La inestabilidad cambiaria de los últimos meses ha significado un golpe tan duro para la economía del país, con sus secuelas de aumento de la desocupación, la pobreza y la indigencia, y la caída del consumo y la actividad económica, que el gobierno ha decidido bajar sus expectativas de tal modo que sus promesas para el futuro inmediato se reducen a estabilizar el dólar y a que la inflación medida interanualmente no sea superior al 40% en los meses venideros.
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La paz de los cementerios
Las promesas de disminución de la pobreza, lluvia de inversiones y crecimiento económico sostenido han quedado sepultadas en el olvido, o, en el mejor de los casos, postergadas por tiempo indeterminado.
El nuevo presidente del Banco Central, alineado decididamente con las políticas que el FMI le aconseja a Argentina, ha anunciado que el organismo que conduce no emitirá un solo peso hasta junio del año que viene. Si todo sale bien, esa estrategia permitirá reducir progresivamente la inflación.
Si además el dólar se estabiliza dentro de la banda de flotación establecidas y las políticas de ajuste permiten llegar al déficit cero antes del pago de intereses de la deuda, para la administración de Cambiemos –y para el Fondo- el plan sería un éxito.
Pero esos logros vinculados a estabilizar indicadores como el incremento sostenido de los precios o la cotización del dólar respecto del peso, tendrían gravísimas secuelas en la economía real. Secar el mercado financiero de pesos, sumado a la fijación de tasas de interés altísimas, empujaría a profundizar el proceso recesivo en el que ya entró la actividad económica. El costo de un dólar estabilizado y una inflación en baja sería la agudización de la caída del consumo y la producción, la contracción del crédito, la suba de la pobreza y la desocupación.
La caída de la actividad económica será este año del 2,5%, según cálculos optimistas, y la del año que viene del 2%. Si estas proyecciones se confirman, de los cuatro años de gestión del actual gobierno, solo uno será de crecimiento y los restantes tres de recesión.
La volatilidad de la cotización del dólar provoca una inestabilidad general de la economía tan alarmante que el gobierno se ha fijado como objetivo calmar esos desequilibrios planchando la economía. El mejor escenario que Macri imagina para los próximos meses es la paz de los cementerios. El peor, mejor no imaginarlo.
En 2001, año en que estalló una de las crisis más graves de la historia argentina, el dólar estaba fijo, no había inflación y casi se había logrado el déficit cero por el que tanto bregaba entonces el gobierno de la Alianza con el apoyo del FMI.
La historia demuestra que domar estas variables es necesario pero insuficiente. Se requiere también una estrategia de desarrollo productivo que genere mayores ingresos para atacar el déficit por esa vía, y no solo por el del recorte de los gastos. Pero además un programa monetarista de esta naturaleza tendrá como problema adicional, su escasísima viabilidad política. ¿Cuánto ajuste sin recompensa a la vista están los argentinos dispuestos a soportar?