ver más

Tangos sinfónicos en el Obelisco

El concierto, gratuito, fue transmitido en directo a Europa. Tuvo el acompañamiento de la orquesta de Leopoldo Federico.
2 de enero de 2007 - 00:00
BUENOS AIRES (Télam).- El músico argentino nacionalizado israelí Daniel Barenboim sedujo al público porteño con el concierto gratuito "Tangos sinfónicos", que ofreció anteayer en la Plaza de la República, junto al Obelisco, con la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires y Leopoldo Federico y su grupo como invitados.

También participaron los bailarines Mora Godoy y Junior Cervila, ante una cantidad de espectadores estimada en casi 10 mil personas. El concierto fue transmitido en directo a Europa por la televisión alemana.

El acontecimiento no las tenía todas consigo, pues si bien el Gobierno porteño había puesto un enorme dispositivo técnico y de producción para su realización, las altas temperaturas del último día del año hacían dudar sobre la concurrencia.

Sin embargo el público dijo presente en todas las edades y condición: de a poco una leve brisa comenzó a soplar sobre la 9 de Julio, el temible sol se ocultó detrás de los edificios de la calle Lima y la concurrencia se apiñó para aplaudir al maestro.

A un lado del escenario había un improvisado sector VIP con sillas plegables con asiento de pana, y allí se vio al jefe de Gobierno Jorge Telerman muy de "elegante sport" -camisa fuera del pantalón, zapatos informales-, así como a Teresa Parodi, Horacio Salgán y Caloi.



La última y la primera Comparsita

El concierto comenzó a las 19.30 en punto, porque debía coincidir con las cuatro horas de más del horario europeo; poco antes de las 20, el maestro ejecutó lo que dijo había sido "la última Cumparsita del 2006" para Alemania, y repitió el tema de Matos Rodríguez anunciándolo como "la primera Cumparsita del 2007".

Esa humorada no fue ajena al comportamiento de Barenboim en el escenario: con un castellano que denotó otros idiomas en su lengua, se movió con desenvoltura y humor entre los temas musicales.

Buen cicerone, habló a los alemanes en alemán y a los franceses en francés, pero no dejó de reclamar su estirpe porteña; dijo haber nacido en la calle Arenales y lo atribuyó a que sus padres "deseaban que no estuviera muy lejos del Teatro Colón".

Lidió en un principio con un micrófono que no funcionaba y apeló a la viva voz para comunicarse con su público, que lo festejó con reverencia y apego, y debió recurrir en más de una ocasión a su pañuelo para enjugarse la frente. Al calor natural se le sumó un escenario cerrado por tres lados e iluminado "a full".

Al maestro Barenboim le costó poco conquistar a los presentes: todo empezó con "Mi Buenos Aires querido", con la música de Carlos Gardel montada sobre primorosas cuerdas -los arreglos fueron de José Carli-, seguida por "Amores de estudiante" y "Cuesta abajo".

Para empezar, no estuvo nada mal y así lo manifestó el público, con pequeñas ovaciones cuando reconocía cada tema, pero los arreglos tuvieron demasiado metal y demasiada percusión, quizá para complacer al oyente europeo.

Las cosas mejoraron con la aparición de Leopoldo Federico y su orquesta en pleno, y allí sí el tango fue auténtico. "Gallo ciego", de Agustín Bardi, y "Milonguero viejo", de Carlos Di Sarli, fueron ejecutados con el sonido que corresponde.

Tal vez haya sido extemporánea la inclusión de los bailarines Godoy y Cervila, quienes desarrollaron una coreografía acrobática y de un erotismo un tanto recargado y terminaron pretendiendo un protagonismo que se perdía en el enorme escenario. En los televisores europeos se debe haber visto mejor.

De todos modos, Barenboim no perdió la batuta, en el mejor sentido, y antes de emprenderla con "Decarísimo" y "Adiós nonino", del muy aplaudido Astor Piazzolla, tuvo tiempo de enlazar distancias entre la Argentina y Europa.

Señaló la amplitud con que esta tierra había recibido a los inmigrantes de aquel continente y, tangencialmente, reprendió con elegancia a Europa, "que tiene tantos problemas con la inmigración", lo que le ganó el apoyo unánime de los presentes.

Fue la primera vez que el maestro Barenboim dirigía una orquesta en la Argentina y Sudamérica, y en el podio se lo vio seguro, alegre, casi infantil jugando con la batuta, seguro de ser seguido con apego por los músicos de la enorme Filarmónica porteña.
Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Te Puede Interesar