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Mara Barrionuevo

Y el aprendizaje en el techo de África

La reconocida psicóloga catamarqueña relató su expedición al monte Kilimanjaro y reflexionó sobre el autocuidado, su historia y la certeza de que la verdadera cima siempre espera al volver a casa.

18 de octubre de 2026 - 02:15

A más de cinco mil metros de altura, en la gélida madrugada de Tanzania, el cuerpo envía señales sin atenuantes. El termómetro marcaba quince grados bajo cero, el viento helado golpeaba la ladera volcánica y el horizonte quedaba sepultado bajo una noche cerrada y repleta de estrellas. De pronto, una sensación térmica paradójica invadió su organismo: un calor abrasador, repentino y desorientador. En ese instante exacto, la mujer que durante más de tres décadas aprendió a descifrar los laberintos de la mente y las respuestas somáticas ante situaciones límites comprendió que el juego había cambiado.

Mara Barrionuevo, prestigiosa psicóloga clínica y perito del Cuerpo Interdisciplinario Forense (CIF) de Catamarca, estaba a 5.500 metros en el monte Kilimanjaro, a pasos del techo de África. Llevaba siete días de marcha extenuante bajo un lema grabado a fuego que en lengua suajili –la más hablada del continente- suena a mantra de supervivencia: pole pole, paso a paso. Dos pasos, una pausa, respirar; otros dos pasos, parar, volver a tomar aire. La pendiente rondaba los 45 grados. Delante, la inmensidad del pico Uhuru –la cumbre más alta del Kilimanjaro-; detrás, una historia forjada en la resiliencia y el afecto.

“El primer síntoma que yo tuve fue un calor enorme. O sea, yo de repente que iba caminando superlentito me empecé a sacar todas las camperas, o sea, sentí un calor enorme y me empecé a sacar todas las camperas. La guía justo me vio y me frenó, porque obviamente me iba a dar hipotermia. Fue un momento nuevo para mí, tuve un poco de desorientación de qué me estaba pasando, pero nunca perdí la conciencia de lo que me estaba pasando. Entonces después empezó un dolor de nuca, de cabeza, náuseas, después empecé con descomposición de estómago, ya me empecé a deshidratar y yo dije: "Chau, ya se desencadenó el cuadro".

Había llegado la hora de escuchar la propia lección. La psicóloga, acostumbrada a contener a otros, debía mirarse al espejo y tomar la determinación más lúcida de su camino deportivo.

Raíces, vocación y movimiento

Nacida en San Fernando del Valle de Catamarca, a el 12 de octubre cumplió 58 años -mes que reúne su cumpleaños, el Día del Psicólogo y el Día de la Madre-, Mara resume su linaje: "Mi papá de Belén, mi mamá de Filadelfia, Estados Unidos. Esa mezcla tengo". Única mujer entre cuatro hermanos, creció en un hogar donde la salud era cotidiana: su padre era médico y kinesiólogo, y en la mesa familiar el servicio al prójimo era una vocación natural.

“Siempre digo que mis primeros pacientes de manera sui géneris fueron mis compañeras de colegio. En cada recreo alguna de mis compañeras me pedía que nos sentáramos a hablar sobre algún problema que ellas tenían. Entonces, sin querer queriendo, yo ya empezaba a ejercer esta escucha activa, que es un instrumento fundamental en el consultorio” explicó.

Se recibió en Córdoba hace 31 años y ejerce en consultorio privado y en el Poder Judicial desde la creación del CIF en el 2000. Pero su vida jamás conoció la quietud. Jugadora de vóley en su juventud, instructora aeróbica en sus años universitarios y docente en el gimnasio Level de la calle Sarmiento al volver a la provincia en 1995, el ejercicio físico siempre representó una necesidad vital.

La montaña, sin embargo, llegó en la pandemia. Con sus hijos -Martina (28) y Facundo (24)- estudiando fuera de la provincia, montó un gimnasio en su casa para canalizar la ansiedad del encierro. Fue allí cuando su hermano Guillermo, "Willy", odontólogo y andinista con dieciséis ascensos a “El Manchao”, le propuso sumarse:

-Él me dice: "Vamos al Manchao". Y eso fue mi primera montaña, de hecho... Y yo le digo: Bueno, pero vos creés que yo voy a poder porque en realidad sabía que era de mucha exigencia, pero no me imaginaba de qué tanto". Digo: "Yo no quiero perjudicar al grupo y demás, siempre estoy pensando en el otro más que en mí, es como un vicio de la profesión". Entonces acepté y pude hacer cumbre en el primer intento. Fue tremendo, fue hermoso, fue durísimo y yo creo que ahí se abrió una puerta.

