miércoles 1 de abril de 2026
Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Siestas artificiales

Rodrigo L. Ovejero

Uno de estos días voy a lograr el objetivo que me fijé al empezar a escribir APMLP y construiré cuidadosamente una columna con el ritmo y la cadencia adecuadas para sumir al lector en una profunda siesta antes de finalizar su lectura. He tenido avances alentadores, dado que me han llegado mensajes de personas que aseguran haberse dormido por espacios breves con mis palabras. Pero si quiero alcanzar a mi viejo ventilador Liliana de dos velocidades –apagado y encendido- todavía me falta mucho camino por andar.

A modo de explicación de ese primer párrafo tan confuso, conviene contar sucintamente de qué se trata el llamado efecto Bucha. Durante la guerra de Vietnam, el ejército estadounidense descubrió una serie de accidentes de helicópteros sin motivo aparente. El estudio de los casos concluyó que la reiteración de patrones lumínicos y auditivos generada por el paso de la luz solar entre las aspas de las hélices, producía en los pilotos mareos, náuseas, convulsiones y otros efectos negativos, como ansias de rociar napalm sobre la población vietnamita. Los helicópteros, al ser aeronaves muy dependientes en el aspecto afectivo, se deprimían ante el desinterés de sus pilotos y se suicidaban para evitarse una existencia amarga y solitaria.

Ese mismo principio se aplicaba a aquel ventilador, incansable batallador de tantos veranos, que por una combinación de la forma psicodélica de sus aspas –el diseño de los sesenta no temía explorar ondas y colores- y el rumor de su motor malherido como el pobre Pinocho, agotado de tantas vueltas, inducía a quienes se encontraban a menos de dos metros a siestas breves y profundas. Intuyo que este electrodoméstico logró producir este efecto de manera accidental, pero existen muchos intentos de replicar el efecto Bucha con fines militares o comerciales, por lo cual no es tan descabellado suponer que detrás de la fabricación de este aparato haya habido neurólogos y demás personal especializado dedicado a crear un ventilador capaz de inducir siestas. En mi opinión, se trataría de una idea millonaria.

Acerca del efecto Bucha y derivaciones similares resulta muy útil leer el libro Los hombres que miraban fijamente a las cabras, de Jon Ronson, una investigación acerca de ramas secretas del ejército estadounidense que estudiaban fenómenos como la psicokinesis o la telepatía. Ese título tan curioso hace alusión a un experimento en el que soldados intentaban detener el corazón de unas cabras con el poder de la mente, y resulta un alivio saber que ninguna cabra fue dañada durante la producción de la adaptación fílmica del libro. Con respecto a las que participaron del experimento real, vaya uno a saber, son animales muy influenciables, como todo el mundo sabe.

Si mis cálculos resultaron correctos, ningún lector debería haber llegado a este párrafo despierto. Una cuidadosa selección de palabras y signos de puntuación debería haber dormido a los más resistentes antes del final del párrafo anterior. Pero es posible que no haya funcionado, la literatura es una ciencia inexacta.

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