jueves 24 de noviembre de 2022

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Análisis

Elecciones en EE.UU.: ocaso o resurgimiento

Por Rodolfo Schweizer-Especial para El Ancasti-Octubre 2020

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Por Redacción El Ancasti

Creemos no exagerar si decimos que el próximo 3 de noviembre, fecha de las elecciones presidenciales en EE.UU., no solamente este país sino también el mundo, entrará en un periodo de prueba, cuyo desenlace puede desencadenar un cambio histórico de consecuencias desconocidas, dependiendo de quien gane las elecciones, Donald Trump o Joe Biden.

Para muchos, esta afirmación puede parecer una exageración. Sin embargo, creemos que no lo es, ya que, guste o no, EE.UU. ha sido y sigue siendo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial el modelo a seguir en el plano de las relaciones internacionales, al menos en este mundo occidental donde nos toca vivir hoy en día. 

Donald Trump frente a su Rubicón
  • EE.UU. ante el futuro
  • Esto no implica sugerir que el mundo actual sea perfecto bajo su tutela, sino advertir que la implosión del sistema puede tener consecuencias imprevisibles para una sociedad mundial que todavía no está preparada para afrontar un cambio de paradigma, modelo o matriz de funcionamiento, especialmente en estos tiempos de nuevos poderes emergentes con sus propios modelos.

    Uno de los componentes del modelo es nuestra misma democracia, como forma de convivencia política. El concepto, más allá de las limitaciones con que se lo usa, es un legado de la Revolución Norteamericana de fines del siglo XVIII (18), que supo organizar y poner en práctica las ideas de igualdad, libertad y fraternidad de la Revolución Francesa. El poder elegir a nuestros representantes es producto de esas tesituras que definen el modelo democrático que hoy usamos y que, créase o no, está en discusión en estos días. Que Donald Trump sostenga que si no gana es porque hubo fraude y, por lo tanto, sugiera que no se volverá a su casa, es una muestra de hasta donde se está cuestionando un derecho nacido hace más de doscientos años y se creía a salvo de aquí a la eternidad. 

    Por lo tanto, el desafío ante el cual se encuentra el pueblo norteamericano no es simple. Donald Trump ha venido estirando a lo largo de 4 años la cuerda de la cual cuelgan todos los principios y valores que han sostenido históricamente a los EE.UU. Que esa referencia se ponga en tela de juicio en la mayor potencia mundial referente del sistema, implica un profundo cambio que altera las reglas de juego para todo el resto, especialmente para sociedades aun no maduras en el ejercicio democrático, como la nuestra. Esto es lo que está en juego el 3 de noviembre en el país creador del modelo.

    Trump versus Biden

    Como se sabe, dos contendientes totalmente opuestos en la visión de su propio país se disputarán la presidencia y parte del Congreso este 3 de noviembre. De un lado Donald Trump que, montado en los sectores menos educados, los pueblos rurales, los evangélicos y los trabajadores blancos tratará de imponer su visión arcaica de gran potencia del pasado, con el fin de hacerles creer en un retorno a un paraíso perdido a bordo de sus propuestas. Del otro lado está Joe Biden, un político tradicional cuyo reclamo por un retorno al pasado se centra en recuperar la cordura, volviendo a la esencia de los valores morales que conforman la sociedad norteamericana, según su visión. 

    Como se sabe, Trump cabalgó sus cuatro años de gobierno a bordo de su lema de “Hacer América grande otra vez”, el cual encierra la idea del retorno, utópico por cierto, a un pasado glorioso, como fórmula para enfrentar un presente escapado de control. El resultado es hoy un país cada vez más aislado,material e intelectualmente del mundo, lo cual lo va pagando con la pérdida de poder e influencia entre sus aliados, defrente a un mundo cambiante, inmerso en la globalización y dominado por la presencia de nuevos poderes con vocación de dominio (China) o viejos que quieren recuperar sus glorias del pasado (Rusia).

