De la mano del talento inigualable de Messi y sus compañeros, como consecuencia de la pasión futbolera que caracteriza al pueblo argentino, en estos días de felicidad colectiva, no hay grieta. Las plazas y las calles de la Argentina convocan a todos. Y todos están ahí, con la pasión a flor de piel, sin que las diferencias importen. No se borran las diferencias, están ahí -como los problemas, la desigualdad, la injusticia- y volverán a la superficie luego del domingo, pero no importan en estas jornadas de algarabía.
- El Ancasti >
- Edición Impresa >
- Opinión >
Utopía colectiva
Un gol es suficiente motivo para fundir en un abrazo a dos personas que no se conocen, pero que llevan puesto en ese momento la celeste y blanca. Por sobre la piel y por debajo de la piel también, llenando de vitalidad las venas y las arterias, haciendo latir con fuerza el corazón. El individual y el colectivo. Porque hay un corazón que engloba a todos cuando suena el Himno Nacional en una cancha que está a 14.000 kilómetros de distancia pero tan cerca de nuestros sentimientos. Un corazón que bombea sangre pero también, inexplicablemente, agüita salada que brota inevitable por los ojos.
Messi y sus amigos han cerrado la grieta. Por unos días, al menos. El Messi que gana, habría que aclarar, porque el Messi que no gana –Messi nunca pierde-, también cae preso de la grieta. El que no gana es cuestionado por muchos porque no canta el Himno, porque no tiene el ímpetu vencedor del Diego, porque es pecho frío, porque solo juega bien en el Barcelona…
Este Messi que gana –más allá del resultado del domingo- es idolatrado. El Messi reconvertido, el que se rebela y dice lo políticamente incorrecto, es reivindicado, salvo por unos pocos que no alcanzan siquiera, en su pequeñez, a forzar una hendidura minúscula, mucho menos una grieta. Porque esa rebeldía que Messi expresa ante las cámaras y que representa a millones, no es la respuesta instintiva a las palabras de un técnico que, lejos de ser un caballero, tiene muchos muertos en el ropero, o a las burlas holandesas en pleno partido. Está forjada, concebida, a partir de razones que trascienden el momento y trascienden el fútbol. Una rebeldía que se entiende mejor desde la idiosincrasia de un país situado en el sur del mundo, en la periferia, lejos de la opulencia de las naciones poderosas, que juzgan conductas ajenas sin detenerse un segundo siquiera a analizar las propias. En el fútbol sí, pero también en la política y en la economía. Conductas que han moldeado durante siglos un mundo inmoral.
Un puñado de jugadores de fútbol encabezados por Messi ha unido, esporádicamente al menos, a los argentinos, no solo porque juegan bien y ganan, sino además porque son un grupo unido, sacrificado, solidario, proactivo, gestor de una utopía colectiva, con objetivos bien definidos y capaces de reponerse de las derrotas, aun de las que más duelen.
El lunes volverá la grieta. Pero esta pequeña enseñanza que deja el fútbol en su faceta más noble, no la del negocio sino la de la pasión, bien podría impregnar los comportamientos de los argentinos para que, más allá de las diferencias lógicas, seamos capaces de encontrar puntos de encuentro para otra utopía colectiva.