Soy Miguel Márquez y hasta hace poco vivía en Naucalpan, ciudad de México. Ahora escribo desde mi nueva habitación alquilada, cerca de la avenida Benito Juárez. Tengo 27 años y necesito confesarles algo muy extraño que me sucedió hace 2 meses y que, hasta ahora, no me había atrevido a contarle a nadie para que no me dieran por loco.
La aparición felina que vi a las 3:33 de la madrugada
Les voy a platicar todo desde el principio. Personalmente, me considero un chavo de perros. De niño tuve mascotas allá en mi natal Vetagrande, en Zacatecas, y todas fueron caninas.
Todavía guardo buenos recuerdo de mi buen Joe, mi favorito. Era feroz y a la vez fiel, pero aparte de eso, hace años que no tengo mascotas, acá en la ciudad es difícil tenerlas y además, a veces paso todo el día fuera de casa por mi chamba y no podría hacerme cargo de nadie.
En la vecindad donde vivo actualmente no se permiten animales y donde vivía hace poco, tampoco, al menos, perros, gatos y ratas de la calle siempre hubo de sobra. Pero eso no fue lo que me obligó a mudarme.
Un güey nuevo se mudó al barrio y alquiló un cuarto cercano al mío, en mismo pasillos de la vecindad. Según escuché, venía del norte: Sinaloa o algo así. Al parecer, tenía mi edad o rondaba los 30, pero algo en él me dio mala espina desde el principio. No sabía que era, pero algo no me inspiraba confianza.
Su piel era muy pálida y siempre vestía de negro. Lo que lo hacía ver bastante flaco, para no decir raquítico. Cuando yo llegaba alrededor de la medianoche, me lo encontraba siempre saliendo de su cuarto. Se notaba que él apenas estaba despertando. Usaba cadenas y prendas como de rockeros, de hecho usaba el cabello largo hasta los hombros.
La impresión que me daba era que tenía un serio problema de drogas y además no parecía ser un ser de hábitos comunes y corrientes. No lo digo como prejuicio o algo despectivo, sino que uno debe confiar en los instintos que uno tiene como ser humano promedio.
El fin de semana, cuando todo ocurrió, yo venía de tomarme unos tragos con mis compañeros de trabajo, como era costumbre los viernes de quincena.
Esa madrugada llegué un poco pasado de tragos, pero no estaba borracho. Cuando entré a la vecindad estaba totalmente oscura. No podía ni verme las manos.
Saqué mi celular y encendí la linterna para guiarme. Ahí fue cuando vi esa cosa. Eran las 3:33 de la madrugada y los perros de alrededor emitían aullidos aterradores, muy parecidos a los que hacía Joe en Vetagrande, cuando se sentía rondar algún espíritu nocturno. O por lo menos, eso era lo que decía mi abuela Carmen cuando lo escuchaba aullar de esa manera.
No creo en supersticiones, más bien soy ateo y tengo gran interés en el mundo de la ciencia. Por lo que ver un gato negro gigante con ojos de llamas púrpura, al recibir la luz de la linterna de mi celular, me pareció de lo más normal.
De hecho, los ojos de los felinos tienen ese efecto al contacto nocturno con la iluminación artificial.
Lo que me pareció raro era su tamaño, parecía más bien una pantera y sus orejas negras puntiagudas se asemejaban a cuernos. Sus movimientos, definitivamente, eran los de un felino.
Cuando encontré el interruptor del pasillo y encendí la luz, mi vecino apareció junto a la puerta de su cuarto, justo donde estaba el animal.
Yo me sorprendí muchísimo y mis niveles de ansiedad aumentaron cuando vi que uno de los extraños medallones que colgaban de su cuello, tenía justo el aspecto de los ojos de fuego púrpura que había visto en la oscuridad.
Él cerró la puerta y caminó con elegancia por el corredor, levantando su cabeza sin emitir palabras, a manera de saludo, cuando pasó a mi lado. Yo repliqué de la misma manera, intentando disimular mi impresión del fenómeno presenciado hacía escasos segundos.
El güey siguió caminando hasta la entrada y salió sin hacer el mínimo ruido. Podía escucharse desde el exterior, como los aullidos de los perros y maullidos de los gatos se intensificaban.
Algo me dijo que él sabía lo que yo estaba pensando y sintiendo en ese momento. Después, en mi cabeza apareció un pensamiento peor: había descubierto algo que no tenía idea de que era posible que existiera, y para empeorar todo, me había ganado un enemigo de a grapa.
Es así como decidí esa misma noche, irme de esa vecindad. Estaba seguro de que lo presenciado era el comienzo de algo más allá de mi comprensión que podría perjudicarme enormemente.
¿Ustedes qué harían en mi lugar?
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