    La realidad de hoy muestra que Trump no cumplió con parte de sus promesas electorales, lo cual compromete su reelección. Por el contrario, sus acciones solo se encaminaron a debilitar el poder del estado frente al de las corporaciones. En el terreno ambiental accedió a los pedidos de las corporaciones petroleras para meterse en áreas protegidas. En lo social sigue empecinado en querer anular las ventajas sociales de planes de salud creados por Obama, sin proponer nada a cambio, lo cual puede dejar a 28 millones de personas sin seguros de salud en plena pandemia; a negar una elevación del salario mínimo de 7 a 15 dólares la hora y ahora en el Congreso a dificultar acuerdos de emergencia que aporten una entrada monetaria de auxilio a quienes están desempleados por culpa de la pandemia.

    Como si esto fuera poco, su desmantelamiento del estado fue acompañado por claras manifestaciones de apoyo a grupos racistas, a los cuales evitó condenar frontalmente desde un principio; por una defensa de la brutalidad policial contra gente de color; por la abierta simpatía hacia regímenes autoritarios y sus líderes, a los cuales parece admirar en sus declaraciones; por el insulto a veteranos de guerra y soldados muertos, a quienes llamó “creídos y perdedores” negándose a homenajearlos (Francia).

    Sin embargo, por encima de todas esas carencias, su inacción frente a la pandemia se considera como el mayor problema frente al electorado. Toda su política de negación, tergiversación de datos, falta de estrategia para combatirla y ahora elucubraciones personales frente a la posibilidad de una vacuna son los ingredientes principales que anticipan una probable derrota.
    Pero, no todo está dicho. Todavía un 42% del electorado cree en él. El culto a la personalidad no es un fenómeno solamente entre los pueblos pobres; también alcanza a las sociedades opulentas.

    Biden, en cambio, no apela al aislamiento del país como defensa frente a un mundo cambiante. Resultaría absurdo y suicida para una primera potencia. Por el contrario, propone enfrentar y solucionar con la participación de todos los desafíos que se planteen interna y externamente, dentro de las normas legales que rigen las relaciones sociales propias y las internacionales.

    En primer lugar, el candidato demócrata propone definir una estrategia de lucha frente al coronavirus, una enfermedad que en EE.UU. ya costó la vida a 225.000 personas y enfermó a 8 millones, mientras sigue en expansión. Esto lo suplementa con planes para contener la emergencia social creada por la pandemia, ofreciendo ayudas económicas de emergencia para cubrir los gastos familiares. Más allá de esto, para mejorar la situación de los que reciben menor paga, propone aumentar el salario mínimo de 7 a 15 dólares por hora, algo rechazado públicamente por Trump. Además, mejorar la educación haciéndola más accesible a todos; defender y mejorarlos planes de salud existentes como el creado por Obama y diseñar otros nuevos que protejan a todos los habitantes del país y establecer políticas para controlar el cambio climático.Esto sin contar la reinstalación de los acuerdos firmados por EE.UU. en el plano internacional para proteger el medio ambiente, como el Acuerdo de París, al cual Trump renunció, impulsando el uso de energías renovables para salvar el planeta a largo plazo y quitar el subsidio a las firmas petroleras para proteger el medio ambiente.

    La realidad

    La realidad es que EE.UU. llega a estas elecciones envuelto en un gran interrogante acerca de su futuro como líder del mundo occidental. Nunca como hasta ahora se ha manifestado de forma tan brutal la confusión de valores que afecta a la sociedad norteamericana. La misma sociedad que se podría vanagloriar de su afluencia económica y tecnológica, llega a estas elecciones dominada por un temor: el no saber qué le espera con 4 años más de Trump si este ganara, o qué pasará si este pierde y se niega a entregar el poder. 

