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Aniversario polémico

Joseph Ratzinger llega a su lustro como jefe de la Iglesia Católica en el peor escenario imaginable. Denuncias de abuso sexual contra menores, sospechas de encubrimiento, internas palaciegas. Para los expertos, ésta no es sólo la peor crisis de su papado, sino la de la Iglesia Católica en tiempos modernos.
18 de abril de 2010 - 00:00


Pintadas obscenas en su casa de Marktl am Inn, donde nació el 16 de abril de 1927. Pedidos de renuncia. Manifestaciones de protesta. Artículos demoledores, especialmente en su Alemania natal. Sondeos que indican que su popularidad está en picada. Un abogado, el norteamericano Jeff Anderson, que intenta llevarlo al banquillo de los acusados. Intelectuales como Richard Dawkins y Christopher Hitchens, militantes del movimiento ateo británico, que invocan su arresto por crímenes contra la humanidad para cuando pise en septiembre próximo el Reino Unido.

No es seguramente un aniversario feliz el que cumple mañana Benedicto XVI, elegido como sucesor de Pedro el 19 de abril de 2005. En el ojo de la tormenta por el escándalo de abusos sexuales de menores por parte de sacerdotes de todo el mundo, Joseph Ratzinger, que acaba de cumplir 83 años, llega a su lustro como jefe de la Iglesia Católica en el peor escenario que jamás nadie hubiera podido imaginar. Enfrenta lo que los expertos consideran no sólo la peor crisis de sus cinco años de papado, sino también la de la Iglesia Católica en tiempos modernos.

¿Qué pasó? ¿Qué hizo tan mal el Papa, un teólogo brillante, de inteligencia superior y modos refinados, para llegar de este modo a sus cinco años de pontificado?

Mientras en medio mundo se pone en duda la autoridad moral del Pontífice y de la Santa Sede, en el Vaticano la sensación es la de estar bajo fuego. La mayoría denuncia una campaña mediática de una virulencia sin precedente para atacar al Papa y atacar, así, a la Iglesia Católica. Una institución milenaria, argumentan, portadora de un mensaje incómodo, a contra corriente, en un mundo cada vez más sometido a la dictadura del relativismo que el propio Ratzinger denunció en vísperas de su elección como sucesor del muy carismático y querido Juan Pablo II (1978-2005).

Oltretevere -del otro lado del Tíber, una forma de llamar al Vaticano-, en coincidencia con el aniversario se intenta remarcar los puntos a favor de Benedicto XVI: tres encíclicas importantes ( Deus caritas est, Spe salvi, Caritas in veritate ); un libro sobre Jesús (cuyo segundo volumen está por salir), como catequesis, homilías, discursos; sus 14 viajes internacionales (incluido el de este fin de semana, a Malta); la claridad de sus palabras... El silencio que yo oí entre los jóvenes durante los encuentros que presidió en las Jornadas Mundiales de la Juventud [en Alemania y Australia] no era la bulla que a veces reinaba en manifestaciones similares, refleccionó ante LA NACION el padre Federico Lombardi, director de la Sala de Prensa de la Santa Sede, al relativizar el hecho de que Benedicto XVI no goza en absoluto del carisma que tenía Juan Pablo II. Una seguidilla de traspiés

En el Vaticano pocos se atreven a hacer autocrítica y admitir que los cinco años de pontificado de Benedicto XVI fueron, al menos para la opinión pública, una seguidilla de traspiés que ahora parecen ser nada comparados con la dimensión que ha cobrado el escándalo por los abusos sexuales de niños por parte de sacerdotes. Los traspiés empezaron con el famoso discurso de Ratisbona, en 2006, que indignó a los musulmanes -aunque para muchos en realidad relanzó con ellos un diálogo más auténtico y sincero-. Siguieron con la rehabilitación de la misa en latín, que incluye una oración del Viernes Santo para convertir a los judíos, el resonado caso Williamson -el obispo lefebvrista a quien el Papa le levantó la excomunión, desconociendo que era un negador del Holocausto-, hechos que indignaron a la comunidad hebrea, también furiosa por el espaldarazo que le dio al proceso de beatificación de Pío XII, el papa que calló ante el horror del Holocausto.

