sábado 1 de junio de 2024
Escritores catamarqueños por autores catamarqueños

María Amalia Zamora, el eco de las sierras

Rodolfo Lobo Molas

No puedo menos que agradecer, al comenzar esta recensión, la preciada invitación de Hilda Angélica García a participar de este ciclo de recordación de los más eminentes literatos de nuestra provincia de Catamarca. Y al darme la libertad de elegir sobre quién hacerlo, he optado con alegría por la figura de María Amalia Zamora, mujer de Las Sierras, como se denomina popularmente a quienes proceden de las hoy llamadas simplemente Sierras de El Alto-Ancasti. Y ella viene, específicamente, de la Villa El Alto, cabecera del departamento homónimo.

Podemos decir que desde sus orígenes El Alto ha dado prominentes ciudadanos de la vida de nuestra provincia. Y entre tantas personalidades de fuste, surge descollante la figura de María Amalia Zamora, considerada la “Primera Poetisa dentro de la historia literaria de Catamarca” (cfr Catamarca, Antología de las letras, 1890-1990, Monayar, Moreno, Calás, Unca, 1999).

Yo la llamo Poeta, porque siento que así sublimo su nombre y su obra. Yo la llamo Poeta por su magnificencia.

Había nacido en la Villa El Alto en 1899, hija de Manuel Zamora y Nieves Gómez, hizo sus primeros estudios en la Escuela de la Villa, donde después también ejerció la docencia en el nivel primario.

Nací en “El Alto”/ Rincón maravilloso/ ¡Mi Universo!/ Él, es de Catamarca/ Ciudad de la Virgen del Valle,

……………………………………

¿Mis primeros estudios?/ En el “Huerto”, un colegio exclusivista/ En épocas aún no muy lejanas;/ Luego la Escuela “Clara J. Armstrong”/ Me otorgó el diploma de maestra normal.

(Fragmento de Mi ciudad y yo [Currículum])

En ese poema también nos dice que “en mi vagabundear de sueños / llegué hasta Tucumán...”. Allí residió muchos años, donde obtuvo el título de Profesora de Filosofía y Letras en la Universidad Nacional de la vecina provincia. Y ejerció la docencia en escuelas públicas y privadas.

Pero en su alma llevó siempre, por los diversos caminos recorridos, el amor por su suelo catamarcano, el amor a su patria chica, a la que le cantó siempre y de la que siempre estuvo orgullosa de pertenecer. En ella respiró el aire por primera vez y en ella cerró sus ojos para siempre: El Alto, el departamento de sus amores.

María Amalia publicó los libros de poesía El eco rusticano, en 1927, El silencio de los campos en 1964 y El mundo de mis sueños, en 1989. También escribió un libro con relatos y cuentos para niños que tituló Nicanor. Y en cada uno de ellos fue reflejando su vida, sus sentires, sus alegrías y sus tristezas, ora en el amado suelo de su Catamarca natal, ora en su querida provincia de Tucumán donde desarrolló una importante labor cultural y artística.

Sorprendió a los círculos literarios de la década de 1920 y fue acogida con gran interés la aparición de su libro de poemas El Eco Rusticano, reafirmando la consideración que había comenzado a tener nuestra poeta. Un libro de apariencia sencilla, pero de una enorme profundidad poética, escrito nada más y nada menos que por esa joven de apenas 28 años, del interior del país, de una región bastante olvidada como era Catamarca y aún más: del interior profundo de esta provincia, que ya brillaba en el universo de la literatura argentina.

Una obra lírica que es un canto de sus vivencias, de sus observaciones del paisaje, de su propio mundo interior, un eco que se esparce por todo el país para contar de esta tierra casi ignota, pero de una belleza sin igual, que llega a lo más profundo de los corazones sensibles.

Dice en La oración, poema de su primer libro:

Con su grandeza emocionante y muda/ la tarde en la montaña ya declina/ y en la pendiente desmirriada y ruda/ hay una sombra incierta que camina.

Un toque de oración suena a lo lejos/ como un pausado llanto cristalino/ y se mueren los últimos reflejos/ y naufraga la curva del camino.

El toque de oración repite el eco/ como un consejo o máxima latina/ y en el ambiente enrarecido y seco/ flota la paz de la hora vespertina.

