A solo 55 días de su asunción, Javier Milei sufrió a manos de la Cámara de Diputados una derrota categórica.
A solo 55 días de su asunción, Javier Milei sufrió a manos de la Cámara de Diputados una derrota categórica...
A solo 55 días de su asunción, Javier Milei sufrió a manos de la Cámara de Diputados una derrota categórica.
Celebren o condenen a quienes hicieron posible la aprobación en general de la llamada “Ley Ómnibus”, las sobreactuadas bullas subrayan lo accesorio para contribuir a disimular lo principal: el programa fundacional libertario, el dogma de Milei, fue sometido a un proceso de amputaciones sucesivas que lo reducen casi a lo testimonial.
Este proceso de desbroce, además, aún no ha concluido.
Los operadores libertarios podrían sufrir nuevos sinsabores en el tratamiento en particular y todavía les quedará por delante el purgatorio del Senado, donde su gravitación es aún más menuda que en la Cámara baja y tienen mayor incidencia los gobernadores, a quienes Milei sumó a su superpoblada galería de enemigos con la reactualización de las tensiones decimonónicas entre el interior y el puerto.
La torpeza política del oficialismo debutante es inaudita.
El propio Milei proporcionó a las oposiciones dialoguista y dura, los mandatarios provinciales, los intendentes y las corporaciones el denominador común para unirse en su contra y condicionarlo: la defensa de los recursos fiscales de las provincias, que en el último tramo de las álgidas discusiones parlamentarias se corporizó en el reclamo para coparticipar el impuesto PAIS, que se aplica sobre la compra de divisas y la gestión libertaria subió del 7,5 al 17,5% apenas se hizo de la lapicera: 133% más.
Es la revancha de la casta, que se lleva el round abierto por Milei el 10 de diciembre, con su discurso inaugural de espaldas al Congreso y dirigido directamente a la exaltada feligresía de la motosierra.
El Presidente eligió tanto el escenario como los términos de la pelea. Sus antagonistas siguieron el principio napoleónico: cuando tu enemigo se equivoque, no lo interrumpas.
Esto explica la tolerancia a los destratos indiscriminados del Presidente, afectado por una fascinación de colegiala por magnates tipo Elon Musk y celebridades del ecosistema virtual.
Legisladores, gobernadores y políticos en general podrán ser, como él dice, chantajistas, delincuentes, ignorantes, ciegos, extorsionadores, pero su atributo principal resultó ser la paciencia. Lo obligaron a entregar jirones de su desmesurado programa para concederle la módica satisfacción de una sanción en general difusa, minada con tramperas.
Milei ha pagado un costo altísimo y el Congreso todavía no le ha otorgado ni siquiera las facultades extraordinarias para afrontar la emergencia que delegó a todos sus predecesores desde 2001.
Es un depredador de su propio capital político, un autófago: se come a sí mismo.
Quizás la egolatría le impide al Presidente advertir que no podrá gobernar si no restaura de algún modo las ruinas del sistema de representación sobre las que se erigió.
Su triunfo es producto del agotamiento de la grieta Kirchner/Macri. La demanda del electorado sobre él es similar a la que no pudo satisfacer Alberto Fernández: enderezar la economía estragada, obvio, pero también liderar la superación de esa fractura.
Quienes sí advierten las sutilezas de la escena son los dialoguistas, que son dialoguistas y no oficialistas u opositores duros no solo porque Milei los rechaza: presienten que una caída prematura del libertario devolverá a Cristina Kirchner y Mauricio Macri al primer plano e interrumpirá la maduración del cambio dictaminado por las urnas.
Milei es el único emergente libertario de un proceso electoral que revalidó y alumbró nuevas figuras. Hay otra generación política que busca proyectarse.
Esto es claro en el universo de los gobernadores. Allí conviven en tensión los que fueron ratificados en sus distritos –como Raúl Jalil-, suplantaron armónicamente a sus referentes -como Martín Llaryora en Córdoba- o desplazaron a los oficialismos provinciales, como Maximiliano Pullaro, Rogelio Frigerio o Ignacio Torres. Otras figuras asoman también en los esquemas partidarios.
