Hace algunos días, el exministro de Economía del gobierno de Mauricio Macri Nicolás Dujovne volvió a dar declaraciones a un medio periodístico luego de su desafortunado paso por la función de gobierno. En su reaparición pública señaló que, en caso de que Juntos para el Cambio ganase las elecciones del año que viene, debería impulsar una reforma previsional que eleve la edad jubilatoria en 3 años para los hombres y en 8 para las mujeres.
Difícilmente prospere imponer una norma así en la Argentina, donde además ya rige la alternativa, voluntaria eso sí, para que las personas puedan seguir trabajando hasta los 70 años y recién entonces jubilarse.
Además de los argumentos económicos, quienes consideran esta opción sostienen que el piso de edad debe correrse porque en la Argentina la expectativa de vida se ha prolongado notablemente en las últimas décadas. En 1950 era de 61,4 años y en la actualidad de casi 77. Argentina se encuentra en el lote de los cuatro países de la región con mayor proporción de población envejecida. Actualmente hay en nuestro país 7 millones de personas mayores de 60 años, pero las proyecciones indican que dentro de menos de 30 años, uno de cada cuatro argentinas o argentinos estará en esa franja etaria.
Que la gente viva más es resultado de una mejora en las condiciones de vida en general, sobre todo a partir de avances de la medicina, pero este logro no ha sido acompañado culturalmente: los adultos mayores no son valorados debidamente, y, si cada vez son más, el desafío para transformar esta realidad es mayúsculo.
La problemática de los adultos mayores en esta nueva realidad es multifacética. A diferencia de lo que ocurría hace medio siglo, cuando se reducía prácticamente a cuestiones vinculadas al sistema previsional y al cuidado de la salud, hoy abarca nuevos aspectos: las personas mayores de 65 años tienen una vida recreativa, deportiva, educativa y cultural muy activa, y el Estado y la sociedad deben diseñar estrategias tendientes a incluirlos, a evitar una segregación por edad, lo que habitualmente se conoce como “edadismo”. La Organización Mundial de la Salud (OMS) define el edadismo como un estereotipo, prejuicio y discriminación hacia las personas de ciertas edades debido a la afectación o deterioro natural de su salud. Incluso, este ha sido señalado como la tercera forma de discriminación, después del racismo y el sexismo.
Pero salvo que estén enfermas, las personas de esa edad tienen no solo la posibilidad sino también cada vez más la voluntad de tener una actividad social permanente.
Así como es menester estructurar políticas para la inclusión de los sectores sociales económicamente más vulnerables, de las personas con discapacidad o de los jóvenes que no tienen un horizonte previsible a nivel laboral, del mismo modo resulta imprescindible pensar en políticas inclusivas para los mayores de 65 años, que trabajaron toda su vida y hoy siguen, de múltiples formas, en actividad.