Antes, en su único viaje a América latina (en 2007, a Aparecida, Brasil), el Papa ofendió a los índigenas al decir que la evangelización no representó la imposición de una cultura extranjera, afirmación de la que luego se corrigió. Luego vino la condena del uso de preservativos para frenar el sida, durante su viaje a Africa; su decisión de permitir el regreso al catolicismo de los anglicanos conservadores y, ahora, el escándalo de los abusos sexuales.

Para la mayoría de los analistas en temas vaticanos, algunas de estas crisis se habrían podido evitar con un buen funcionamiento de la maquinaria vaticana y una buena estrategia de comunicación.

Es una situación compleja: por un lado hay muchas cosas positivas para decir sobre Benedicto XVI. Pero por otro lado, desde el punto de vista del gobierno, de la administración y de la comunicación, es un pontificado que en estos cinco años fue tropezando de un desastre a otro. En otras palabras, hay una historia positiva para contar sobre Benedicto XVI, pero tanto el mismo Papa como su equipo parecen incapaces de contarla, resumió ante LA NACION el analista norteamericano John Allen Jr, corresponsal del National Catholic Reporter y biógrafo del Papa.

Si la gente evaluara solamente sus enseñanzas, sus tres encíclicas, o sus discursos durante los viajes o en las audiencias, creo que la mayoría diría que su pontificado ha sido muy impresionante. Incluso la gente que puede no estar de acuerdo con este Papa dirá que su enseñanza es muy clara, muy buena y, en su mayor parte, ha sido positiva, agregó. Pero no es la historia que la mayoría del mundo ve. En cierto sentido, la historia de este papado es que los problemas de gobierno y de comunicación del Papa y de su equipo en el Vaticano han ensombrecido la dimensión positiva de lo que ha estado haciendo.

Marco Tosatti, vaticanista de La Stampa , opinó parecido. Este es un pontificado que ha remado siempre contra la corriente, en el sentido de que su tipo de magisterio es seguramente politically incorrect y además su modo de expresarlo es muy directo, con poca mediación comunicativa, señaló. Para Tosatti no caben dudas de que la estrategia comunicativa de la Santa Sede no funciona, ni ayuda el Papa a hacerse entender: Nadie prepara el terreno, siempre que sale a decir algo son relámpagos y centellas, y esto no contribuye a su popularidad. En lo esencial, consideró, Ratzinger dice las mismas cosas que decía Juan Pablo II, pero las dice de forma más cortante y sin una verdadera mediación comunicativa, a una opinión pública lista a escuchar sólo el aspecto más duro de las cosas. Reitero, Juan Pablo II y Benedicto XVI dicen las mismas cosas, pero la gran comunicación del primero hacía que uno las aceptara, mientras que con el otro uno se enoja, destacó.

Ahora, el escándalo por los abusos de miembros del clero contra menores y el silencio que mantuvo la alta jerarquía católica llevan a la opinión pública a trazar un balance negativo del pontificado de Benedicto XVI. En este sentido, la gran paradoja es que, entre los expertos, nadie duda de que Joseph Ratzinger es un papa que ha hecho muchísimo para cambiar el rumbo y aplicar una política de tolerancia cero. Todo el mundo recuerda que fue él, siendo titular de la Congregación de la Doctrina de la Fe, quien logró -pese a la resistencia del entorno wojtyliano, que lo protegía-, suspender a divinis a Marcial Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo, ya fallecido, que había sido un abusador serial de menores y que había incluso llevado una doble vida, con mujeres y 6 hijos.

En medio de la locura mediática por el tema de los abusos, es evidente que Benedicto XVI está pagando culpas que no son de él. Pero está documentado, tanto en el caso de Maciel como en el del cardenal austriáco acusado de pedofilia, Hans Hermann Groer, que fue Benedicto XVI quien se movió para removerlos, chocando incluso con Juan Pablo II, puntualizó Gianni Valente, de la publicación mensual italiana Trenta Giorni . Benedicto XVI es el chivo expiatorio de una situación que viene de muy lejos y de la que fue el único en distanciarse. Es evidente que ahora la situación es desastrosa, pero no es culpa de Benedicto XVI si hubo elementos de debilidad y fragilidad que habían sido ocultados por la imagen mediáticamente ganadora de la Iglesia de Karol Wojtyla, agregó.

