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Cara y Cruz

Pichetto, en el clavo

3 de febrero de 2024 - 01:55

El diputado Miguel Pichetto consignó dos construcciones indispensables para enderezar el incierto rumbo argentino: credibilidad y liderazgos.

Fue en su discurso previo a la aprobación en general de la jibarizada Ley Ómnibus, que respaldó sin mezquinar críticas al disparatado modo en que los operadores del Gobierno nacional la gestionaron.

“A la Argentina nadie le cree. Es un país que ha defaulteado permanentemente, que no es creíble; que todos los temas los dirime el CIADI (Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones), muchachos, porque no confían. ¿A quién le vas a vender una empresa con la jurisdicción argentina?”, advirtió al referirse a las privatizaciones, que a su criterio requerirán de leyes especiales y una evaluación particular de cada caso, independientemente de lo que termine diciendo la desguazada megaley, que todavía debe votarse en particular y pasar por el Senado.

Recuperar la credibilidad perdida como activo argentino requiere, según Pichetto, liderazgo.

Si la desconfianza hacia el país puede atribuirse a la acumulación de fallas de las gestiones que se sucedieron desde 2001 –él fue espada parlamentaria tanto del kirchnerismo como del macrismo-, la referencia al déficit de liderazgo fue un dardo dirigido específicamente a Javier Milei.

Pichetto recordó la respuesta de Winston Churchill a una pregunta sobre los atributos que debía reunir un líder.

“Tiene que conocer la historia. Los países son el pasado y la proyección de futuro. El líder tiene que tener una mirada de construcción, lograr que la sociedad lo acompañe”, respondió el británico, que venía de perder las elecciones pese a haber ganado la guerra. “No es bueno el camino de la coerción en términos del ejercicio político -señaló Pichetto-. La coerción permanente, tratar de doblegar a los otros poderes del Estado, no es bueno”.

Imposible no remitirse a la imagen de Milei asumiendo de espaldas al Congreso y a sus sistemáticos ataques a legisladores, gobernadores y cualquiera que disienta con sus extremos pareceres.

“Hay que lograr un vínculo de diálogo, de construcción positiva en la sociedad argentina. La sociedad también votó eso: la búsqueda de la unidad nacional, la construcción de un camino común; de cómo el país crece con el aporte de todos, aún desde la mirada diferente que tienen el kirchnerismo y el peronismo”, consideró Pichetto.

Como síntesis para el aprendizaje no está mal. El traumático derrotero de la Ley Ómnibus obedece a la concepción fundamentalista y mesiánica de Milei y su círculo íntimo, refractaria a cualquier acuerdo por considerarlo una traición a sus dogmas.

Pichetto recordó que todos los presidentes desde la crisis de 2001 gobernaron con leyes de emergencia, facultades delegadas y abuso de los decretos de necesidad y urgencia. Pero, contra los insufribles mamotretos de la Ley Ómnibus y el DNU 70, se retrotrajo a la Emergencia inaugural concedida a Eduardo Duhalde en enero de 2002: tenía solo 22 artículos y con eso alcanzó para salir, no sin dolor, del régimen de Convertibilidad que Fernando de la Rúa había sido incapaz de romper. Y sentar las bases para el ciclo próspero que, incremento del precio de los “commodities” nacionales mediante, con dólares entrando al Banco Central a rolete, aprovechó Néstor Kirchner para fundar su movimiento epónimo.

La restauración de un ecosistema político sensato, estable, es condición necesaria para que la Argentina recobre credibilidad, porque al fiado nadie se corta… mientras haya fiadores.

Esta meta demanda líderes, no predicadores del twitter. La Ley Ómnibus es un fracaso de la Casa Rosada, una derrota. ¿Será capaz Milei de extraer de ella algo positivo?

Su destino se cifra en ese desafío.

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