Argentina es uno de los países más extensos del mundo y también se encuentra, como el resto de las naciones de América Latina, entre los países que tienen un alto porcentaje de su población viviendo en los centros urbanos. Según el último censo, el 93% vive en ciudades, cuando la media mundial es del 54%. En Europa vive en los centros urbanos el 75% de sus habitantes, en los Estados Unidos el 82% y en Latinoamérica el 83%.
En base a esta combinación de país muy extenso y de escasísima población rural, es sencillo inferir que en Argentina existe una notable distorsión demográfica, que se viene profundizando desde hace casi un siglo.
Las zonas rurales con pocos habitantes es un fenómeno que refleja una estructura de propiedad de la tierra altamente concentrada. Hay una peligrosa tendencia, que va a contramano de lo que ocurre en los países más desarrollados, sobre todo en Europa, de desaparición de los pequeños y medianos productores a favor de la configuración de enormes latifundios. Según el último Censo Nacional Agropecuario, por ejemplo, el 1 por ciento de las explotaciones posee el 36 por ciento de la tierra.
Como en cualquier sector de la economía, la concentración de la producción en pocas manos es mala para la autorregulación del mercado. Si un puñado de empresas hegemonizan la producción de alimentos la sustentabilidad de la producción agropecuaria se pone en riesgo, pero además la fijación de precios al consumidor final es mucha más fácil de manipular para maximizar rentabilidad, elevando los precios y perjudicando al ciudadano común.
Esta estructura explica, por caso, que en la última campaña se hayan sembrado 13 millones de hectáreas de soja, que se exporta casi en su totalidad, y apenas 600.000 hectáreas de frutas y hortalizas que se consumen en el mercado interno.
Si el censo de 2018 se compara con el realizado en 1988, se constata que en tres décadas el 41,5 por ciento de las explotaciones agrarias estuvo dedicado a la producción de alimentos para el consumo local.
Desde hace muchos años el pequeño y mediano productor tiene muchas dificultades para sostenerse en el modelo productivo, con insuficientes incentivos. Esta realidad se ha vuelto mucho más compleja desde diciembre del año pasado. El resultado casi inevitable es que este sector de la producción termina vendiendo su emprendimiento o alquilando sus tierras, favoreciendo de esa manera la concentración de la tierra –y por ende de la producción- en pocas manos. El fenómeno también se advierte con nitidez en Catamarca.
Es preciso, para restaurar cierto equilibrio y equidad tanto desde el punto de vista demográfico como desde el estrictamente productivo, la generación de políticas estatales que tiendan a promocionar nuevamente a las pequeñas y medianas unidades productivas a través de una batería de medidas de acceso al crédito y de acompañamiento en materia de comercialización.