lunes 29 de junio de 2026
Editorial

Nueva agenda verde

Por Redacción El Ancasti

Quienes, desde una perspectiva de análisis simplista y esquemática, consideran que no hay grandes diferencias entre los republicanos y los demócratas en Estados Unidos, o entre Donald Trump y Jose Biden, para ser más específicos, deberían analizar los proyectos que ambos partidos y ambos presidentes tienen en materia ambiental para entender la necesidad de profundizar la reflexión a los fines de llegar a conclusiones más cercanas a la realidad.

Está claro que tanto el mandatario que ejerció el cargo hasta la semana pasada como el que asumió recientemente defienden intereses económicos y geopolíticos de esa potencia, que por lo general son contrapuestos a los de las naciones de esta parte del mundo, pero es indudable que las diferencias entre republicanos y demócratas son más que de matices en algunos aspectos. Por ejemplo, en la visión respecto del cambio climático.

En un artículo publicado a fines de noviembre, Rodolfo Schweizer, colaborador de El Ancasti y especialista en temas ambientales, hizo referencia a las diferencias entre ambos presidentes: “Las acusaciones de Biden contra Trump son concretas. Acusándolo de negar arbitrariamente la opinión de la ciencia, lo que ha hecho es empeorar los efectos de la crisis climática. En efecto, Trump sostiene públicamente que el calentamiento global es una farsa y que, por lo tanto, sus efectos también lo son. Por ello Biden lo acusa de ser el responsable directo del deterioro de toda la infraestructura norteamericana; de los daños a la agricultura por efecto de las inundaciones; de haber impedido a los trabajadores norteamericanos ser los líderes mundiales en la innovación y desarrollo de energías limpias, lo cual llevó a la industria norteamericana a perder competitividad tanto en el campo tecnológico como en la creación de empleos que acompañan al desarrollo de las mismas”.

Apenas asumió, Biden empezó a diferenciarse no solo en lo discursivo, sino también en la acción: firmó tres órdenes ejecutivas tendientes a reducir las emisiones de petróleo, gas y carbón y a impulsar la producción de energías limpias, como la solar y la eólica. La meta es eliminar totalmente, hacia 2035, la contaminación producida por combustibles fósiles en el sector energético y de la economía estadounidense en general para 2050.

Ha decidido, también, el regreso de Estados Unidos al Acuerdo del Clima de París, medida que 150 líderes mundiales consideran positiva, aunque todavía insuficiente, según se desprende de una carta publicada días pasado en el influyente The New York Times

Las posiciones del país norteamericano respecto de las estrategias para combatir el cambio climático son cruciales a escala planetaria debido a su jerarquía como potencia económica y a su incidencia geopolítica global. De modo que no puede resultar indiferente para el destino de la lucha contra el calentamiento global la identidad política de sus presidentes.

La agenda verde de Biden es, por ahora, esperanzadora. Habrá que ver cómo prospera, teniendo en cuenta que si sus preceptos se cumplen, tocará intereses de grupos económicos muy poderosos, muchos de ellos conformados o integrados por capitales de su propio país.
 

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