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El largo adiós al señor Berlitz

22 de octubre de 2024 - 00:19

Rodrigo L. Ovejero

A medida que crecemos, los edificios mentales que habíamos construido pacientemente comienzan a derrumbarse; no es posible sostenerlos a todos, no hay fuerza suficiente. Para peor, para que algunos se mantengan en pie otros deben caer. Así fue que me vi obligado, merced al correr de los años, a presenciar inmóvil la caída de algunos, y a destruir voluntariamente otros.

Pero de todos los que fueron cayendo, aquel en el que vivía el señor Berlitz fue uno de los que más perduró. Me costó construirlo, le dediqué muchas horas de lecturas, y en la vida me ha resultado más sencillo distanciarme de algunos amigos y amores antes que de algunos escritores, por más desilusiones que me haya llevado.

Charles Berlitz fue un escritor con un prestigio dudoso, construido, imagino hoy, más por él mismo que por los demás, al revés de lo habitual. Escribía sobre misterios de la historia universal, como el Triángulo de las Bermudas, o la Atlántida, a los que abordaba desde una perspectiva en la cual el rigor científico brillaba por su ausencia. Pero yo era un niño y, al igual que Fox Mulder, quería creer.

A mis inexpertos ojos, además, Berlitz tenía mucha credibilidad científica. Por empezar, era anciano, usaba barba y fumaba en pipa, tres cosas que inequívocamente acreditaban su autoridad académica. Solía presentarse como investigador, y por entonces yo no prestaba atención al hecho significativo de que ninguna institución educativa respaldara ese título. Y por si no alcanzara con todo eso, sus teorías estaban impresas en libros. Incluso algunos de ellos en tapa dura, en colores negro y dorado. Y en aquel entonces, yo todavía creía que alguien que hubiera publicado un libro debía ser, por fuerza, una persona respetable. Más todavía si eran de tapa dura y colores sobrios, formato reservado a enciclopedias, diccionarios y demás ejemplares dentro de cuyas páginas no cabían las mentiras.

Dejar de creer en Berlitz fue muy difícil, fue como para otro niño dejar de creer en Papá Noel (casualmente ambos eran ancianos de pelo y barba blanca, debió haber un estudio de mercado en esa decisión). Yo podría haber defendido las teorías más descabelladas solo porque contaba con el apoyo de Charles, con su rostro indudablemente intelectual y su grandilocuente título de investigador. Era capaz de sostener sus afirmaciones más inverosímiles, incluso aquellas que involucraban extraterrestres construyendo pirámides sin ninguna razón aparente, o naufragios de los que no quedaban rastros, solo porque Berlitz había escrito sobre ello.

Al día de hoy, de vez en cuando recorro librerías de ejemplares usados y encuentro sus libros, ajados, venidos a menos, siempre en las secciones de ofertas, juntando polvo y olvido. Una parte de mí desea fervientemente volver a creerle, volver a ser niño y contar con la inestimable capacidad de dar por ciertas las mentiras más estrafalarias solo porque están impresas en papel ahuesado. Pero los libros están muy caros.

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