miércoles 1 de abril de 2026
Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Mensaje

Por Rodrigo L. Ovejero

Algunas veces el universo tiene una forma misteriosa de decirnos que nos tiene en cuenta, que a pesar de nuestra pequeñez es consciente de nuestra existencia y sus vicisitudes. En la mayoría de esas oportunidades, de todos modos, no logramos captar el mensaje, pues este resulta ser demasiado críptico. No podía ser de otra manera, si llegara a nuestras manos una nota con instrucciones precisas firmada por “Tu amigo, el universo” la situación sería ciertamente sospechosa.

Días atrás me encontraba saltando olas en el mar, una actividad que no por repetida deja de ser interesante, pese a que el Comité Olímpico se resista a incluirla en los Juegos Olímpicos, en detrimento de todos aquellos hombres de mediana edad que vemos con resignación como otros deportes como el surf o la navegación a vela gozan de la oportunidad de otorgar medallas de oro. Para el momento en que ocurrió lo que voy a contarle al lector, yo llevaba setecientas veintitrés olas saltadas y me encaminaba a un récord mundial. Sin embargo, una visión capturó mi atención y tuve que dejar de saltar de inmediato. Algunos metros más adelante, un objeto pequeño, cilíndrico y oscuro se mecía al vaivén de las olas.

Mi carácter naturalmente romántico se ilusionó con el hallazgo de una botella en el mar, con un mensaje adentro. Mientras me acercaba no dejaba de imaginar que algún amante melancólico había escrito sus últimas palabras y las había encerrado allí para que, miles de días y mareas después, yo las encontrara y tuviera la responsabilidad de hacer llegar sus intenciones a alguna mujer que, a cientos, quizás miles de kilómetros, miraba todas las mañanas la inmensidad del mar con una llama pequeña de esperanza (muy pequeña, la clase de llama que queda cuando dejamos la esperanza en piloto).

Sin embargo, cuando por fin tuve el objeto al alcance de la mano, comprobé desalentado que no se trataba de una botella, sino de algo mucho más mundano y pragmático. Se trataba de una lata de aceite lubricante. La tomé de todas maneras, no está en mi espíritu rechazar un regalo del mar ni dejar basura en él. Además, tenía por lo menos la mitad, no estaba vacía. La llevé conmigo al departamento, la dejé en un estante y por los siguientes dos días reflexioné acerca de la conveniencia de traerla de regreso a Catamarca. Al final, movido por lo insondable de los caminos del cosmos, la guardé en mi bolso.

Días después, al momento de poner pie nuevamente en mi casa, comencé a comprobar que algunas puertas y ventanas habían sufrido la corrosión del viento y la tierra catamarqueños, agravados por la falta de apertura. Pero pude solucionarlo rápidamente, solo tuve que buscar en mi bolso. El universo me había generado un problema, y también me lo había solucionado, como a Tom Hanks en Náufrago, pero a una escala más modesta, claro.

Seguí leyendo

Te Puede Interesar