Con todo derecho, el oficialismo provincial ha repudiado con duros epítetos las manifestaciones del vicepresidente de la Cámara Electoral Nacional, Alberto Dalla Vía, para quien una serie de provincias, entre las que incluyó a Catamarca, no serían capaces de llevar adelante procesos electorales regulares debido a que en ellas rigen sistemas que calificó como "feudalistas", concepto que recobró actualidad desde unos polémicos sucesos ocurridos en los comicios de Tucumán. Disparadas desde unas cumbres de superioridad institucional que habría que revisar, al voleo y sin mayores explicaciones que las justifiquen, las manifestaciones suponen una subestimación del electorado de las provincias aludidas, resultan por lo tanto agraviantes y son pertinentes, en consecuencia, las repulsas. Sin embargo, también pueden considerarse agraviantes para el pueblo catamarqueño expresiones de funcionarios y dirigentes políticos en las que asoman subestimaciones de la inteligencia media similares a las de Dalla Vía, como si se dirigieran a una cáfila de infradotados a los que puede vendérseles cualquier verdura con impunidad absoluta. A mano está, para ejemplificar lo dicho, el caso del Estadio Bicentenario.
Como se informó en la edición de ayer, el Tribunal de Cuentas no puede aún concluir un sumario iniciado hace cuatro años, a raíz de la sistemática aparición de nuevos defectos de la edificación del Estadio que obligan a extender las indagaciones, mientras es incierto sobre quién deberían cargarse las eventuales responsabilidades porque aún no hay acta de recepción definitiva de los trabajos. La Fiscalía de Estado, que venía manteniéndose al margen de la polémica, asegura por su parte que su investigación también está activa, pero es muy compleja. El Ministerio de Obras Públicas encargó al Centro de Ingenieros una evaluación a fondo de los trabajos recién después de que el Gobierno en curso utilizara las instalaciones en diversas oportunidades durante cuatro años. El titular de la empresa contratista consigna que todo se debe a falta de mantenimiento. Y el ex gobernador Eduardo Brizuela del Moral, ideólogo de la obra, dice que no le compete a él dar explicaciones porque "no soy técnico en suelos, para eso hay ingenieros y profesionales que calcularon y analizaron. No es de mi competencia, sería muy atrevido de mi parte hacer alusión al tema”. A precios actualizados, el Estadio Bicentenario costó unos $150 millones y no está en condiciones de ser utilizado a pleno. Pero resulta no solo que nadie se hace cargo, sino que tampoco nadie levanta cargos administrativos y judiciales -no pirotecnia política y mediática- contra quienes tendrían que responder sobre lo que, como mínimo, es fruto de graves negligencias. Esto, a cinco años ya de la festiva inauguración anticipada que protagonizaron Brizuela del Moral y el por entonces vicepresidente y aspirante a la Presidencia Julio Cobos. Es inverosímil que pasado un lustro no se haya podido establecer qué ocurrió. Si tanto quienes debieron establecerlo como los que imaginaron y ejecutaron la obra siguen haciéndose los sotas, es porque consideran que los catamarqueños son tontos a los que puede ocultárseles por siempre una trama de incompetencias y complicidades evidentes. Así que subestima Dalla Vía, pero también subestiman los que postulan a la opinión pública grotescas excusas.
Mención especial en tal sentido merece lo de Brizuela del Moral. El Estadio Bicentenario es uno de sus más emblemáticos legados y no puede pretender ahora sacudirse responsabilidades del lomo. Si el día de mañana pasara cualquier desquicio en la "Ciudad Satélite" ¿podría razonablemente la gobernadora Lucía Corpacci alegar inocencia y apelar a la coartada de que es médica y no ingeniera? Obviamente no, después de habilitarla con pitos y flautas flanqueada por un candidato a la Presidencia, igual que el ex gobernador Brizuela del Moral hizo con su bienamado Estadio en noviembre de 2010. Acá son varios los que adeudan explicaciones por el Bicentenario. Está muy claro, por mucho que se empecinen en tomar a los catamarqueños por giles.