Tosatti coincide: Juan Pablo II era un santo, un místico, un profeta, pero en su séquito tenía de todo, como Jesús... Es decir, ladrones, prostitutas, etcétera. Y eso quedó en manos de su sucesor, que está tratando, silenciosamente, de poner orden y limpieza adentro de la Iglesia, y lo hace a través de la elección cuidada y rigurosa de los obispos. Benedicto XVI examina todas las candidaturas episcopales, algo que Juan Pablo II no hacía. Si hubiera habido obispos fuertes y decididos en EE.UU., éstos no habrían permitido que algunos curas siguieran cometiendo daños, apuntó.

No por nada en las últimas semanas purpurados de todo el mundo salieron a respaldar públicamente al Pontífice. El Papa no necesita ser defendido, porque a todos les es clara su irreprensibilidad, su sentido del deber y su voluntad de hacer el bien. Las acusaciones lanzadas en su contra en estos días son innobles y falsas, dijo en una entrevista a Trenta Giorni el influyente Carlo Maria Martini, arzobispo emérito de Milán.

Es verdad, a veces hubo quienes callaron, pero Ratzinger rompió el silencio, fue el primero que, aún siendo cardenal, sintió la necesidad de reglas nuevas, más severas, que antes no existían. Que ahora algunos periodistas utilicen unos casos terribles para atacarlo frontalmente es algo que supera cualquier límite de justicia y de lealtad, afirmó por su parte el cardenal alemán Walter Kasper, titular del Pontificio Consejo para la unidad de los cristianos y el diálogo con los judíos. Kasper no ocultó su disgusto ante las afirmaciones del teólogo disidente Hans Kung (ver aparte). Kung hace afirmaciones de las que no ofrece ninguna prueba, porque no puede haber: ¡nunca el Papa prohibió denunciar a estos curas, nunca ordenó encubrirlos!, dijo al Corriere della Sera. Papado retrógrado

Pero el ala progresista de la Iglesia, que nunca le dio la bienvenida a la elección de Ratzinger, considera su gestión como un papado retrógrado, anticonciliar, cerrado al mundo moderno, a las demás religiones y a la ciencia. En suma, como un fracaso total. Un golpe de gracia a los sueños de apertura y cambio que nacieron con el Concilio Vaticano II (1962-65) y, especialmente ahora, en medio del escándalo por abusos, a la credibilidad misma de la Iglesia católica.

En sintonía con las declaraciones de Kung, el profesor Vittorio Bellavite, vocero en Italia del movimiento reformista católico Nosotros Somos Iglesia, no esconde su profunda decepción. Nuestra posición sobre el pontificado de Benedicto XVI es muy crítica, aunque se agrava por el modo en que está enfrentando el escándalo de pedofilia, que no trata con claridad y tampoco con un abierto pedido de perdón a las víctimas o un acto de arrepentimiento, indicó.

Además, el Papa tiende a frenar el Concilio Vaticano II y el resultado de esto es la continuidad y el agravamiento del centralismo romano y la falta absoluta de colegialidad episcopal. Las consecuencias concretas son la recuperación de los lefebvristas, la misa en latín y la designación de obispos conservadores, añadió.

Con Benedicto XVI nunca va a haber apertura, ni el cambio que necesita la Iglesia. En estos cinco años el Papa se limitó a enfatizar la tradición. Ahora, con el escándalo por los abusos sexuales a menores, la respuesta obvia debería ser cambiar la regla del celibato. Pero Benedicto nunca emprenderá este camino, lamentó un misionero católico norteamericano, que pidió el anonimato. Que yo recuerde, el prestigio de la Iglesia nunca fue tan bajo como en este momento... Necesitamos a una persona que inspire a los católicos, que inspire al mundo, un nuevo liderazgo. La Nación.
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