viernes 12 de julio de 2024
Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Una de tiburones

Rodrigo L. Ovejero

Con una gran satisfacción, tengo que contarles, en esta oportunidad, que me he tomado el trabajo de ver mí película de tiburones anual, así que tan temprano como en el mes de junio puedo decir que me he sacado de encima esa tarea. En esta oportunidad, se trataba de un film que partía de la premisa poco plausible de escualos en las aguas del Sena, el río parisino. Un absurdo seguido de otros tantos sinsentidos que un alma torturada tuvo la desgracia de tener que editar en una película, y una empresa multimillonaria el descaro de estrenar.

¿Pero por qué veo una película de tiburones al año, si todos sabemos que hay poco por rescatar en esas aguas? No lo hago por placer, eso está claro. Lo hago para mantener mi mirada sobre el arte cinematográfico en perspectiva. Es de vital importancia ver de vez en cuando una mala película. Verla completa, hasta el último segundo de metraje, no saltearse un solo fotograma de sus incoherencias narrativas y tolerar estoicamente las decisiones estúpidas de los protagonistas. Especialmente ahora. Ahora es más importante que nunca.

Nuestro espíritu puede acostumbrarse a la belleza, si los milagros se repiten se apagan hasta convertirse en meros hechos. Por eso debemos evitar ver siempre buenas películas, porque nuestro gusto se anestesia y empezamos a perder la sensación que teníamos luego de ver una película estupenda. Es el equivalente a un crítico gastronómico cuyo paladar ya se encuentra tan habituado a la excelencia que olvida que ella no es la norma sino la excepción. Una hamburguesa con carne de dudosa procedencia es necesaria de vez en cuando. Un choripán de cancha. Una película de tiburones.

Una mala película funciona como una piedra de toque para evaluar los méritos de otras. En el pasado teníamos nuestra ración de ellas a la fuerza: en los viajes en colectivos de larga distancia los choferes solo tenían permitido pasar pésimas cintas, vaya uno a saber por qué. A veces alguien comentaba que le había gustado una, y en ese instante sabías que la amistad con esa persona estaba condenada al fracaso. En los bares a veces nos sometían a tan necesario tormento, y muchas veces en el videoclub una carátula fenomenal nos estafaba. Pero ahora, con tanta disponibilidad e información, es casi imposible tropezar con una por error. Y si por esas casualidades empezamos a ver una, podemos cambiarla sin levantarnos del sillón.

Esto no nos pasa con la música, porque todavía hay un sinfín de ocasiones en las que nos vemos obligados a escuchar canciones pésimas –en la actualidad el género de moda consiste en cantantes de voz robótica describiendo coitos en detalle- así que no es difícil advertir la genialidad en su justa medida. Pero si en estos años no les ha parecido que una película los fascinó y alguna vez se sorprenden diciendo que “ya no se hacen películas como antes”, quizás hayan pasado demasiado tiempo sin ver una de tiburones.

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