Pero también María Amalia habla de amor, como no podía ser de otra manera en una artista de su sensibilidad. Lo leemos en este segundo poema del díptico

Canción del olvido:

Se ha agrandado la llama/ lo llamé, no me ha oído…/ se apagará la llama/ y nunca habrá venido!...

Me cuentan quienes la conocieron que era una mujer amable y suave, que contrastaba con la rusticana vida de ese pueblo de montaña que se esforzaba por salir adelante. Menuda y delicada caminaba las calles de la Villa con una clara sonrisa. Pero no era ajena a tristezas e inquietudes.

Meditación:

La hierba quieta y la montaña obscura/ El alma silenciosa, gris la tarde/ Como pequeña flor sobre la hondura/ Me voy tornando sin saber cobarde.

Tengo miedo al misterio de la vida:/ Cada oración me deja meditando/ Cada duda me deja como herida/ Y voy por los senderos preguntando…

Era una mujer llena de vida. Le complacía compartir con sus amistades reuniones sociales, culturales y le agradaba asistir a los bailes de la época en su humilde aldea. Por eso la alegría no está ausente en sus poemas, como este fragmento de Himno a la alegría:

¡Oh, dulce manantial de mi alegría!/ Llévote dentro de mi alma/ Como otros el dolor.

O cuando dedicado a su “hermanito Charles”, dice en Alegría nueva:

Sobre el alegre azul de esta mañana/ Es una nueva gloria el alma mía;/ Rayos de mil soles filtran mi ventana/ La ventana agreste de la casa umbría.

Y este extenso primer libro culmina con su poema que le da nombre, El eco rusticano:

La soledad salvaje de los montes/ Me atrae. En su seno cordial/ Hállome grata; canta el agua/ Y el agua me suena de cristal./ Canto/ Y en fila las montañas/ Hacen coro a mi canto./ Ríen, río;/ Rezo, rezan;/ Lloro, y el paisaje se inunda de tristeza./ Y es esto:/ Somos un mismo coro, / Somos un mismo canto/ Por eso;/ O, ellas lloran conmigo/ O, hacen coro a mi canto.

En el silencio de los campos (1964), “en la misma línea temática que su libro anterior, vemos una acentuada madurez”, comenta el Dr. Alfonso de la Vega.

Siempre en la línea de pintar el paisaje alteño con sus versos, dice en el poema Desde la cumbre:

Límpidamente azul es la mañana/ y el sol, hoy como nunca está festivo,/ pasa una brisa fresca olor a primavera/ y es como ala ligera mi vestido…/ desde esta cumbre azul abarco el cielo/ y me torno tan leve, que soy casi intangible.

Su poesía es eufónica y hasta diría impresionista por sus iconografías: quien la lee oye el canto de los pájaros, mientras en sus retinas se repiten como espejos las imágenes de aquellas montañas alteñas.

El Prof. Juan Bautista Zalazar dice que “la poesía de María Amalia Zamora es eglógica”. Y pienso que no sólo porque hace referencia a la vida campestre, sino por la forma en que adorna, pule, idealiza con sus palabras lo que evoca en sus poemas, con gran sustento en su vida de campo, en ese contacto permanente que tuvo con la naturaleza serrana, sus montañas, sus ríos, su flora, su fauna y la observación de un cielo siempre límpido con noches tan transparentes que las estrellas parecen estar al alcance de la mano. Así, todo ello cobra vida y recuerdo en la poesía de Zamora.

En el prólogo de su último libro, El mundo de mis sueños (1989) recuerda el prologuista Dr. Alfonso de la Vega que cuando presentó El Eco Rusticano, en 1927 “fue una verdadera revelación de poeta. La crítica responsable la recibió con elogios, entre ellos La Nación de Buenos Aires, Juana de Ibarbourou, la eximia poeta uruguaya, y el comprovinciano Carlos B. Quiroga”.

Este nuevo libro ha causado también gran beneplácito en los círculos literarios.

No nos conocimos personalmente, pero sabíamos el uno de la existencia del otro. A pesar de mis permanentes viajes y mis lazos familiares con el departamento El Alto, jamás nos encontramos. Sin embargo, un día de un lejano verano me envió de regalo su último libro: El mundo de mis sueños. Un tesoro que guardo con particular devoción.

