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Análisis

El fútbol también: la paradoja de las teorías conspirativas

Por Marcelo Gallo

23 de julio de 2026 - 09:35

La derrota de la selección argentina ante España en la final del Mundial 2026 fue un tema que dio lugar a las más inverosímiles teorías conspirativas, propagadas con fuerza en el mundo virtual de las redes sociales, ese canal por donde circulan las noticias falsas en cantidades industriales, pero también, llamativamente, por algunos medios de comunicación.

En cuestión de horas se viralizaron relatos que pretendían explicar el resultado mediante acuerdos secretos, presiones de la FIFA, negociaciones políticas, amenazas a los futbolistas o castigos vinculados con la exhibición de la bandera que reivindica la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas. Ninguna de esas versiones aportó una sola evidencia. Todas compartieron, en cambio, el rasgo característico de las teorías conspirativas, que es convertir la ausencia de pruebas en una supuesta confirmación de que el encubrimiento había sido perfecto.

El fenómeno, sin embargo, encierra una paradoja que merece ser destacada. Durante las semanas previas, la conversación acerca del Mundial había estado atravesada por una narrativa exactamente inversa. Desde distintos países se afirmaba, también sin fundamento, que la FIFA favorecía deliberadamente a la Argentina mediante arbitrajes complacientes o una supuesta voluntad de Gianni Infantino de favorecer a nuestro equipo nacional

Lo que quedó demostrado es que dos teorías incompatibles entre sí pueden alcanzar enorme difusión cuando apelan a la misma necesidad humana de encontrar una explicación extraordinaria para un acontecimiento que es emocionalmente difícil de aceptar. Para ello ofrecen una respuesta sencilla en el contexto de una realidad compleja. Sin embargo, debe señalarse que el pensamiento crítico exige el mismo rigor cuando una versión confirma nuestras preferencias que cuando las contradice.

Resulta psicológicamente más tolerable creer que un puñado de poderosos decidió el resultado desde las sombras que admitir que el deporte, como la vida misma, está atravesado por el error y también por el mérito del adversario.

Las redes sociales potencian esa dinámica. Sus algoritmos privilegian los contenidos capaces de despertar indignación, sorpresa o enojo, emociones que favorecen la viralización mucho más que los análisis serenos y razonables.

Además, las conspiraciones permiten preservar intacta la autoestima colectiva. Si la derrota obedeció a un complot internacional, no es necesario revisar decisiones tácticas, rendimientos individuales ni reconocer la superioridad del rival. La responsabilidad siempre recae en un enemigo invisible cuya existencia jamás necesita ser demostrada.

El fútbol despierta pasiones legítimas. Pero esas pasiones no deberían convertirse en una licencia para abandonar el sentido común. La explicación más simple suele ser también la más difícil de aceptar cuando duele: Argentina perdió porque jugó un mal partido y porque España fue superior desde lo futbolístico, impuso su juego y mereció el triunfo. Admitirlo no disminuye los méritos del seleccionado argentino ni borra el orgullo por el camino recorrido.

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