Lucas Gheco llegó a Catamarca para estudiar arqueología en la UNCA y nunca se fue. Hoy, casi dos décadas después, es investigador del CONICET en el IRES -el Instituto Regional de Estudios Socioculturales- y uno de los referentes del estudio del arte rupestre de la Sierra de Ancasti. Pero en enero de este año hizo las valijas hacia el otro lado del mundo.
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Un equipo argentino investiga una tumba de 3.500 años en Egipto
El arqueólogo Lucas Gheco, formado en la UNCA, forma parte de un proyecto binacional. Una historia que arranca en las sierras del este catamarqueño y llega hasta el Valle de los Nobles en Luxor.
Durante un mes, Gheco trabajó en Luxor, Egipto, como codirector de la segunda temporada de investigaciones de la Tumba Tebana 93, una de las más imponentes del Valle de los Nobles. La tumba perteneció a Qenamón, un alto funcionario del faraón Amenhotep II, y tiene 3.500 años de antigüedad. El proyecto que la estudia es binacional -con investigadores argentinos y egipcios- y está respaldado por el CONICET, la Universidad Nacional de Córdoba y la Universidad Nacional de San Martín.
Lo que llevó a un arqueólogo formado en las sierras catamarqueñas hasta las orillas del Nilo no es un giro del destino sino una lógica científica precisa: las mismas herramientas con las que estudia las cuevas con pinturas rupestres de Ancasti son las que aplica ahora sobre las paredes de una tumba milenaria.
Revista Express dialogó con él al regreso de esta segunda temporada en Egipto.
¿Cómo llegaste a Catamarca y cómo empezó tu vínculo con la arqueología local?
Llegué a Catamarca para estudiar la Licenciatura en Arqueología en la UNCA. Desde entonces estoy acá, ya van casi 20 años, primero como estudiante y luego como profesional. Hice el doctorado en Ciencias Antropológicas en la Universidad de Córdoba con una beca de CONICET, después una beca posdoctoral, y finalmente ingresé como investigador al IRES, el Instituto Regional de Estudios Socioculturales. Desde casi el principio estuve vinculado a la investigación del arte rupestre de la Sierra de Ancasti, trabajando en la zona de La Candelaria y otros sitios con arte rupestre muy importantes, junto al equipo que dirige Marcos Quesada.
¿Y cómo se da concretamente tu llegada a Egipto?
Todo arrancó a partir de una invitación de la misión brasilera que trabaja en una tumba cercana a la que investigamos ahora. De esa misión también participaba Bernarda Marconetto, una arqueóloga que nos conocía a quienes formamos parte del laboratorio del IRES. Le pareció interesante que aplicáramos las mismas técnicas que usamos para investigar el arte rupestre del Este de Catamarca sobre las paredes pintadas de esa tumba. Eso fue en 2019, cuando hice mi primer viaje a Egipto. Desde entonces volví cada uno o dos años, primero con la misión brasilera, luego en otro proyecto argentino, hasta que en 2024 conseguimos nuestro propio permiso para investigar la Tumba Tebana 93, la TT93, que perteneció a Qenamón, un noble del antiguo Egipto. Desde ese año trabajamos en ella como parte de un proyecto binacional, con integrantes argentinos y egipcios.
¿Quién fue Qenamón y por qué es importante esta tumba?
Qenamón fue un alto funcionario que desarrolló sus actividades durante el reinado del faraón Amenhotep II, alrededor del 1450 antes de Cristo. Tenía una relación muy estrecha con el faraón, lo que se tradujo en una tumba cuyas dimensiones, decoración y sofisticación plástica son llamativas para un noble: tiene características que se parecen más a las de una tumba real. En el Valle de los Nobles, que es donde está ubicada, es una de las más destacadas. Ese valle forma parte de la necrópolis de la antigua Tebas -hoy la ciudad de Luxor- junto al Valle de los Reyes y el Valle de las Reinas, y concentra tumbas de funcionarios del Imperio Nuevo egipcio.
¿Cuál fue tu rol específico dentro del equipo?
Soy el codirector del proyecto por el lado argentino, junto a la doctora Marconetto, de la Universidad de Córdoba. Mi trabajo gira en torno a la investigación de la historia de las paredes: documentar todas las huellas materiales presentes en ellas y poder ordenarlas en el tiempo para reconstruir qué pasó en esa tumba desde su construcción hasta hoy. Es una metodología que desarrollamos y aplicamos en los estudios en Ancasti, y que tiene que ver con observar todos los indicios materiales en las paredes, secuenciarlos y conectarlos con los distintos episodios de uso y transformación del espacio a lo largo del tiempo.
¿Cómo era un día de trabajo en ese contexto?
Arrancábamos bien temprano, a las seis o seis y media de la mañana. Nos buscaban desde la orilla del Nilo, donde estábamos alojados, y nos llevaban hacia El Qurna, una pequeña sierra donde están todas las tumbas del Valle de los Nobles. Una vez que llegábamos, subíamos a pie hasta la tumba, tomábamos un té y empezábamos a trabajar hasta pasado el mediodía. Cada misión está acompañada por un inspector egipcio, y cuando terminaba su horario laboral, alrededor de la una, nosotros también debíamos cortar. Entonces regresábamos al alojamiento y continuábamos con trabajo de escritorio toda la tarde. Dentro de la tumba nos dividíamos en grupos: unos investigábamos las paredes pintadas y otros trabajaban con los restos humanos momificados que aparecían en distintas cámaras, recolectándolos, estudiándolos y acondicionándolos.
