Con escasos aciertos literarios y una trama organizada en torno a una relación sadomasoquista, la saga "Cincuenta sombras de Grey" lleva vendidos más de 70 millones de ejemplares y promete más éxito con la adaptación cinematográfica que llegó ayer a los cines argentinos, desafiando voces críticas que la acusan de funcionar como un alternativa falsamente liberadora que encubre, en realidad, nuevas formas de opresión femenina.
La leyenda replicada por las redes sociales y los medios sostiene que hace cuatro años, a partir de la aparición del primer volumen de la trilogía, mujeres de amplio rango etario se volvieron consumidoras de pornografía, diversificaron los métodos de introspección erótica, coparon los sex shops en busca de arsenal para escenificar sus fantasías y ya no sintieron pudor para explicitar sus demandas sexuales.
Pero el mérito de "Cincuenta sombras..." parece quedar replegado a su astucia para instalar una visión adulterada del imaginario sexual femenino, ya que las formas de representación de ese universo se acercan más a antiguos tópicos patriarcales más que a una indagación profunda sobre la naturaleza del deseo.
"La novela combina con habilidad las fantasías femeninas tradicionales con una fachada de aparente liberalidad, que hasta hace poco se reservaba a los varones. El erotismo de la protagonista se despliega sin inhibiciones, pero se combina con el amor romántico y la exclusividad erótica", explica la psicoanalista Irene Meler a Télam.
El sadomasoquismo "soft" que se despliega en la novela recicla el dominio masculino, según advierte Meler, pero cumple también con el objetivo de "operar como antídoto contra la soledad, el aislamiento y las notables dificultades para el compromiso, que se observan en los sectores jóvenes y educados".