miércoles 1 de abril de 2026
Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Oportunidades perdidas

He cometido el peor de los pecados: no he sido detective privado. Y eso que no me faltaron oportunidades, en mi niñez y adolescencia solía leer las historietas de Patoruzú y de sus personajes relacionados, y en muchas de ellas se promocionaban cursos a distancia para aprender los rudimentos de la investigación privada. Estaban avalados por una institución que yo no conocía, pero sonaba prestigiosa. Nunca me animé a anotarme, y en retrospectiva pienso que debí haberlo hecho, pues he perdido dinero en formas mucho menos edificantes.

Pensé en esto porque estos días estoy leyendo una recopilación de todos los relatos cortos del señor -nos ponemos de pie- Raymond Chandler. En la novela de detectives suele haber dos grupos: las que presentan un argumento de precisión matemática que pudo haber sido descubierto por el lector si aplicó los conocimientos y la deducción lógica necesarios, y las que se preocupan más por el clima, la emoción, las agallas del lector antes que el cerebro. En el primer grupo encontramos las historias de Sherlock Holmes, escritas por Arthur Conan Doyle o Miss Marple, de Agatha Christie, y en el segundo las de Sam Spade, a cargo de Dashiel Hammett o las de Phillip Marlowe, cuyo autor es -nos ponemos de pie- Raymond Chandler. Yo siempre fui más aficionado al segundo grupo.

Muchos años después de haber visto estos anuncios, me queda la intriga de si alguna vez un niño con más iniciativa, tiempo libre o recursos económicos que yo se anotó en alguno de estos cursos. Quizás hay por ahí un adulto desencantado de la vida, bebedor empedernido de whisky, con una oficina maltrecha en algún edificio descascarado que se gana la vida descubriendo infidelidades y que de vez en cuando, por obra y gracia de la gran trama universal, se ve enredado en algún crimen sórdido, incluyendo un amorío fugaz con la sospechosa de aquél. Claro que en sus días desafortunados lo desmayan de un golpe en la cabeza, y todo eso empezó por el acto inocente de abrir una revista de historietas. La literatura te lleva a lugares inesperados.

Los cursos de detectives no eran los únicos que había, aunque sí los más interesantes, los demás eran más mundanos, más efectivos para ganarse la vida, pero con la desventaja de que pocas veces le piden a un dactilógrafo o a un modisto una actividad que lo involucre en persecuciones, tiroteos y devaneos con femmes fatales. Además, no estoy seguro de que todas esas disciplinas pudieran enseñarse con solvencia mediante cursos a distancia. Hubo anuncios, por ejemplo, que promocionaban un curso de natación por correo, a practicar en el propio domicilio, sin el requerimiento elitista de contar con una piscina. Todo terminó en un escándalo cuando numerosos alumnos perdieron la vida, en ocasión del examen final, coincidiendo con la primera oportunidad en la que sumergían sus cuerpos en una pileta, llenos de una confianza adquirida mediante correspondencia, ahogados en un mar de realidad.

Por: Rodrigo L. Ovejero

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