¿Qué pudieron identificar que antes no se había registrado?
Varias cosas. Por un lado, todo lo relacionado con el proceso constructivo y de decoración: los distintos pasos técnicos para hacer las pinturas, y también los problemas que enfrentaron durante la construcción. Por ejemplo, algunas cámaras sufrieron derrumbes del techo porque la roca era de mala calidad. Para resolverlo, tuvieron que usar estructuras de madera sobre las cuales construir techos falsos y así terminar la tumba. Más allá del proceso constructivo, lo que fuimos descubriendo son los distintos usos que tuvo ese espacio a lo largo de los siglos. Los primeros cristianos, los coptos, probablemente se refugiaron en estas tumbas cuando huían de la persecución romana. Después, con el paso del tiempo, la tumba fue usada como casa y, sobre todo, como corral: encontramos marcas de los animales que vivían ahí. También hay huellas de personas que intentaron llevarse fragmentos de las paredes para vender en el mercado negro, y marcas de los primeros egiptólogos que limpiaron las paredes con agua y jabón para poder leer los jeroglíficos.
¿Qué historia nueva empieza a construirse a partir de esos hallazgos?
La de una biografía larga y compleja. Esta tumba sólo en sus inicios fue concebida como un espacio funerario. Luego fue refugio, corral, fuente de antigüedades para el mercado negro y hoy se la considera un espacio de interés patrimonial. Cada etapa describe una relación distinta entre las personas y ese lugar. Ese es el punto central de nuestro trabajo: comprender esa historia extensa, con todas sus transformaciones y resignificaciones, en lugar de quedarnos sólo con la lectura funeraria que es la más conocida.
¿Cómo se conecta este trabajo con tus investigaciones en Catamarca?
Están muy conectados en términos teóricos y metodológicos. En las cuevas con arte rupestre de la Sierra de Ancasti hacemos exactamente lo mismo: intentamos comprender la historia larga de esos espacios, las múltiples relaciones entre las personas, las pinturas y las cuevas a lo largo del tiempo. La cultura de La Aguada, que es la más conocida, fue sólo una de las que utilizó y pintó esas cuevas. Antes y después de ella, otros pueblos fueron agregando pinturas, transformando los espacios, resignificándolos. Si sólo pensamos esas cuevas como espacios asociados a una única cultura, nos quedamos con una comprensión muy acotada de su historia. En Egipto estamos haciendo exactamente lo mismo, con los mismos enfoques que desarrollamos en Catamarca y que luego aplicamos también en Cerro Colorado en Córdoba, Inca Cueva en Jujuy, sitios de Santa Cruz y Tierra del Fuego.
¿Se pueden aplicar estos conocimientos en la provincia, y se abren nuevas preguntas sobre el arte rupestre local?
Hay problemáticas comunes entre Argentina y Egipto que no tienen que ver con lo específico de cada sitio, sino con cuestiones más generales: los usos actuales del patrimonio, el colonialismo y sus vínculos con la arqueología, las relaciones con las comunidades locales. En Egipto esas problemáticas aparecen magnificadas porque es un sitio Patrimonio de la Humanidad que recibe miles de turistas por día. Pero en Catamarca también están presentes. Entonces, cada vez que volvemos de Egipto, volvemos con otras miradas y otras preguntas para repensar nuestra investigación local. Ese ida y vuelta es lo que, en definitiva, también da sentido a por qué científicos argentinos investigan una tumba en Egipto.
¿Qué dificultades enfrentan para sostener ese trabajo científico en el contexto actual?
La ciencia argentina está atravesando un momento muy complicado: financiamiento casi nulo para proyectos de investigación, caída estrepitosa de los salarios de docentes e investigadores del CONICET, y en algunos sectores cierto descreimiento sobre la necesidad de invertir en ciencia. Nuestros sueldos los pagan CONICET y las universidades, pero año a año competimos por financiamiento internacional para poder hacer una investigación como esta. En el Valle de los Nobles están investigando equipos de Estados Unidos, Inglaterra, Japón, Alemania, España, Italia, Corea: prácticamente todas las potencias del mundo. Y ahí estamos nosotros también, tratando de aportar una mirada desde Sudamérica, desde Argentina, desde una provincia como Catamarca. Lo hacemos con mucho esfuerzo y con mucho orgullo.
¿Qué te dejó esta experiencia, más allá de lo académico?
Cada vez que vuelvo de Egipto me traigo la confirmación de que la ciencia argentina, con todas sus dificultades, puede ponerse a la par de instituciones de primer nivel y aportar a esas discusiones globales. Y al mismo tiempo vuelvo con más preguntas, con nuevas ideas sobre cómo seguir las investigaciones en Catamarca, que es mi foco principal durante el resto del año. Cada viaje me tiene bastante atareado los meses siguientes, hasta que podamos volver a la tumba TT93 para continuar con el trabajo.
Texto. Pablo Vera
Fotos: Gentileza Lucas Gheco