El presente texto no pretende reconstruir, una vez más, aquella escena solemne del 9 de julio de 1816. Para eso están los libros de historia, las efemérides y las cronologías que, con la paciencia de los rituales repetidos, regresan cada año sobre los mismos nombres, la misma sala, el mismo documento y la misma palabra escrita con tinta sobre un papel: independencia.
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Apuntes sobre una promesa inconclusa
Por Ezequiel Sosa.
Pero quizás haya algo inquietante en las palabras que la historia conserva. Algunas parecen haber sido pronunciadas para cerrar una época, aunque con el tiempo revelan una extraña capacidad para abrir nuevas incertidumbres. Como si aquello que debía concluir permaneciera, en realidad, suspendido. Como si una declaración pudiera fijar un destino, pero no garantizar que ese destino fuese alcanzado.
La independencia pertenece a esa clase de palabras que no envejecen. No desaparecen con quienes las pronunciaron ni quedan encerradas en el archivo donde fueron registradas. Al contrario: vuelven. Regresan desde el pasado con una pregunta dirigida hacia el presente. Y quizás por eso resultan incómodas, porque obligan a mirar no solamente aquello que una sociedad afirma ser, sino aquello que todavía no consigue ser.
Para comprender esa inquietud es necesario volver a 1816, pero no al 1816 de las imágenes tranquilizadoras, sino al tiempo de las dudas, las amenazas y las decisiones tomadas bajo la presión de lo desconocido.
Incluso allí debemos desprendernos de una certeza construida después, una de esas certezas que el tiempo fabrica hasta hacerlas parecer inevitables: la idea de que aquel proceso fue simplemente el nacimiento de la Argentina.
Pero las naciones no nacen siempre en el instante en que alguien pronuncia su nombre.
En 1816 la Argentina todavía no existía como Estado nacional. No existían esas fronteras que hoy observamos sobre los mapas con la tranquilidad de quien mira algo que parece haber estado allí desde siempre. Las líneas que separan territorios suelen tener esa extraña capacidad: con el paso del tiempo ocultan las disputas, los conflictos y las incertidumbres que les dieron origen.
Lo que existía era algo más difícil de nombrar: las Provincias Unidas del Río de la Plata. Una construcción política heredera del antiguo orden virreinal, pero ya atravesada por la ruptura de ese mismo mundo. Un territorio sin una forma definitiva, habitado por proyectos diferentes, por intereses enfrentados y por espacios que, con el correr de las décadas, terminarían formando parte de distintas naciones sudamericanas.
Los hombres reunidos en Tucumán no tenían frente a ellos una nación esperando ser descubierta. No había un destino escrito aguardando una firma. Había, más bien, una tarea incierta: darle existencia política a aquello que todavía era una posibilidad.
Declararon una independencia que parecía clara en el papel, pero cuyo significado quedaba suspendido en el tiempo. Como si el documento pudiera anticipar el futuro, aunque no tuviera el poder de garantizarlo.
Y el futuro, como suele ocurrir en la historia, rara vez acepta obedecer aquello que los hombres escriben sobre él.
Más que una gesta nacional en el sentido contemporáneo, la declaración del 9 de julio formó parte de una transformación mucho más amplia. Fue un capítulo de las emancipaciones hispanoamericanas, una ruptura con el orden colonial español que recorrió un continente entero.Antes que argentina, aquella independencia fue americana.
No se trataba de fundar un Estado nacional terminado, sino de abrir una posibilidad: la de romper con la dominación colonial y construir nuevas formas de autoridad política. Pero toda ruptura deja detrás de sí un vacío. Derribar un orden no significa, necesariamente, saber qué orden ocupará su lugar.
La revolución iniciada en 1810 había quebrado las estructuras del mundo virreinal, pero todavía no había logrado construir una nueva estabilidad. Las Provincias Unidas eran un territorio en movimiento: atravesado por guerras, conflictos internos, disputas entre proyectos políticos y dificultades económicas.La independencia fue proclamada en medio de la incertidumbre, no después de ella.
A ese escenario interno se sumaba un mundo exterior que tampoco ofrecía certezas. La derrota de Napoleón había permitido el regreso de las monarquías europeas y España buscaba recuperar los territorios americanos que consideraba perdidos. La declaración de Tucumán no fue solamente un acto simbólico; fue también una necesidad política. Era preciso afirmar una voluntad antes de que otros decidieran por ella.
Pero existe un detalle que revela una preocupación todavía más profunda.