Junto a Willy, su sobrino Leandro y un grupo de amigos al que llamaron "Las Cabritas", abrazó las cumbres. Hicieron el volcán Bertrand en los Seismiles, Los Gigantes en Córdoba y cruzaron los Andes a caballo. "La montaña en sí a mí me equilibra del estrés normal de la semana", afirma con convicción.

La llamada de África

La oportunidad de viajar surgió apenas tres meses antes de partir. Úrsula Díaz, la andinista de Belén y segunda argentina en subir al Everest, la convocó para la expedición de "Mujeres a la Cumbre", integrada por siete montañistas de Argentina, Chile y Uruguay.

“Las cosas y las personas nos vamos encontrando. Nada es casual para mí. Mi papá era de Belén, Úrsula es de Belén, yo voy mucho a Belén a hacer también rapel y montañismo... Me cayó como un terremoto porque me alteró todos los planes de lo que tenía previsto. Evalué opciones de todo tipo y dije que sí”, contó.

El 4 de septiembre viajó sola rumbo a Tanzania, pasando por Córdoba, Buenos Aires, San Pablo y Doha. Allí reconectó con el inglés de su infancia.

“En la emergencia se te ilumina todo lo que se te tiene que iluminar para sobrevivir a ese límite o te quedás paralizada. Por suerte mi forma es “me ilumino y avanzo”.

Durante siete días, la marcha atravesó la selva húmeda y barrosa, bosques achaparrados y el murallón de Barranco Wall a 4.600 metros, donde se escala con pies y manos mientras las nubes quedan por debajo de las carpas. Treinta y dos porteadores sostenían la logística, pero el rigor de caminar entre 12 y 14 horas diarias en pendientes pronunciadas era una prueba íntima.

La noche final fue extrema. Con -15° y tras ver cómo bajaban en camilla a un montañista fallecido horas después, el mal agudo de montaña apareció a los 5.500 metros. Al preguntar cuánto restaba, los guías le respondieron: "Un largo camino", lo que implicaba seis horas más de ascenso vertical.

“Y bueno, tuve que decir: "Me voy a volver". Y me quedaron mirando... En este caso la lección, como siempre digo en todas las notas que me hicieron, es aprender a parar. Y volviendo a tu paralelismo entre el trabajo y la montaña, creo que aprender a parar aplica para todo en la vida también. Trabajar en exceso, hacer actividad física en exceso, dormir en exceso, todo lo que sea en exceso nos lleva a riesgos que muchas veces son innecesarios y que son más una conducta autodestructiva”.

Frente a ese límite, desplegó la bandera argentina con el nombre de Catamarca:

“Definí que esa fue mi cumbre. Me largué a llorar como una criatura porque fue parte del duelo, y de muchas cosas, muchas tensiones, emociones. Vuelvo a insistir que la montaña te atraviesa lugares que vos no sabés que tenés de tu personalidad hasta que no lo vivís. Y como mi hermano también dice y lo dicen todos los montañistas, la cumbre está en tu casa”.

Mara descendió los dos días restantes por sus propios medios, cuidando cada articulación en el barro de la selva final.

Vivir sin pendientes

De vuelta en Catamarca, Mara reflexiona sobre el calendario y las prioridades esenciales.

“Yo no creo en los números como edades, como años... no lo registro al paso del tiempo como cronológico, sino como cualitativo. En el día yo logré hacer tal cosa y listo, para mí ya valió el día”, subrayó.

No busca salir de su zona de confort, sino ensancharla: "Yo no creo que el punto sea salir de la zona de confort, sino ampliar mi zona de confort. Lo veo como un crecimiento personal". Y desde esa convicción, pregona el movimiento corporal.

“El encierro te lleva a la depresión y la depresión te lleva a la cama. La cama te abraza y es muy difícil salir de ahí. Y si uno está solo es mucho más difícil. Entonces yo creo que hay que pelearla... La actividad física, la que puedas hacer, te va a poner en un mejor lugar orgánicamente y es el mejor antidepresivo que podés tener y es gratis.

Mara regresó con una convicción que resume su filosofía: "Cada vez que subo a la montaña bajo diferente. Si me tuviera que morir ahora, me muero tranquila porque no tengo pendientes... La cumbre está en tu casa".

Texto: Pablo Vera

Fotos: Ariel Pacheco y gentileza Mara Barrionuevo

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