domingo 7 de agosto de 2022

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Cara y Cruz

Polémicas inconducentes

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25 de junio de 2022 - 01:10

Como si faltaran asuntos por los que preocuparse, la política se tensa con provocaciones sobre el lenguaje inclusivo. Es la tragedia suiza: el aburrimiento cósmico provocado por la ausencia de problemas se torna insoportable y el espíritu humano, inclaudicable, descubre y acomete nuevos desafíos.

En este caso, el alcalde de la Ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, creyó conveniente prohibir el uso del lenguaje inclusivo en las escuelas de su distrito tanto a los docentes como a los alumnos, que no es hombre de medias tintas. Semejante intento de refrenar el avance del novedoso dialecto detonó una ardorosa disputa con los defensores de la heterodoxia idiomática que incluyó al gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, quien convocó a los alumnos a rebelarse y utilizar el inclusivo, ya que quien se cree que es la Real Academia Española –y Rodríguez Larreta- para venir con imposiciones.

Junto con la Real Academia, tiembla Occidente. Mientras, alumnos, docentes y público en general hablan y escriben como se les antoja, si bien los diagnósticos educativos indican que la mayoría de los adolescentes salen de la secundaria con dificultades para comprender un texto de complejidad elemental, cualquiera sea el lenguaje en el que esté escrito.

A esta altura de la historia, tanto los Rodríguez Larreta como los inclusivistas idiomáticos deberían haber advertido la imposibilidad de regular el uso del lenguaje. La gente adopta palabras y giros antes que nada por su eficacia comunicativa, y en general la Real Academia Española termina incorporándolos a su acervo.

Por poner un ejemplo, el instituto hispano se resistió a aceptar el uso del delicioso verbo “cosaquiar” que se utilizaba en Catamarca para aludir al no hacer nada de importancia, y el término terminó cayendo en el desuso no porque molestara a los catedráticos, ni porque se prohibiera, sino porque la misma gente que lo empleaba dejó de hacerlo por misteriosas razones. En el sentido contrario, ahí está “choclo”, que viene del quechua y se sigue prefiriendo acá a la castiza “mazorca”.

Es decir: el proceso es exactamente inverso al que proponen quienes pretenden imponer el lenguaje inclusivo y quienes lo combaten. Una discusión estéril.

El inclusivo es, en rigor, una táctica de la militancia de género para visibilizarse, que ancla en el carácter performativo del lenguaje. Al utilizarse el género masculino para denominar a todos en las generalizaciones, argumentan sus promotores, se contribuye a afianzar el patriarcado. Viene funcionando como una especie de jerga para diferenciarse, en oposición al lenguaje usual. No es probable que vaya a adoptarse por imposición, y en cualquier caso no parece demasiado grave ni ofensivo si se tiene en cuenta la cantidad de anglicismos que se utilizan con naturalidad sin que a los puristas, y menos a Rodríguez Larreta, se les mueva un pelo.

El jefe de Gobierno porteño sabe esto, pero debe haber tomado la disposición de prohibirlo para congraciarse con sectores que se inquietan por las deformaciones semánticas con énfasis inversamente proporcional al que aplican a cuestiones más serias. Con idéntica demagogia y energía, otros sectores se empeñan en exhibir su adhesión al inclusivo para tratar de arrimar a sus clientelas a quienes lo consideran adecuado.

Como se ve, lo que se impone es una hipocresía cuya superficialidad, en definitiva, desnuda la mediocridad imperante. En un país tramado por la debacle educativa y social, que la dirigencia se enrede en tamañas estupideces no hace más que acrecentar la decepción y la desesperanza.

La sociedad no está interesada en que le indiquen cómo hablar o escribir. Tiene otras urgencias cuyo abordaje se dilata, mientras sus representantes gastan tiempo en banalidades para tratar de ganar porciones de taquilla. Y sustraer de la atención su incompetencia.n

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indagatoria. se realizó ayer a la mañana en fiscalía penal.

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