No sé bien cómo encarar esto que estoy escribiendo cuando ni siquiera puedo procesar la noticia de tu muerte, Indio. Podría hablar de innumerables cosas sobre vos: lo mítico de tu obra, ese fervor popular que mantuviste hasta el final, o también las miles de interpretaciones sobre tus canciones. Pero, por esta vez, me vas a tener que perdonar. Me voy a centrar en escribir sobre lo que significaste para mi vida y estoy seguro que para la de muchos otros también. Sí, voy a hacer un “melodrama vulgar”, de los que tanto te molestaban.
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Donde hay dolor, habrá canciones
Por Nehuen Vazquez
Un susurro muy especial
Cuando pienso en Los Redondos siempre se me vienen a la mente recuerdos de mi adolescencia. Sin embargo, no me reconozco en la persona que era en aquel entonces. Fue una época tumultuosa en todo sentido. Ese desconocimiento no solo está marcado por el evidente paso del tiempo, sino también por la manera de sentir y pensar que tenía en aquel momento.
Pareciera que los hombres somos más fáciles de ser seducidos por el odio y el desinterés. En aquellos años violentos, mi pensamiento era una muestra de eso. Me era difícil pensar en luchas sociales, revoluciones o incluso la idea de igualdad. Uno de los “tipos que huelen a tigre”, que vos tanto críticas en tus canciones. Inserto en una burbuja que, por suerte, estalló cuando vos apareciste.
Era común juntarnos a tomar alcohol con amigos y escuchar canciones que hoy quizá hasta recuerdo con cariño, pero no me gustan para nada y eran un síntoma de ese desinterés. “Fijate de qué lado de la mecha te encontras”, escribiste en un momento. Y yo me encontraba del equivocado. Sin embargo, hubo un amigo que rompió con esa normalidad y me hizo escuchar por primera vez el inconfundible rumor de Los Redondos.
Fue amor a primera vista.
Tics de la revolución
Al principio, me dejé llevar solo por esas “cosas de hechicería”, que son tus canciones: el inconfundible saxofón, la desgarradora guitarra de Skay, y, por supuesto, las crípticas líricas a las que dabas vida con tu voz. Ese día empecé a cambiar. Algo se transformó. “Y hay algo en vos que está empezando a asustarte”, recitabas, siempre hablándonos directamente, sin subestimarnos ni un instante.
Tiempo después, fui comprendiendo también el otro lado. Lo que realmente querías decir. Hablabas de violencia, de presos políticos, revoluciones fracasadas y los autoritarios que juegan a ser uno más de nosotros. Todo eso me ayudó a comprender, aunque sea prematuramente, quién quería ser yo mismo.
Intentar entender el significado de esas canciones no era un trabajo individual, fue algo colectivo. Ya sea con amigos o con ayuda de los anónimos de internet, quería saber qué había detrás. Después de todo, “es tan chiflado y obnubilado que puede ser”.
El fervor popular que despertaste fue algo posible solo en un país tan contradictorio y pasional como el nuestro. ¿En qué país del mundo un simple empleado de un hogar de niños se podría convertir en un ídolo de masas? “El indio puso a bailar a los filósofos y a leer a los ladrones”, dice un comentario en redes, que define perfectamente lo que fue tu arte.
Y alcanzaste todo eso confiando siempre en que tu público tendría la respuesta a lo que los acongojaba, que en nuestras mentes estaba la revolución que vos solo alimentabas. “Yo sé que no puedo darte / algo más que un par de promesas, no / tics de la revolución / implacable rocanrol”.
Las despedidas son esos dolores dulces
“Cada generación tuvo, y tiene, sus Redondos”, dice Mariana Enriquez, con quien concuerdo. En el caso de mi generación, forjamos una relación basada en los dolores dulces de las despedidas. La mayoría no llegó a verte y otros solo lo hicimos en el trágico recital de Olavarría. Crecimos con tu ausencia de los escenarios y vivimos toda nuestra vida con la idea de un regreso. Deseo que cumpliste, fiel a tu estilo, con las particularidades de la virtualidad.
La noche antes de tu fallecimiento, mientras volvía a mi casa manejando entre la llovizna, puse canciones de esas que uno pone para matar el tiempo. Que solamente te acompañan de un punto A a un punto B. De repente, empezó a sonar Flight 956. Una canción que, creo, define completamente la relación con tu público en los últimos años. Sobre todo, desde aquella revancha que no pudo ser en 2017.
Como siempre me pasa con tus canciones, llega un momento que, de tanto escucharlas, me saturo y me cuesta un tiempo volver a ellas. En esta ocasión, decidí, no sé por qué, dejarla sonar hasta el final. Me acompañaste en ese frío regreso a casa. “Yo sé que vos vas a regresar”, cantabas, y la escuché hasta el último segundo. Ahora siento que me estabas acompañando en esa despedida. Que ese viaje breve y rutinario no fue uno más.
Tras la noticia de tu muerte, el país se llenó de mensajes de cariño. Como no podía ser de otra manera, miles de personas se congregaron en múltiples misas de despedida. “El Indio fue una inspiración en un cigarro abatido, en un brindis en lo alto y en cada abrazo con amigos. Gracias por hacer de este plano un rincón más generoso”, dice Agustín, quien no tuvo la oportunidad de verlo pero su recuerdo sigue latente. “Es muy triste para la gente, pero el más grande hoy descansa de su pesar”, dice Santiago, con una mezcla de melancolía y resignación.
Fueron años y décadas acompañado por tus melodías, y así lo seguirá siendo. Un artista multifacético que nos llevó sin dudarlo desde el miedo más desesperado a la más absoluta belleza. “Nos merecemos bellos milagros y ocurrirán”, escribiste una vez. El milagro fue tu historia, hoy transformada en mito.
Gracias, Indio, por haberme salvado del odio.