Como ya se ha dicho en más de un análisis en estas mismas páginas, habrá que esperar que se aplaque la polvareda de los entreveros que los actores políticos provinciales protagonizaron la semana pasada, despertando de un letargo que se extiende más allá de la cuarentena pandémica, para tener más certezas respecto del resultado de esa disputa.
- El Ancasti >
- Opinión >
Cuando la polvareda baje
Mientras tanto, a medida que empiezan a surgir los contornos todavía imprecisos del escenario político que quedó luego de la arremetida oficialista en la Legislatura y la reacción (tardía) de la oposición, no habría que apresurarse en la elaboración de ese balance, a no ser que sea provisorio.
El oficialismo festejó la aprobación prácticamente a libro cerrado de leyes que considera claves, maniobra que ejecutó mientras la oposición dormía la siesta o dedicaba sus empeños a polémicas virtuales a través de las redes sociales.
Sería conveniente, sin embargo, que con el paso de los días empiece a sopesarse si esos festejos obedecen a algo más que la jactancia de haberle asestado a un golpe político a un adversario que, de todos modos, hace años que tiene la guardia baja. Algarabía oficialista que, tal vez, se reduzca a la chicana fácil y a la fanfarronería mordaz hacia el bloque minoritario, al que dejó expuesto en su debilidad intrínseca, no de la escasez de legisladores, sino de reflejos o consistencia política.
Esa misma oposición, que salvo unos pocos diputados que bajaron tardíamente al recinto porque “andaban por el centro”, se enteró por los medios digitales y las radios que leyes estratégicas como la ampliación de la Corte de Justicia o la derogación del Consejo de la Magistratura habían obtenido media sanción, que es lo mismo que decir sanción completa habida cuenta de la composición del Senado provincial, encontró no obstante en esa atropellada el argumento que andaba buscando, y no encontraba, para ordenar su discurso contra el Gobierno provincial. No fue un mérito propio de la oposición, por más que deba reconocérsele al senador Oscar Castillo su incidencia en la estructuración de ese discurso, sino, a fin de cuentas, defección del oficialismo, que permitió instalar en los medios nacionales que “el kirchnerismo catamarqueño” abusaba de los números para imponer sin debate leyes que podría haber aprobado de todos modos algunas semanas después. Exhibición de fuerza quizá innecesaria que merece habitualmente el rechazo del ciudadano independiente, que, no hay que olvidarlo, es que el que suele ser determinante a la hora de meter los votos en las urnas.
Quedó relegado, por la atropellada, el debate que importa más allá de las chicanas: el de si las leyes impulsadas y aprobadas sirven o no para mejorar la calidad de la deteriorada Justicia catamarqueña.
El nuevo escenario político muestra al oficialismo tratando de explicar el sentido de sus iniciativas, lo que no hizo en el recinto parlamentario, y a la oposición golpeada por la maniobra, pero estrenando el discurso que necesitaba y no encontraba.