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EDITORIAL

Cachorros en las calles

Debe saludarse con entusiasmo el creciente movimiento civil en defensa de los animales. En buena hora
10 de agosto de 2017 - 04:09 Por Redacción El Ancasti

Debe saludarse con entusiasmo el creciente movimiento civil en defensa de los animales. En buena hora que cada vez sean más las personas que no permanecen indiferentes ante la situación de vulneración que sufren muchas especies como consecuencias de acciones desaprensivas del ser humano.

En Catamarca, por ejemplo, se llevó a cabo ayer una marcha en repudio por los casos de envenenamiento de perros de la calle conocidos en los últimos días, sobre todo en la zona oeste de la ciudad Capital.

Son varias las organizaciones en defensa de los derechos de los animales que actúan tanto en Capital como en el interior de la provincia, e innumerables las expresiones individuales que se manifiestan en igual sentido en las redes sociales o a través de acciones altruistas o solidarias que tienen como beneficiarios a ejemplares de distintas especies.

En un contexto de tantas personas sensibilizadas por la situación de desamparo o abandono de los animales, llama la atención, sin embargo, la escasez de organizaciones o instituciones que se movilicen a diario por la vulnerabilidad en la que se encuentran seres humanos en cada uno de los pueblos o ciudades de la Argentina.

Lo mismo puede decirse de las conductas individuales, que denotan cierta indiferencia ante la pobreza y marginalidad en la que viven millones de argentinos, o de la poca repercusión que tiene en las redes sociales las evidencias  de esa situación.

En la ciudad Autónoma de Buenos Aires, la más rica de la Argentina, se debate con ardor si las mascotas pueden ingresar o no los bares y restaurantes, pero esos locales se reservan el derecho de admisión de las personas con aspecto de pobre o indigente.

En esa misma metrópoli, personas acomodadas se organizan para pedirle al gobierno que coloque dispensadores de alimentos para mascotas callejeras, pero caminan impasibles entre las 4.500 personas que duermen en las veredas, muchas de ellas niños o ancianos.

Un cachorro perdido moviliza el espíritu solidario de más individuos que un chico en situación de calle, a los que muchos incluso miran con desconfianza y caracterizan como “pichón de delincuente”, en sintonía con el pensamiento del ministro de Educación de la Nación, que exhibió como un logro de gestión que “cada día hay un pibe más que está preso”.

Tal vez el “mes del niño” movilice algunas conciencias y promueva acciones a favor de los más pequeños, pero bastará que empiece septiembre para que la dolorosa desidia aflore nuevamente. 

Lo dicho no merece, por cierto, una generalización que no sería justa, pues hay numerosas organizaciones o personas que dedican su vida a la ayuda hacia el prójimo, pero describe una realidad imposible de ignorar, como es la de vastos sectores que toleran o consienten o incluso promueven situaciones aberrantes de inequidad social.

La sensibilidad de los seres humanos ante el sufrimiento animal es una señal esperanzadora. Las razones de por qué algunas personas no aplican ese sentimiento de conmiseración a sus pares que sufren es una incógnita que debería llamar a la reflexión de toda la sociedad.


 

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