La mañana del 24 de junio de 2000 fue muy triste por la madrugada fatal que la precedió: en un accidente vial sucedido en el sur del Gran Buenos Aires (Berazategui), había fallecido el cantante Rodrigo Bueno, que al momento tenía 27 años y era el solista musical más convocante, más venerado, más febril.
Hubo dolor y estupor a lo largo de todo el país, pero fundamentalmente en la metrópolis en la que germinó el furor del cantante que trascendió al cuarteto, la música que amó, para volverse un artista transversal, con legado sustancioso por más efímero que haya sido su tránsito por la cúpula.