El abuso del relato de una gesta épica que ensaya el Gobierno respecto del proceso de vacunación iniciado el martes y el discurso que vaticina posibles catastróficas consecuencias para la salud o coloca interrogantes que no tienen justificativo a la vista que ensayan algunos sectores de la oposición, se han colado en la grieta que, sobre una infinidad de temas, también respecto del COVID-19, divide a los argentinos.
La adquisición de la vacuna rusa Sputnik V, su búsqueda en un avión de Aerolíneas Argentinas y el comienzo del plan de inoculación, han sido presentados desde el oficialismo como una epopeya que quedará en los anales de la historia nacional. Quedará en la historia, es cierto, porque la pandemia que afecta al mundo desde hace casi diez meses es, por la cantidad de contagios y de personas fallecidas, histórica, pero no por las acciones que adoptan los gobernantes para combatirla. Eso forma parte del deber que les cabe, de la responsabilidad inherente al rol institucional que ocupan. Histórico sería, por el contrario, que las autoridades no hiciesen nada, o hiciesen poco, para prevenir los efectos devastadores del virus.
Sectores opositores, por su parte, apuestan al desgaste del gobierno objetando todo lo que pueden objetar, y lo inobjetable también. Han sembrado más dudas que las que razonablemente existen sobre la vacuna rusa, generando zozobra entre algunas personas, que ahora le tienen más miedo a la Sputnik, que ha registrados escasos efectos adversos entre 12.000 voluntarios, que al virus que ya ha matado en la Argentina a más de 43.000 personas y a casi 1.800.000 en todo el mundo.
Las dudas sobre la seguridad y eficacia final de la vacuna rusa, y de todas las vacunas, no son solamente razonables sino compartidas hasta la propia comunidad científica. Es que el proceso de elaboración de una vacuna hasta su aprobación, luego de una valoración exhaustiva de todos los estudios necesarios, lleva varios años. Ésa es la razón por la que las aprobaciones que los países le dan a las vacunas son de emergencia.
Ninguna de las vacunas que se están aplicando han culminado la fase 3, pero las evaluaciones de medio término realizadas en todas ellas han sido satisfactorias en cuento a eficacia y seguridad. Los riesgos que se asumen tienen su lógica. Esperar la finalización de los estudios de investigación según los criterios habituales para épocas de "normalidad" implicaría facilitar la expansión del virus y la multiplicación global de las muertes.
Finalmente, un elemento que debe sopesarse adecuadamente antes de emitir opiniones definitivas es que mucha de la información que circula, no solo por redes sociales sino también por medios de comunicación, forma parte de disputas comerciales entre los laboratorios e incluso algunas de carácter geopolíticas, en las cuales los ciudadanos comunes no tenemos arte ni parte.