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CARA Y CRUZ

Un celular, una vida

Seis homicidios en lo que va de 2017 cuando todavía no concluye el cuarto mes del año, es una cifra demasiado...
18 de abril de 2017 - 04:10 Por Redacción El Ancasti
Seis homicidios en lo que va de 2017 cuando todavía no concluye el cuarto mes del año, es una cifra demasiado alta para pasar desapercibida en una provincia como Catamarca. Cierto es que el fenómeno de la inseguridad viene en crecimiento desde hace varios años, paralelo al de las drogas, pero el número impacta por lo inédito. La provincia debe encabezar el ránking de asesinatos del país en relación con su número de habitantes. Quizás contribuya intentar una clasificación, aunque sea precaria, de los crímenes. Tres ocurrieron en reyertas: Mauricio Enrique Albarracín falleció por las secuelas de un ladrillazo que le pegaron el 15 de enero; a Marco Iván Tejerina le dieron un puntazo fatal el 6 de febrero; Marcelino Pachado falleció el 15 de febrero tras una feroz golpiza. Uno se inscribe al parecer en un "ajuste de cuentas”: Mario Andrés Robledo fue ultimado a tiros en la puerta del Casino, supuestamente por conflictos en torno a un negocio de motos robadas. Los dos restantes se produjeron en ocasión de robo: el cadáver del puestero Segundo Varela fue encontrado semiincinerado cerca de La Merced a fines de febrero, con señales de haber recibido fuertes golpes; a Sebastián Pereyra, le pegaron un tiro por la espalda el domingo cuando trataban de robarle el celular. Tres de los seis homicidios todavía no tienen detenidos. 


El de Pereyra, el último, se destaca por lo absurdo, dado el contraste entre el magro botín que pretendían los homicidas y la brutalidad de los métodos aplicados para obtenerlo. De acuerdo con los datos recogidos hasta ahora en la investigación, el muchacho fue abordado cerca de las 22 en el barrio Parque América por dos motochorros que intentaron sacarle el celular. Consiguió huir, pero los asaltantes no trepidaron en dispararle, lo mataron y huyeron sin llevarse el aparato por el que precipitaron la tragedia. Un celular, una vida truncada a los 32 años y una diferencia con el resto de los crímenes de este 2017 que empezó tan negro. No fue consecuencia de una riña con secuelas mortales que los agresores tal vez no buscan, ni un muy premeditado ajuste de cuentas, ni accidental desenlace del forcejeo con una víctima reticente, sino resultado de la disposición clara de matar de individuos frustrados por no haber podido hacerse con un celular, ejecución por la espalda del blanco de una ratería.



El crimen de Pereyra, nutre la luctuosa estadística de la criminalidad catamarqueña, pero tiene una arista todavía más inquietante: circulan por la ciudad sujetos para los que la vida del prójimo vale menos que un celular. En al menos cuatro de la media docena de asesinatos perpetrados este año, los homicidas podrían beneficiarse con la figura del "homicidio preterintencional”, que califica cuando el agresor actúa con la intención de provocar lesiones a otra persona, con un medio idóneo para ello, pero finalmente le provoca la muerte. En el caso Pereyra, que deja una hija de dos años, la intención de matar de los agresores está fuera de toda duda. Tal el dato que viene a sumarse a la zozobra de la indefensión ante el delito. Faltan elementos para conclusiones más acabadas, pero no sería extraño que el crimen haya sido cometido por personas con las neuronas aniquiladas por los estupefacientes, gente con la cabeza quemada desesperada por unas monedas para la dosis de veneno, reducida al nivel de bestias por un flagelo que hace rato ha dejado de ser una amenaza para los catamarqueños.
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