Procesar el cambio, interpretarlo, metabolizarlo políticamente, es central para Milei.
El discurso del diputado Miguel Pichetto previo a la sanción en general de la megaley adquiere en este marco carácter revelador. Se trata de una opinión autorizada, pues fue espada eficaz tanto del kirchnerismo como del macrismo y navega en la política y el Parlamento desde los tiempos en que respondía a Carlos Menem. Conviene abstenerse de valoraciones ideológicas: es un profesional que lidera una bancada heterogénea pero determinante en la Cámara baja.
Pichetto consignó dos condiciones que deben cubrirse para que la Argentina comience al menos a revertir su derrotero de fracasos: recuperar la credibilidad perdida y forjar nuevos liderazgos. Es decir: la cuestión principal, a su criterio, no es el volumen del déficit, sino la confianza que pueda generar el sistema político nacional a potenciales inversores.
“A la Argentina nadie le cree. Es un país que ha defaulteado permanentemente, que no es creíble; que todos los temas los dirime el CIADI (Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones). Porque no confían, muchachos. ¿A quién le vas a vender una empresa con la jurisdicción argentina?”, ironizó al referirse al capítulo de las empresas sujetas a privatización.
Pichetto sabe que las habilitaciones concedidas en la Ley Ómnibus son papel mojado si los procedimientos particulares no son sometidos al criterio del Parlamento.
En cuanto al liderazgo, recordó que para Winston Churchill el líder debe “conocer la historia, porque un país es su pasado y su proyección de futuro” y “tiene que tener una mirada de construcción, lograr que la sociedad lo acompañe”.
“No es bueno el camino de la coerción en términos del ejercicio político -advirtió-. La coerción permanente, tratar de doblegar a los otros poderes del Estado, no es buena. Hay que lograr un vínculo de diálogo, de construcción positiva en la sociedad argentina. La sociedad también votó eso: la búsqueda de la unidad nacional, la construcción de un camino común; de cómo el país crece con el aporte de todos, aún desde la mirada diferente que tienen el kirchnerismo y el peronismo”.
Para el Milei de espaldas al Congreso y estancado en una estéril rabia contra la casta.
El que no la ve, en realidad, es Milei. Junto a la crítica a la impericia política libertaria, Pichetto señala también un camino posible.
La rigidez ideológica, que en el caso del Presidente adicto al Twitter es mesianismo fanático, resulta menos inconveniente que perniciosa.
Después de su cierre como titular del bloque Hacemos Coalición Federal, Pichetto dedicó un retruque en este sentido al excanciller de Alberto Fernández, Santiago Cafiero, quien le recriminó su pasado.
“Decía Perón: 'Hay compañeros que no es que sean traidores, sino que tienen sucesivas lealtades'", dijo Cafiero.
"Prefiero la traición a la irrelevancia y a darle la mano a dictadores con las manos ensangrentadas”, respondió Pichetto.
La lealtad, en cualquier caso, no es a una persona, ni siquiera a un partido, sino al electorado que se representa. De modo que sí: puede ser “sucesiva”, cambiante, porque la política es dinámica.
El único pecado mortal de un líder es renunciar a edificar el poder indispensable para llevar adelante la agenda social que su época le asigna, condenarse a la impotencia.
¿No son Perón y el peronismo un ejemplo acabado de ello? Perón, Menem, Kirchner; no Alberto.
También decía Perón: “No pensamos que las doctrinas sean permanentes, porque lo único permanente es la evolución y las doctrinas no son otra cosa que una montura que creamos para cabalgar la evolución. En política, quien no tenga cabeza para prever, tendrá que tener espaldas para aguantar”.
Que Santiago Cafiero se haya salteado la bolilla de pragmatismo peronista, o su abuelo Antonio no se la haya enseñado, es en efecto irrelevante.
Relevante sería, acaso, que la repase el cada vez más aislado Javier Milei.