“Primero el taco y después la punta”, “primero el taco y después la punta”, decía imperativo sin gritar el instructor de clarinete de la banda de música escolar. Tenía una nube en el ojo derecho que se alargaba en una mancha con la forma de una hoja de parra tenue sobre ese costado de la cara que de a ratos confundía: le daba un aire de hombre bueno. La otra faz de la cara era severa. Nosotros, los de la banda, íbamos adelante del pelotón de niños uniformados. Yo debía mantener un do largo todo el tiempo, porque apenas sabía sacar un sonido de aquel instrumento negro con boquilla de caña.
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Primero el taco y después la punta
Enrique Traverso
El cura director tenía el pelo renegrido; usaba sandalias que siempre lucían como nuevas y una sotana con una cuerda más larga de lo normal que la sostenía. Había adoptado una costumbre bastante patética, plagio redondo tal vez tomado de las escuelas españolas de los años 20, cuando Primo de Rivera, que abogaba por el monolingüismo de un español puro y la férrea unión de la educación a la religión (con ascetismo sexual), pedía para los niños un modelo militar prusiano. El cura gustaba de tocar largamente el timbre que había reemplazado a la campana y todos los niños debían quedarse en sus lugares petrificados, mientras él pasaba mirándolo todo como si el patio escolar fuera el patio de armas de un liceo militar. Si veía algo que no le cuadraba o la propia tentación a la risa de la changada por tan ridícula situación, ordenaba a los reos pasar a la dirección. Allí se impartían retos, mordidos insultos, bajo una imagen de Esquiú con los ojos cerrados en una foto enorme y altiva. No pocas veces desenroscaba el cordel que ajustaba su sotana para darles a los más osados en cualquier parte de su humanidad.
El 9 de julio de 1976 habían clausurado la sanguchería contigua a la catedral, un antológico lugar donde se preparaban sánguches de pretendida categoría. El gobernador Carlucci, que usaba unos lentes inmensos parecidos a los de Mimicha, la mujer del Lole Reuteman, pero negros, había entrado personalmente con uno de sus edecanes, metralla en mano, a clausurar el local porque había comido por tercera vez en el mismo mes un especial de miga, pero con paleta en vez de jamón cocido, como ofrecía la carta.
“Primero el taco, después la punta; ¡vamos, mariquitas!”, espetaba el instructor de clarinete y sargento del ejército al pelotón de niños que conformábamos la banda de música. A los costados de las calles la gente se agolpaba. La catedral tocaba sus campanas anunciando el tedeum. Nosotros reprimíamos los bostezos y nos entregábamos a un sonsonete inexplicable. Do, do, do… era lo único que yo escuchaba decir a mi clarinete. La palabra patria era la palabra del momento.
El Toto Lorenzo, DT de Boca, daba que hablar: “Si quieren chiches vayan a buscarlos a la juguetería”. Era el dueño del antifútbol, deslizó el flaco Menotti en un reportaje que le hicieron en Madrid a diez años de haber ganado el mundial. Suñé le clavó un gol de tiro libre a River y Boca festejó.
Al otro día el gobernador, que tenía serios problemas con el jefe de policía y con el capo del ejército, echó a José el enano, mi amigo. Entró gritando a la casa de gobierno: “Esto se parece a cualquier cosa”. Su narigueta roja era del vino fino tinto -como se denominaba entonces- que había tomado con unos canapés que le había traído la Presidenta del Concejo de Educación. Y se la agarró con el gordo pie plano, como le gustaba llamar a Manuel, el mozo remolón de mayor antigüedad en casa de gobierno. Atrás venía José a paso corto con un hielo que no entraba en la copa ancha del gobernador. “Fuera todos”, gritó el baboso. El enano se quedó mirándolo con la manito izquierda acomodada apenas en el bolsillo de la pequeña chaquetilla blanca. Y ahí fue cuando le largó: “¡Los enanos al circo!”. José caminó diez metros yéndose y se dio vuelta para responderle: “Y los cuchis al chiquero”.
Las risas se elevaron por las escalinatas, los pasillos y hasta el cuadro enorme de Avellaneda y Tula pareció hacer una mueca, festejando la insolencia del pequeño mozo.