miércoles 15 de junio de 2022

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Editorial

Retomar estrategias

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13 de junio de 2022 - 01:05

El niño que trabaja para sobrevivir es, tal vez, la imagen más representativa del fracaso del sistema económico, que debería garantizar que todas las personas dispongan de los bienes y los servicios básicos y, de ese modo, los chicos puedan ejercer el derecho de aprender y estudiar. Es que ambos aspectos tienen una estrecha vinculación. Las niñas, los niños y los adolescentes que trabajan difícilmente transiten el trayecto escolar de manera regular. La gran mayoría no egresa del nivel secundario –muchos, incluso, no terminan siquiera los estudios primarios- y los que finalizan el nivel medio mientras desarrollan labores remuneradas para aportar a la olla familiar, son excepciones construidas en base a un esfuerzo formidable que debe destacarse, pero nunca naturalizarse.

Ayer, con motivo de celebrarse el Día Mundial contra el Trabajo Infantil, iniciativa lanzada en 2002 por la Organización Internacional del Trabajo ( OIT) para concientizar sobre la magnitud del problema, se difundieron cifras actualizadas: alrededor de 160 millones de niñas y niños están en situación de trabajo infantil en el mundo, es decir, uno de cada diez. Se calcula que en los países subdesarrollados, uno de cada cuatro.

La cantidad de chicos que trabajan fue disminuyendo desde la década del noventa. Según cifras de la OIT corroboradas por la CEPAL, en América Latina alrededor de 9 millones y medio de niños, niñas y adolescentes dejaron de trabajar en ese período, particularmente en actividades consideradas peligrosas, en América Latina y países caribeños. En el mundo esa cifra fue de casi 90 millones. Según el Observatorio de la Deuda Social de la UCA (Universidad Católica Argentina), en la Argentina una de las medidas que contribuyó decididamente a bajar el número de niños trabajadores fue la implementación de la Asignación Universal por Hijo, que está vigente desde 2009 y que tiene como contraprestación la asistencia a la escuela.

La tendencia, que era a la baja, se estancó entre 2016 y 2020, y la cifra volvió a aumentar con la pandemia y las consiguientes dificultades económicas producidas por el confinamiento y las medidas restrictivas de circulación. La OIT calculó que las niñas, niños y adolescentes que volvieron a trabajar en América Latina y el Caribe en los últimos dos años son aproximadamente 300.000.

Aunque la pandemia aún no ha finalizado, la actividad tiende a normalizarse. Las estrategias que resultaron exitosas durante varias décadas deberían retomarse, con los lógicos ajustes que demanda la nueva realidad, a los fines de que la cantidad de chicos que trabajan vuelva a bajar. El combate contra el trabajo infantil es un esfuerzo imprescindible para restituir un conjunto de derechos de los niños y adolescentes. Por eso, los Estados nacionales deben garantizar las prestaciones sociales indispensables para que puedan estudiar a tiempo completo y no solamente, si pueden, en los breves descansos que otorgan las labores que desempeñan por necesidades económicas.n

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