martes 24 de enero de 2023

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Cara y Cruz

Un Presidente inimputable

Tras encender la insurrección contra la Corte Suprema de Justicia aliada del omnímodo poder porteño...

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Tras encender la insurrección contra la Corte Suprema de Justicia aliada del omnímodo poder porteño, el presidente Alberto Fernández claudica y deja a los gobernadores que convocó para la patriada con las nalgas a la pampa.

Aspirante a Tigre de los Llanos, no llegó ni a Laucha de Corrientes y Esmeralda, complicando en sus desvaríos a los mandatarios que, con tal de congraciarse con el Tesoro Nacional, le dan manija al federalismo trucho. El litigio por la coparticipación de la Ciudad de Buenos Aires no compromete recursos de las provincias; se trata de diferencias en la repartija del área metropolitana, cuya lógica intoxica a todo el país desde hace décadas.

La semana pasada la Corte ordenó restituir a la CABA una parte de la coparticipación que Fernández le recortó en 2020 para transferírsela a la Provincia de Buenos Aires, cuyo gobernador, Axel Kicillof, necesitaba los fondos para sofocar una revuelta salarial de la Policía.

Se trató de una medida cautelar, la cuestión de fondo aún no fue resuelta. Fernández consideró que configuraba un agravio al federalismo y logró el respaldo de 18 gobernadores para anunciar que no obedecería el fallo.

La decisión prendió la mecha de una crisis institucional sin precedentes en la etapa democrática: un Poder Ejecutivo alzado ante el máximo tribunal del país, apoyado por la mayoría de los jefes de Estado provinciales.

La reacción opositora tuvo similar volumen. Se plantearon denuncias penales contra los rebeldes que incluyeron la figura de sedición.

En el inicio de la semana, el Presidente que desencadenó semejante hecatombe anuncia que acatará la sentencia y pagará, con bonos que la CABA no acepta porque la Corte no ha ordenado pagar la deuda acumulada desde 2020, sino adecuar el sistema de reparto hasta decidir lo medular del tema, vaya a saberse cuándo.

La grotesca imagen que el Presidente se ha ganado con la misma eficiencia que ha destruido su autoridad habilita beneficiarlo con un cristiano manto de piedad. Las denuncias en su contra, que salpican a los gobernadores, deberían ser desestimadas con el sencillo argumento de la inimputabilidad. Solo un irresponsable sin noción del alcance de sus actos coloca al país al borde del colapso de poderes para recular en menos de una semana.

Si no es así, tendría que explicar, primero, qué razones lo indujeron a llamar a los gobernadores a rebelarse contra la Corte; y luego, qué cambió entre aquel pronunciamiento y este lunes para hacerlo desistir de su pulsión bélica.

¿O es que envidó con tres cuatro y se fue al mazo cuando le echaron la falta?

La investidura presidencial, si es que le preocupa, requiere explicaciones para aventar las sospechas de que equipara el ejercicio de la Presidencia con una mano de truco.

La defección del Presidente debería también alertar a los gobernadores que lo siguen engolosinados por los fondos. La bandera del federalismo merece referentes más serios que este pobre hombre embarbascado en la impotencia, que, cabe recordar, renunció a liderar la articulación de un proyecto nacional con el apoyo del interior que compensara las asimetrías con la región metropolitana.

Tal propuesta no implicaba necesariamente romper con Cristina Kirchner, a cuyo dedo le debe el sillón que ha malogrado. Solo explorar alternativas para tratar de revertir la macrocefalia argentina.

La insurrección nonata sumerge cada vez más a Fernández, caudillejo aspiracional, en el ridículo. Ese Purgatorio político del que, decía Perón, no se regresa.

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