Envuelto en las claridades, Juan Oscar Ponferrada (1907 -1990) templa su voz para nombrar a ese Valle de Luz que lo ha signado con el don de la vida y la palabra. Como un juglar errante y nostalgioso, abre el libro diciendo: “Canto a mi tierra que hoy he recordado/ áspera y tierna como la rugosa/mano del labrador enamorado./ Tierra pobre a la vez que generosa/ campo del sol y de las manos/del cardo solo y de la viva rosa”…Y agrega: “Desde los horizontes más lejanos/ me llega su recuerdo caudaloso/ como un fuerte regusto de veranos”.
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Nostalgias y claridades
Hilda Angélica García
En este punto el poeta se asoma con sus versos a un balcón amplio y luminoso para cantar la epopeya de su Catamarca natal, a la que debe el germen de su lírica fecundidad y se extiende en una serie de evocaciones. Incursiona en el espacio-tierra, aire- hermanado con el tiempo, para narrar la historia de ese Valle de Luz donde se asienta la respiración de su alma, el fulgor de su mirada y la exaltación de sus sentidos. En esta obra Ponferrada muestra un talento poético de especial alcance sensorial y juega con las cualidades sensibles de las cosas: color, olor, sabor, tacto. En el espacio ubica la geografía de su infancia y en el aire va dejando el oro, el signo de la luz viajando en el recuerdo: “Claridad de verte en sueños/y espejos de recordarte/ sacan de mi alma tu nombre/ para lucirlo en el aire”.
El poeta siente la plena conciencia del alejamiento físico de su lugar de origen y traza un trayecto lírico para acercarse. Muestra al hombre y al artista expresado unívoco en su creación. Transige con la luz y exalta su maravilla: “La luz en tu nombre viene/ cada día a despertarme” dice, y más adelante: “Hay una luz que me alumbra/ para ir sin equivocarme:/ la lámpara de Aladino/ que se me enciende al nombrarte”.
Es la luz que gravita en todo el poemario como una línea ascendente, configurando un hilo conductor que se cuenta en romances, una saga de sucesos y milagros, de certezas y memorias donde la luz teje sus hilados de palabras y recuerdos. De allí el nombre, el título de la obra, Valle de Luz, en la que vibra la gracia de la existencia y el puro sol catamarqueño en la inocencia creadora. En este valle están: “La niñez, ya tan lejana/ la juventud, tan distante”.
“Valle de Luz” fue publicado en 1980 por Ediciones Arumán, fue el preferido del autor junto a “Loor de Nuestra Señora” y está dedicado a San Fernando del Valle de Catamarca.
En este libro de ritmo octosilábico, el poeta cuenta y canta con palabra gozosa el tiempo aquel que fue de la alegría en su terruño, tiende lo que lleva de niño en la memoria y lo que aprendiera en las claridades de aquel valle. Al pronunciar CATAMARCA, dice: “Nombre de aire acompasado,/ nombre de cuatro compases:/ con él me voy conversando/ como si fuera con alguien”.
El libro se abre con un “Pórtico” de evocaciones y razones que dan sentido al canto, a la exaltación de esa “tierra pobre a la vez que generosa”, tal la define el poeta, de su lírica celebratoria. Luego, un estadio titulado “Romance de San Fernando del Valle de Catamarca” contiene la historia de la ciudad, presentada en los siguientes poemas: “El nombre” y “Las fundaciones”, que abarca: “Atención pido al silencio”, “De los sitios en que estuvo”, “De los nombres que le dieron”, “De las guerras calchaquíes”, “Aparece el Inca Hualpa”, “Los indios son extrañados”, “De la Virgen protectora”, “De la última fundación” y “Así se la ve por fin”.
“Las fundaciones”, como se advierte, es una sucesión de relatos con una protagonista excluyente: Catamarca, “la de los tiempos de ñaupa”. Ponferrada cuenta con la memoria y el corazón, en tono coloquial, las circunstancias que determinaron el origen y el destino de este valle. A la manera de Hernández en el “Martín Fierro”, en “Atención le pido al silencio” expone las razones de su canto: “contaré lo que otros cuentan/ cantaré lo que otros cantan,/…/ pues mi voz no es más que el eco/ de otras voces y alabanzas”.
Luego habla “De los sitios en que estuvo” la ciudad, justificando su errancia en los avatares de la guerra y con holgura explica que no lo hizo de “pura paseandera”. Se detiene también el poeta a contar las mudanzas del nombre de este Valle de Luz, nominado acorde a los espacios que ocupara la ciudad en la historia y en lugares, allá en la transparencia, aquí en la claridad y en la intensidad con que signarán los sucesos. Habla “De las guerras calchaquíes”, menta a los guerreros: “Chelemín, Luis de Cabrera,/Chumbicha, Julián Sedeño;/Juan Calchaquí, Villacorta,/ Bohorquez, el Inca supuesto/ y un Ramírez de Contreras/ a quien tenían por tuerto/ porque contando los indios/ mitad contaba de menos”.
Estos toques de humor agilizan los relatos en los que Ponferrada refiere faenas airosas, torpes sufrimientos, refriegas impiadosas entre indios y españoles, que parecen sosegarse hasta que -veinte años después- “Aparece el indio Hualpa”, que no es otro que Bohorquez el embaucador, cuya pena de muerte se avecina.
En “Los indios son extrañados”, el poeta transfiere su nostalgia infinita por los azules perennes que en el tiempo rodaron tras su alejamiento de la tierra que lo viera nacer y se identifica con los nativos que fueran desterrados no solo de este suelo sino también de la vida. Luego cuenta la historia “De la Virgen protectora”, finalizando la primera parte del libro hablando “De la última fundación”.
En las materias de la vida y de la historia se aposenta el grupo de poemas de la segunda parte de “Valle de Luz”, bajo el título “Otros cantos del lugar”. Entrega “Florecilla del Padre Esquiú”, “Glosa de don Juan Alfonso, “Romance de tierra y viento”, “Carta sobre la tierra”, “Ex -voto”, “De las luchas federales”, “Glosa a la muerte de Cubas” y “Caso de la acequia roja”. Hechos y personajes transitan estos versos, donde Juan Oscar Ponferrada recurre a la lucidez del tiempo para presentarlos junto al viento catamarqueño que desparrama sus esencias y describe el paisaje, el límite y las formas de las zonas que evoca: “La voz se alejó girando/ en remolinos desiertos/ Todo quedó en las quebradas/ como un lago de silencio”.
En este libro, que es uno de los últimos que escribiera, Ponferrada exalta ese Valle de Luz donde el sol resumía sus mayores encantos, el silencio era diáfano, los espacios azules y el viento agitaba la claridad en aromas y fulgores.
En este canto de adioses y recuerdos, Catamarca es un sueño que habita en la nostalgia: “Adiós, empañada ausencia./ Adiós olvido y pesares./ “Las sombras ya se marcharon/ y un nombre vino a buscarme/ Con él en los labios salgo/ como si una flor llevase/ para envidia de los ricos/ que de estas cosas no saben”.