya desde 2019 en la disociación de los calendarios electorales provinciales de los nacionales, fragmentación que se profundizó en los últimos comicios.
No es una novedad que los caciques provinciales busquen preservar sus capitales políticos de las inestables condiciones que signan el área metropolitana por lo menos desde 2015. Tal inestabilidad ha llegado al punto de un colapso que parece irreversible, en el que el rechazo a Fernández del kirchnerismo y el massismo se destaca como emergente junto a la interna descarnada que enfrente al gobernador bonaerense Axel Kicillof con el diputado nacional Máximo Kirchner.
Para los peronismos provinciales, evitar contaminarse con esas disputas por medio de la identidad propia es, aparte de una necesidad, una obligación política.n