—¿Sos casada?
—No, soy soltera.
—Entonces ya que estás decime cómo sos. ¿Rubia de ojos celestes?
—Sí, rubia de ojos celestes.
—Ah, mirá vos qué bien. Ya que me mandaste café, un día de estos tomemos un café.
A los dos o tres días la volví a llamar. La llevé a tomar algo y ya no nos separamos más. Yo seguía con Andrea pero estaba todo muy mal ya. Es una mina muy inteligente, me caza todos los tonos. Le llevo 34 años. ¿Pero qué es un número? Ni siquiera es una palabra. No le podés poner número a todo. ¿Quién inventó los números? ¿Las horas, los días, las semanas? ¿Para qué?
Cuando estaba solo y me empezaron a dar ataques de pánico llamaba por teléfono a Marina a la noche y ella venía. Yo sentía que me moría. Me daba chamuyo, me llevaba a pasear. Conmigo no tuvo momentos de felicidad todavía, pobrecita.
Pero ya empezamos a estar juntos. Vendí el departamento que tenía en Belgrano y nos vinimos para Olivos. Todavía con los ataques de pánico yo...
Marina es de otro planeta. Sabe todo lo que tomo, lo que no tomo. Diez pastillas a la mañana, otras diez a la noche. Ella sabe los nombres, los componentes, las pide en la farmacia. Es una mina muy talentosa y gamba, con un sentido del humor espectacular. Y yo creo que la risa es uno de los motores más grandes que tenemos nosotros. Es muy bueno tener una pareja con la que te reís. Nosotros tenemos esa complicidad de la risa, que es la base de la pareja y que a mí me ayudó a salir adelante. Es mi compañera definitiva, que no me falte porque ahí sí que me muero...
Y la cuestión sexual no es ningún problema. Tomo pastillas, tomo viagra... ¡Si se la ve muy contenta! Cuando me desperté del coma no sentí que hubieran pasado dos meses. Para mí era como despertarme de la noche anterior. Debe ser como la muerte, no te das cuenta de nada. Como decía Facundo Cabral cuando se iba a hacer la siesta:
—Voy a ensayar un poco la muerte y vengo.
Yo creo que estuve muerto y me desperté. Pero no vi ninguna luz, ningún túnel. Vi un semáforo de tres colores. Es que los drogadictos a cierta altura empezamos a soñar cosas raras, viste...
Para prevenir el doctor Cahe me había hecho poner dos stent en el Instituto del Diagnóstico y justo al lado estaba internado Sandro. Hablábamos todo el día por teléfono.
—Viste vos, somos unos pelotudos, tenemos que cuidarnos...
—¡Vos me lo decís, hijo de puta!
Fue muy gracioso, que a la vuelta de la vida terminásemos internados en el mismo lugar. Mi relación con él siempre fue muy esporádica, no éramos amigos. Si bien en los comienzos compartimos como representante a Anderle, nos cruzábamos y nos veíamos pero nunca hicimos amistad. Yo siempre fui muy respetuoso de él, toda la vida, pero no disfrutamos muchas cosas juntos.
Pero ahí en el Instituto del Diagnóstico yo le daba manija.
—¡Ponete bien, pelotudo, largá el escabio que te vas a poner bien!
—Sabés que pasa, Cacho, me tienen que hacer un trasplante. Y lo que estoy necesitando yo es un combo porque me tienen que trasplantar los pulmones, el hígado, los vasos y el bobo. ¿Cómo van a hacer para conseguirme todo eso?
—¡No te amargués, che, en Carrefour hay de todo!
—¡La concha de tu madre, todavía tenés ganas de joder! —¡Si te llegás a morir mejor que no te cremen porque tomaste tanto alcohol que vas a durar seis meses prendido!