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Lo Bueno, lo Malo y lo Feo

Sobre Justicia Criolla y su puesta catamarqueña

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4 de septiembre de 2022 - 00:05

Jorge Dubatti

Crítico, historiador y docente universitario especializado en teatro y artes. Doctor en Historia y Teoría de las Artes por la UBA.

Ha sido múltiple el acierto, por parte de la Municipalidad de Catamarca, su Dirección General de Cultura y su Secretaría de Educación y Cultura, de llevar a escena Justicia criolla, de Ezequiel Soria, con dirección general de Miguel Ángel Rodríguez y el equipo de la Comedia Municipal y el Coro de Cámara Municipal, en la Sala Juan Oscar Ponferrada del Complejo Cultural Urbano Girardi. Quiero destacar algunas perspectivas de la significación teatral y cultural de este acontecimiento en San Fernando de Catamarca.

En primer lugar, hay que celebrar una iniciativa de política cultural: regresar, desde el presente, a los autores del pasado teatral argentino. Escenificar hoy Justicia criolla religa con otros tiempos históricos. Ezequiel Soria nació en Catamarca en 1873 y murió en 1936; en 2023 se cumplirán 150 años de su nacimiento. Justicia criolla se estrenó en 1897, en Buenos Aires. En la ficción que despliega la pieza, en sus personajes, en su habla, en su violencia social de justicia por mano propia, en su visión del género, en sus desigualdades de clase, resuenan (nos guste o no) las presencias de nuestros ancestros, sus formas de vivir, sentir y pensar, de las que hoy tal vez queremos diferenciarnos. Justicia criolla encarna una cosmovisión tradicionalista. Mal que nos pese, es como “la lluvia” en el poema de Borges: nos trae la “voz deseada” de los antepasados para calibrar en cuánto nos parecemos, en cuánto hemos cambiado, en cuánto queremos seguir ahondando ese cambio. A través de esta obra y su puesta recuperamos aquella sociabilidad de fines del XIX, el hecho nos permite especular sobre invariantes transhistóricas, puentes temporales y perduraciones a través de los siglos, así como confrontar las trasformaciones entre aquellas voces y las nuestras. Ni todo es igual ni todo es diferente: de aquel pasado viene esta contemporaneidad. He aquí un ejercicio cultural que alimenta nuestro vínculo existencial con el teatro, porque Justicia criolla (a más de 100 años de su estreno) no es arqueología de algo muerto: más allá de las apariencias, es teatro vivo que sigue hablando de nosotros.

Segundo punto: si Justicia criolla es estructura poética, construcción de artificios, re-enunciarla desde la escena contemporánea invita a relacionarnos nuevamente con las poéticas teatrales del pasado, con formas estéticas y procedimientos artísticos pretéritos: los universos composicionales del “género chico”, la zarzuela breve, el sainete, el melodrama. Lenguajes singulares de la escena finisecular que hemos perdido, que dejamos perder. Volver a Justicia Criolla propone el deber de reconstruir sistemáticamente ese legado desdibujado, rescatarlo desde el hacer escénico, desde la cátedra de actuación, desde la reflexión historicista. Justicia Criolla en el Girardi es un dispositivo para los trabajos de la memoria, que reaviva el recuerdo sensible, estético, emocional y crea conciencia sobre el teatro perdido.

Tercera observación, ahora desde la problemática de la territorialidad y la Geografía Humana: qué bueno que Catamarca traiga nuevamente a su propia cartografía un dramaturgo, un director, un gremialista, un gestor teatral, un “teatrista” en sentido pleno, nacido en sus tierras. Si bien Justicia Criolla transcurre en Buenos Aires, sin duda encierra una comprensión de la sociedad que Soria fue elaborando en la auto-observación de su experiencia catamarqueña y argentina, y en las tensiones entre el centralismo porteño y la provincia. En términos de gestión cultural, para el pueblo catamarqueño es beneficioso conocer a Soria como una forma de profundizar la relación con su propio territorio. Esto se manifestó ya en algunas reacciones de afecto, cordiales, del público respecto del espectáculo en la función del estreno.

Un cuarto aspecto: por su condición de sainete lírico o zarzuela asainetada, Justicia Criolla reconecta con los orígenes del teatro popular argentino, con los lenguajes de la cultura popular más allá del teatro, que el director Miguel Ángel Rodríguez y el elenco de la Comedia Municipal y del Coro Municipal manejan plenamente. Hay algo de la fuerza colectiva de la teatralidad de Justicia Criolla que la hermana con expresiones como la Fiesta Municipal de la Empanada o la Fiesta Nacional e Internacional del Poncho. Van dirigidas al mismo público. Si en la contemporaneidad el teatro ha devenido minoritario (los espectadores teatrales constituyen una minoría, amplia en realidad, pero minoría al fin, si se la compara con otras producciones como la televisión, las plataformas o el cine), o algunas veces francamente elitista, Justicia Criolla asume el desafío de multiplicar el acontecimiento teatral en más vastos sectores de la población.

Un quinto y último apunte: esta puesta contemporánea estimula la lectura de la pieza original de Soria para observar trazos de reescritura, cambios de/en los personajes, inscripciones recontextualizadoras, anacronismos por alusión a la experiencia catamarqueña actual. Nos vinculamos así con Justicia criolla en su dimensión de clásico. Por un lado, para leer líneas identitarias de “políticas de la diferencia” (vamos a los clásicos no solo para aprovechar su “esencia”, sino también y especialmente para diferenciarnos de ellos). Por otro, para generar “revelaciones” o nuevos sentidos, descubrir un Soria desconocido, el de las nuevas generaciones. Finalmente, para sentir que nuestra aproximación al corazón histórico del clásico es limitada, a la vez posible e imposible, ofrecida y negada. Que el clásico preserva una zona ilegible para nosotros, núcleo radiante de su misterio, por el que debemos esforzarnos en leerlo más atentamente.

Nuestra gratitud a la Municipalidad de Catamarca, su Dirección General de Cultura y su Secretaría de Educación y Cultura, por permitirnos esta experiencia teatral poco frecuente en la cultura actual.

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