La retrospectiva de la administración Macri expone un Gobierno empecinado en sistemáticas apelaciones a la paciencia de la sociedad. Basta recordar las veces que el presidente Mauricio Macri aseveró “lo peor ya pasó” en los dos años y pico que lleva apoltronado en el Sillón de Rivadavia.
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Derrumbe anímico
En la última apertura de sesiones ordinarias del Congreso reiteró el concepto, que había vertido un par de veces en las legislativas de 2017 y, antes, al justificar el primer aumento de tarifas en 2016, sin siquiera tomarse el trabajo de reversionarlo. A continuación, se sucedieron un tarifazo más brutal y la crisis cambiaria que obligó a pedir auxilio al Fondo Monetario Internacional.
Como los hechos han desmentido invariablemente al jefe de Estado, los destinatarios de la frase tienen derecho a suponer que augura exactamente lo contrario de lo que enuncia: “lo peor ya pasó” debería interpretarse como “lo peor está al caer”. Aunque sea por cábala, Macri y sus colaboradores deberían abstenerse de reincidir en el mantra; capaz que el optimismo de “Cambiemos” es yeta.
La cuestión es que las expectativas que rodearon la asunción de Macri han sido desplazadas por la desazón y un matiz de la grieta, que ahora divide a los esclarecidos que desde el principio pronosticaban el fracaso de los que todavía esperan un repunte.
El recurso al FMI es solo un motivo adicional para el derrumbe anímico. Lo paradojal del proceso ratifica la originalidad argentina: tal derrumbe fue construido por “Cambiemos”.
No se trata de la inflación que no cede, la economía que no arranca, el incremento de las tarifas o el muy menguado poder adquisitivo de la gente. Es más bien el paulatino crecimiento de la impresión de que el Gobierno no le encuentra al agujero al mate y apuesta ya todas sus fichas a los artificios publicitarios para oxigenarse en el campo electoral.
No redundará remitirse a las razones del triunfo de “Cambiemos”, que no estuvieron vinculadas a factores económicos sino políticos. Sin entrar en juicios de valor, el ascenso de la alianza gobernante obedeció a un hartazgo mayoritario con el kirchnerismo, no con divergencias con su programa económico, que no había eclosionado.
El macrismo insiste en consignar que la Argentina, con los kirchneristas al mando, rumbeaba a Venezuela. Pero esto es una ucronía de imposible verificación. Lo concreto es lo que pasa, y lo que pasa es que las anunciadas inversiones no llegaron y el país reincide en el endeudamiento para obtener los dólares que su economía demanda para funcionar.
El desasosiego es consecuencia de comprobar que el país parece condenado a encadenar indefinidamente el ciclo de fracasos.
¿Qué cambio?
Que el contraste con el kirchnerismo ha perdido la mayor parte de su eficacia política no es novedad. A esta altura, la administración “Cambiemos” no está en condiciones de seguir pretextando la herencia recibida como atenuante de su incompetencia, mucho menos cuando comienzan a cobrar espacio conductas de algunos de sus más caracterizados integrantes y favorecedores que no se diferencian demasiado de los antecesores. En sectores sociales cada vez más amplios, la comparación tiene efectos inversos a los que el macrismo pretende.
Si el programa kirchnerista adolecía de defectos estructurales, es evidente que el encarcelamiento de algunos supuestos corruptos no los ha revertido. Es tal evidencia lo que erosiona a “Cambiemos”. El ataque a la corrupción también ha perdido eficacia política, debido a que no se complementa con políticas claras tendientes a resolver los problemas medulares de la institucionalidad y la economía argentina.
El vínculo que el Gobierno tiene con la corporación sindical es el ejemplo más claro en este sentido. Mientras las usinas oficialistas y el propio Macri denuncian el carácter mafioso y extorsivo de los sindicalistas, muy poco se hace para sancionarlo. Los pocos sindicalistas presos o procesados por corrupción no hacen más que subrayar la timidez de la política oficial. Se trata de casos aislados en un universo tramado por las matufias y la violencia.
El sistema legal que ampara a los jerarcas sindicales continúa incólume y la posibilidad de modificarlo no figura en la agenda. Es ese sindicalismo, que tiene en el camionero Hugo Moyano a su encarnación más acabada, encumbrado sobre la aniquilación de las prácticas democráticas y la aniquilación física de disidentes, el que condiciona al Gobierno al punto que este le ha delegado la elaboración de la reforma laboral.
Hechos de la lapicera, los sindicalistas despojaron al proyecto de cualquier elemento que pudiera dinamizar el mercado laboral y, en consecuencia, amenazar su posición dominante. Coinciden con el Gobierno, eso sí, en el blanqueo de trabajadores, pero no por altruismo: así recaudarán más a través de las cuotas sindicales compulsivas y los aportes a las obras sociales que administran con un arbitrio impune a cualquier control, del mismo modo que el Gobierno recaudará más. Ya se ve cuáles son los puntos de consenso básico de esta gente.
La Casa Rosada pide paciencia y comprensión para sus tropiezos a una sociedad que, más allá de sus estrecheces económicas, advierte la falta de decisión para acometer una agenda de reformas profunda.
La administración Macri consiguió el consenso de los gobernadores para meter mano en las jubilaciones por medio de la reforma previsional, por caso, pero con los sindicalistas no se mete. Aplica aumentos tarifarios que caen como lonjazos sobre el lomo de los consumidores y productores, pero a los agroexportadores no les exige sacrificio alguno. En fin: es fuerte con los débiles y débil con los fuertes, y lo ha sido aún en su momento de mayor solidez política.
Ahora, acuerdo con el FMI de por medio, comenzarán las tratativas por el ajuste para acelerar la disminución del déficit. Dados los antecedentes, es improbable que los privilegiados vayan a sufrir los rigores de la cincha.
Lo notorio de este trato diferenciado, de estas consideraciones hacia los mejor posicionados correlativas a las desconsideraciones hacia quienes no tienen modo de incidir sobre decisiones que los afectan, es la causa principal de la decepción social.
Tal vez la disposición a la paciencia de la gente fuera otra si la actitud del Gobierno fuera más equitativa. Pero quienes piden sangre, sudor y lágrimas fortalecen su asociación con quienes jamás, en ninguna circunstancia, sangran, ni sudan, ni lloran.
Cuesta entender qué cambio postula “Cambiemos”.
