ver más
Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Chistes

Rodrigo L. Ovejero

16 de julio de 2024 - 00:28

Uno de los momentos más felices en las reuniones sociales, particularmente en aquellas que compartimos de buena gana, es cuando uno de los presentes –no cualquiera, uno con cierto carisma- nos pregunta si hemos escuchado el chiste nuevo que anda circulando por ahí. Lo que suceda después tiene poca o nula importancia para esta columna, medir la eficacia de una broma es complicado y subjetivo. Lo que nos interesa es hacernos un par de preguntas acerca del origen del chiste.

Es algo que a menudo me pregunto cuando escucho un buen chiste ¿Cómo es posible que semejante muestra de ingenio popular pueda andar por ahí como un perro perdido, sin que nadie lo reclame de su propiedad? Es posible que algunos chistes se hayan registrado como parte de una obra o por sí mismos, pero hasta donde sé, hay por ahí cientos ¡qué digo cientos, miles! de chascarrillos sin datos filiatorios.

Tengo que suponer que alguna vez una persona, al momento de presentar a un amigo suyo llamado Marcelo, tuvo la audaz idea de combinar la rima, el ingenio, la picaresca y la velocidad y luego dejar tremenda obra como patrimonio para la humanidad. Nada de patentes, de exigir permisos. Alejado de todo egoísmo, cedió su trabajo al igual que Alexander Fleming cedió la penicilina, salvando millones de vidas uno y mejorándolas el otro. La vida de Marcelo y tantos otros de sus homónimos nunca más fue la misma, por supuesto, pero es imposible saber a ciencia cierta hasta que año –o década, si se permite menor precisión- uno podía consultar señas particulares de una persona con ese nombre con cierto nivel de seguridad.

La imposibilidad de precisar la antigüedad de un chiste o una broma se relaciona justamente con la ignorancia acerca de su autoría. Y lo peor de todo, esta ignorancia permite a oportunistas alegar propiedad sobre ingenios humorísticos ajenos. Ladrones de chistes, seres inmorales sí los hay. Tuve un amigo, por ejemplo, que intentaba seducir mujeres afirmando su autoría sobre ciertos chistes verdes de amplia popularidad. Esta estrategia jamás le funcionó en un sentido amoroso, pero al día de hoy algunos lo sindican como responsable de buena parte de la serie Jaimito, sin que tal reconocimiento le haya producido beneficios económicos.

A veces pareciera, de hecho, que los orígenes de un chiste se remontan tan adentro del ingenio popular que en verdad no parecieran creados, sino generados de manera espontánea en un magma primigenio e inmaterial. De pronto, un chiste aparece, jamás antes se lo ha dicho o escrito, no existen registros del mismo, y por más averiguaciones que se hagan sobre su procedencia, se termina en una maraña de referencias a amigos de amigos hasta llegar a un punto tan lejano y difuso que es imposible de alcanzar con exactitud. Como si el chiste apareciera de la nada. Y quizás sea así no más, uno nunca sabe.

Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Te Puede Interesar