    Como ejemplo de la inestabilidad que rodea esta elección está la resurgencia del racismo y la violencia de grupos armados supremacistas blancos que, incluso, amenazan estar controlando las mesas de votación en algunos estados; la crisis generada por la pandemia y la incapacidad para controlarla; el crecimiento del desempleo por efecto de la misma; el deterioro de la infraestructura que sigue en decadencia al no haber planes de gobierno para corregir el problema; la crisis humanitaria en relación a los niños abandonados en la frontera con México, en este momento una vergüenza mundial; la destrucción paulatina de la confianza con los aliados europeos; la retorcida intención de usar poderes del estado para perseguir a la oposición; la recurrencia a creer en teorías conspirativas y en poderes ocultos dentro del estado; la velada intención de no aceptar los resultados de la elección si pierden, etc. Veamos algunas de ellas.

    Los problemas de Trump:

    Falta de objetivos
    La falta de una estrategia para combatir un hecho puntual como la pandemia y sus consecuencias se cita como el mejor ejemplo de una incapacidad y conducta sin objetivos de la administración Trump, en este momento centrada solamente en ganar las elecciones. El hecho de que ahora se sepa que ya en febrero el señor Trump ya sabía de la gravedad de la situación y no le advirtiera a la población, coloca a su gestión en una posición indefendible. Lo demuestran los 225.000 muertos y los 8.500.000 infectados hasta la fecha.Que esta pérdida de fe a nivel social en su administración le pueda costar la presidencia, es hoy la apuesta más segura para el 3 de noviembre.

    El show como norma
    Conforme a su experiencia televisiva, las acciones de gobierno han estado siempre rodeadas con la idea del show, es decir, la de causar un impacto en el receptor, más allá de que lo que se diga sea cierto o no. Parte de ese mecanismo ha sido el constante cambio de opiniones y directivas de parte del presidente, sobre todo mediante mensajes de Twitter que, si bien generan una expectativa a cada momento, también descolocan a todo el entorno político. Es comentario general la ansiedad permanente de sus asistentes cada madrugada, aguardando la última ocurrencia del presidente con el fin de anticiparse y cubrir lo inesperado.
    Como si esto fuera poco, esa actuación ante las cámaras se complementa con insultos a sus propios asesores (trató de idiota a su propio asesor en salud, el legendario Dr. Fauci, un héroe en la lucha contra el ébola) o bien peleándose con reporteros en público o abandonando entrevistas programadas antes de tiempo, etc.

    La salud pública
    Todos entienden que se pueden discutir políticas a implementar otras que mejoren el acceso a un mejor servicio de salud,especialmente si se tuviera uno público que funciona para todos, que no es el caso, pero no se puede entender por qué se quiere eliminar un plan como el Obamacare, que cubre a 28 millones de personas, cuando no se tiene un plan propio para reemplazarlo y encima hay más de 40 millones de personas que no tienen ninguna cobertura que les permita visitar a un médico en toda su vida. Es de imaginar las consecuencias sociales que tal política tendría en 28 millones de personas que pasen a estar sin seguro de la noche a la mañana y sean afectadas por el coronavirus.

    El racismo subyacente
    Se pueden analizar desde un punto de vista intelectual las diferencias culturales entre los pueblos, razas y credos que habitan el planeta, pero no se puede aceptar a esta altura de la evolución histórica que se equiparen racistas y no racistas llamándolos “buena gente”. No nos imaginamos a los aliados de la Segunda Guerra Mundial dándole un trato de “amigo en disidencia” a Adolfo Hitler para perdonarle, eventualmente, la vida y decir que en Europa “no pasó nada”. El presidente Trump no condenó en forma terminante el accionar de grupos violentos racistas en las protestas callejeras de los últimos tiempos. Antes bien, toleró el abuso del poder policial especialmente en contra de gente de color, amparándose en eslóganes de imponer la “ley y el orden”, frase que fue parte del discurso racista de tiempos pasados

    Creer en brujas
    Se tolera, porque no queda otra, que el juego democrático no sea del todo limpio, y que el sistema, por ser una creación humana imperfecta por naturaleza, sea violentado o violado por el uso de mentiras. Pero es inadmisible que desde el poder se tomen como referencia teorías conspirativas o se crea en la existencia de poderes ocultos dentro del estado, con fines electorales. ¿Qué confianza puede generar en el mundo de hoy un país cuyo presidente cree en la existencia de un segundo poder oculto, actuando en las sombras de él mismo? La opinión favorable del presidente en torno a la misteriosa y secreta organización Qanon así lo demuestra.