El 19 de julio de 1816, apenas unos días después de la declaración, el Congreso incorporó una modificación al Acta: la independencia no sería solamente respecto del rey Fernando VII y de la monarquía española, sino también respecto de “toda otra dominación extranjera”.
La frase puede parecer pequeña. Un agregado perdido entre las formalidades de un documento histórico. Sin embargo, allí aparece una intuición que atravesaría los siglos: abandonar una dependencia no garantiza quedar libre de todas las demás.
La independencia, entonces, no era solamente una separación. Era una búsqueda. La aspiración a construir una comunidad política capaz de decidir sobre su propio destino.
Pero la historia pocas veces concede definiciones definitivas.
Las palabras, como los hombres y las sociedades, cargan con contradicciones que no siempre pueden resolver. Independencia significa no depender de otro, no estar sometido a una voluntad ajena. Pero la experiencia histórica mostró que la autonomía política podía convivir con otras formas de subordinación menos visibles.
Un pueblo puede ser jurídicamente libre y, al mismo tiempo, encontrarse condicionado por fuerzas económicas, financieras o culturales que limitan su capacidad de decidir.
Como ha señalado Gabriel Di Meglio, una de las contribuciones centrales de la historiografía reciente fue abandonar la idea de que en 1816 nació una nación llamada Argentina completamente formada. Aquella identidad todavía estaba en construcción. Lo que existía era un conjunto de provincias inmersas en una revolución y en una guerra de independencia continental.
El Congreso de Tucumán no creó una nación acabada. Abrió un camino.Fue menos un punto de llegada que una puerta hacia un proceso mucho más largo: la construcción del Estado argentino.
Con el paso del tiempo, esa nueva nación se integró al capitalismo mundial en una posición determinada. Mientras consolidaba sus instituciones políticas, también encontraba un lugar específico dentro de la división internacional del trabajo: producir materias primas e importar manufacturas.
El modelo agroexportador permitió crecimiento y transformación, pero también estableció nuevas formas de dependencia. Los ferrocarriles, los puertos, los bancos, las inversiones extranjeras y los empréstitos fueron parte de una modernización que convivía con una pregunta incómoda: ¿hasta dónde una sociedad puede decidir su propio rumbo cuando su economía depende de fuerzas externas?
Raúl Prebisch señalaría más tarde que América Latina había ocupado históricamente una posición periférica dentro del capitalismo mundial. La dependencia ya no necesitaba una administración colonial para existir. Podía reproducirse mediante el comercio, el crédito, la tecnología y las reglas de un mercado internacional profundamente desigual.
Quizás allí se encuentre una de las grandes paradojas de nuestra historia.La independencia pudo ser declarada antes de que existieran plenamente las condiciones materiales para ejercerla.
Las formas de dependencia cambiaron de rostro. Dejaron de presentarse únicamente con ejércitos, uniformes o banderas extranjeras. Adoptaron otros lenguajes: el de la deuda, los mercados financieros, las disputas tecnológicas, las cadenas globales de producción.
La dominación aprendió a volverse invisible.
Por eso la independencia no puede ser reducida a una fecha encerrada en el calendario. Si así fuera, bastaría repetir cada año las palabras del Acta de Tucumán para creer que la historia ya resolvió aquello que todavía continúa discutiendo.
Quizás sea necesario mirar esa fecha de otro modo. No como una conclusión, sino como una pregunta.
¿Qué significa ser independientes en el siglo XXI? ¿Puede existir soberanía política sin autonomía económica? ¿Puede una sociedad decidir plenamente su destino cuando existen fuerzas que actúan más allá de sus fronteras?
No se trata de disminuir la importancia del Congreso de Tucumán. Sin aquella decisión política no habría existido el camino posterior hacia la construcción del Estado argentino. Se trata, más bien, de recuperar algo que la historia posee y las efemérides suelen perder: la capacidad de interrogar.
Las efemérides suelen pedir memoria.La historia exige pensamiento.
Recordar el 9 de julio no debería consistir únicamente en repetir una declaración escrita hace más de dos siglos, sino en volver sobre la pregunta que aquella declaración dejó abierta.Porque las dependencias cambian de forma, cambian de lenguaje y cambian de protagonistas.
Y quizás esa sea la verdadera herencia de Tucumán: no habernos dejado una certeza definitiva, sino una tarea pendiente.La independencia no como una conquista terminada, sino como una promesa que cada generación recibe, discute y vuelve a escribir.La pregunta permanece.
Y tal vez sea esa pregunta, más que cualquier respuesta, lo que todavía nos une a aquel día de 1816.