Como revelé en otro párrafo, María Amalia Zamora vivió en Tucumán, donde, además de sus estudios y docencia, formó parte del Círculo de Escritores de Tucumán, era asidua concurrente al Centro de Residentes Catamarqueños y fue miembro de la Sociedad Argentina de Escritores, filial Catamarca. Era dable entonces colegir que también le escribiría a esa tierra que la había cobijado con tanto amor. Y así dejó cristalizado entre las páginas de ese último libro, El mundo de mis sueños, un poema para ella.

Tucumán:

¡Tucumán, ciudad de ensueños!/ El que te vio por vez primera/ con tus cerros azules uniendo/ el horizonte con el cielo/ incendiado de soles; y ahora,/ confundido con el oro otoñal/ de los lapachos que no admiten/ rival en primavera, dirá:/ “Viajero de mil mundos, yo no he visto/ nada que se iguale a la hermosura/ de esta tierra”. Aquí, jardines/ y jardines matizados de flores y perfumes/ allá un manto verde oscuro/ ondulado de viento, tus cañaverales,/ absortos, en incasable afán/ elaborando miel: río y lagos/ espejos alucinantes retratando/ las nubes: naranjos con su fruta/ en sazón decorando las calles y veredas,/ policromías de visiones bellas/ así es mi Tucumán!

Dice la Lic. Dora Lobo de Guaraz que “su lírica tradicional está ubicada en la generación del 20, pero también cultivó una línea lírica actual por el manejo del verso libre”.

En éste, su último libro, nos entrega poemas con un estilo más profundo, más intimista, propio de la experiencia y el paso de los años. “Indagó y buscó respuestas en sí misma y en la realidad que la rodeaba”, destaca la Dra. Amalia Gramajo de Martínez Moreno.

Despliega en algunas de sus poesías ese estilo melancólico y romántico como aquel que caracterizó la obra del cubano José Ángel Buesa, pero con un claro aire catamarcano con sus tristezas y sus sentencias.

Como en este poema de su libro El mundo de mis sueños, Ofrenda tardía:

Un vasto espacio como mar nos separa;/ ríos infranqueables y caminos tortuosos/ horizontes sin fin todos brumosos/ y este silencio que jamás soñara./ Con sed de amor, busco los horizontes/ y busco los paisajes que hacia ti se aproximan,/ y el cielo y el abismo, la llanura y el monte/ hermanados en mi búsqueda/ hacia ti se encaminan…/ Y llegará un día quizás no muy lejano/ en que verás aquello que nadie pudo ver:/ mi tormento, mi duda, mi dolor y mi sueño…/ y el alma esta que llevo oculta aquí en la mano,/ y que miedosa y triste,/ cobarde con mi ensueño,/ siendo toda tan tuya/ no me atreví a ofrecer.

Y en el último poema del libro, con esa especie de dudas, de cuestionamientos que se hacen en la edad madura, en una suerte de examen de conciencia, nos dice en Hacia el pasado:

Estoy mirando hacia el pasado/ no sé si fui feliz: tuve mil alegrías/ en aquella paz infinita del silencio,/ y los días a veces me llenaban de sol/

y los sueños e ilusiones, que creí siempre/ estar segura de alcanzar

…………………………………….

Por eso no sé si alguna vez amé;/ nunca pude percibir con claridad/ al hombre que soñaba...

…………………………..

¿Para qué pensar en lo que fue/ si ya pasó?...

Conocí su casa, aquella donde nació en el último año del siglo XIX y donde terminó sus días hacia el final del siglo XX, en 1992. Como una premonición, se lamenta en su poema Canción de la leñadora:

…y nuestra casa pobre y fría,/ y sin fuego, como casa de nadie pasará…

Tristeza grande que no se haya conservado, porque hubiera sido un vivo testigo de la vida de María Amalia Zamora, “primera poetisa de Catamarca”, orgullo y legado de nuestra literatura.

Sea este pequeño escrito mi sincero y sentido homenaje a quien honra las letras de Catamarca y a la cultura de mi querido departamento El Alto, tierra de mis ancestros.

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