    Cuestionamiento al voto por correo
    Se comprende que un presidente vele por la honestidad de una elección para evitar un fraude, pero no se comprende porqué quiere abolir el voto por correo, cuando este método forma parte de la tradición democrática de este país. Hasta este momento, 52 millones de personas (un tercio del electorado) no solo ya han votado por su partido de preferencia usando ese medio, sino que al haberlo hecho han opinado acerca de su confianza en el mismo. Es de imaginar la dirección de sus votos. 

    Negación del cambio climático
    Se justifica que un presidente defienda la economía establecida de su propio país, pero no resulta racional que esa defensa se realice a pesar de las consecuencias ambientales que para todo el planeta pueda tener esa postura. ¿Quién en su sano juicio puede negar a esta altura el efecto del calentamiento global, sobre todo cuando parte del planeta es consumido por la sequía y los incendios que le siguen? El presidente Trump lo ha hecho, rechazando no solamente la ciencia en torno al problema, sino los Acuerdos de París. Lo ha confirmado en el debate con su adversario demócrata, Biden, defendiendo a capa y espada el uso de combustibles fósiles a futuro. 

    Abuso del poder del estado
    Se acepta que un presidente en ejercicio del poder se defienda de los ataques políticos de sus adversarios, usando la política y sus discursos. Pero,cómo digerir que un presidente en ejercicio quiera usar los poderes del estado, nada menos que al procurador general del estado, para perseguir a los miembros del partido en la oposición, especialmente a su adversario político y otros. Menos aún,el intentar comprometer a gobiernos extranjeros en dicha persecución, en beneficio propio. El condenable acoso familiar al candidato opositor, Biden, por los negocios de su hijo en Ukrania, ya investigados imparcialmente y de los cuales Biden salió limpio de culpa y cargo, demuestra hasta donde ha avanzado el deterioro de las instituciones en un país que se creía exento del abuso de poder.

    Pago de impuestos
    Se entiende que un individuo discuta y se pelee con las autoridades al momento de evaluar sus impuestos a pagar. Pero no se puede tolerar que un presidente, que en algún momento se auto congratuló de no pagar su parte porque es inteligente y sabe hacer las cosas, se escude ahora en sus abogados y contadores para protegerse y se niegue a revelar sus fuentes de ingresos, máxime cuando hacerlo forma parte de la tradición política de su propio país. 

    Admiraciones mal dirigidas
    Se comprende que una persona quiera imitar las virtudes de otros individuos que le han servido de ejemplo para la humanidad, a través de su conducta y contribución a la sociedad de su tiempo. Pero,que en EE.UU., el país que se ve a sí mismo como el creador de la democracia moderna, un presidente se vanaglorie de su acercamiento a mandatarios extranjeros que cobijan su poder en métodos autoritarios y antagónicos al propio, revela la fragilidad de sus convicciones.

    Aceptación de resultados
    Finalmente, la incertidumbre creada en torno a la posibilidad de que el presidente Trump no acepte los resultados de la elección si pierde, abren un interrogante que trasciende al mismo. De hacerlo y ganar en la apuesta, marcará el ingreso de EE.UU. en la lista de países que han iniciado el largo camino hacia su ocaso histórico. Triste honor para alguien que llegó al poder con la idea de recobrar la gloria de su pasado.

    El 3 de noviembre se definirá ese futuro.

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