Las cosas están cambiando. Contrario a lo que creíamos antes, de que la disponibilidad de un río y un dique con todos sus servicios adjuntos -agua potable, riego agrícola, hidroelectricidad- proveían una fuente de progreso permanente a la comunidad, hoy por hoy se está dejando de lado en Europa y los Estados Unidos. En efecto, 603 barreras de todo tipo a la circulación del agua, los diques una de ellas, han sido demolidas y removidas en 21 países en 2025 de acuerdo al informe Dam Removal Europe, una coalición de seis organizaciones que impulsan la recuperación de la función natural y comunicativa que tenían los ríos en el pasado. Esto ha permitido reconectar 3.740 Km de ríos a través de Europa y forma parte de un plan de largo alcance para restaurar el flujo libre original de todos ellos y recuperar 25.000 Km para 2030. (Ver imágenes en nuestra referencia al final).
Las razones de este cambio de visión en Europa y EE.UU. respecto al uso y explotación de los sistemas fluviales está relacionada a los efectos del cambio climático y a la necesidad de recuperar la fauna ictícola, diezmada por la combinación de un utilitarismo que ha alterado el hábitat de innumerables especies, impidiendo su reproducción natural (especialmente el salmón). La visión idealizada de lo que antes se veía como una posibilidad abierta al progreso regional o nacional mediante el dominio de un río y su cauce, hoy se ha transformando en una preocupación y responsabilidad ambiental.
Las razones para esta drástica resolución son varias y justificadas. En primer lugar, cuando un río es modificado en su recorrido y dinámica, se altera el hábitat que sostiene no solamente la fauna ictícola, o sea la de los peces propios de un río, sino también la de infinidad de insectos, pájaros y mamíferos que viven de él. Estos cambios alteran el flujo natural del sedimento de un río, lo cual puede reducir su capacidad para sostener el desove de los peces migrantes, lo cual sumado a una alteración de la temperatura por el cambio climático termina por reducir la diversidad de las especies que viven del río.
En segundo lugar, la alteración de sus márgenes para evitar que se desborde, daña la vegetación natural que crece en sus márgenes, la cual sirve de transición entre el ecosistema de un río y el terrestre. Esta vegetación está adaptada a la humedad natural del suelo, que puede variar entre seco e inundado. Sus raíces estabilizan el suelo y reducen la erosión asociada a las crecientes. Ella también mejora la calidad del agua del río al actuar como filtro ante los derrames de origen agrícola, de carácter polucionante y sedimentos.
Según expresan los científicos del programa, en Europa se han perdido en los últimos mil años el 80% de los humedales a través de la construcción de drenajes. Los humedales son las zonas de transición entre los sistemas acuáticos y terrestres que mitigan inundaciones si llueve mucho o evitan sequías en caso contrario. Esto, sumado a la construcción de diques y embalses ha contribuído a la reducción de la biodiversidad, que ha puesto en riesgo al 42% de la fauna ictícola. Especies como el salmón del Atlántico y la anguila en Europa y EE.UU. han visto obstruídas sus rutas de migración para desovar y reproducirse. Localmente, este problema afectaba a las truchas en nuestro Río Los Angeles allá por los 90, amenazadas por la construción de un pequeño embalse. Desconocemos el final de esta historia.
La regla del 7%
Para cambiar la situación que nos descoloca frente a la naturaleza debemos entender que un río virgen sostiene la vida vegetal propia de su clima y fundamentalmente la de sus árboles que proveen sombra y evitan el sobrecalentamientos del agua que, a su vez, permite sostener la vida de todos. Una ley de la termodinámica conocida como “La regla del 7%” dice que por cada grado centígrado de aumento de temperatura ambiente, la humedad aumenta el 7% , que no es otra cosa que una pérdida de volumen de agua que se evapora y eventualmente, si se encuentra con una masa de aire fría, termina en una tormenta eléctrica con inundaciones. Por lo tanto, tal como dice la European Open Rivers Programme, la preservación y/o restauración de los cauces originales de un río restituyendo su vegetación y su entorno natural no solamente evita la pérdida de agua por evaporación, sino que disminuye la acumulación de materia orgánica que se descompone con el tiempo liberando metano, uno de los peores gases de invernadero que contribuye al calentamiento global que se está experimentando en todo el planeta.
Ahora bien, según este informe, hay otros problemas asociados a la alteración que han sufrido los ríos a lo largo de su historia, que también demandan atención: la vejez de la infraestructura que se les ha adicionado para servir nuestras ideas de progreso. Aquí entran la infraestructura de distribución de agua y el pobre mantenimiento de los embalses, diques y drenajes de riego que, con su antigüedad se han transformado en un riesgo público en casos de eventos meteorológicos extremos. Se toman por eternos a todos los diques que conocemos y se pasa por alto que el criterio con que se diseñan es para tener una vida util de 60 años. Recordemos que nuestro Pirquitas ya superó ese término.
Naturalmente, esta política de restaurar los cauces de agua ha tenido resistencia de productores agrícolas. Sin embargo, la Nature Restoration Regulation de la Comunidad Europea, una ley que entró en aplicación en 2024, establecio que para 2030 se deberán restaurar el 20% de las areas ribereñas a ríos y el mar, más 25.000 Km de ríos que deberán volver a correr como originariamente lo hacían. Se ha fijado el 2050 como el año en que esta tarea deberá estar completada. Lo extraordinario de esta ley es que no pretende proteger lo que queda, sino restaurar lo que se ha destruído a lo largo de siglos. O sea, restaurar la naturaleza tal como era en el pasado.
Obviamente, remover un dique va más allá de la simple destruccion de su paredón. Hacerlo requiere un estudio ambiental, un proyecto de ingeniería y conversar con las autoridades. El manejo del sedimento debe ser manejado con cuidado, el terreno que lo rodea debe ser estabilizado y es necesario hacer un seguimiento para determinar el comportamiento del ecosistema una vez que la remoción de la estructura ha sido completada. La experiencia en Europa y EE.UU. demuestra que una vez terminado el desmontaje, la recuperación del sistema natural es rápida.
Contra la naturaleza
Obviamente, esto atrajo nuestra atención hacia nuestros sistemas rivereños. La tragedia de El Rodeo en 2014 demostró que estamos muy lejos de los criterios con que se están manejando los ríos en el mundo desarrollado. Mientras en el norte del planeta se trata de armonizar los ríos con la naturaleza que los construyó, entre nosotros se opta por ir contra ella. En vez de hacerse puentes acordes al ancho de los ríos, se sigue violentando el curso encajándole puentes más angostos con terraplenes que endican las aguas y las desvían de curso. Tampoco sus alturas respetan la altura mínima que deben tener respecto al nivel de un caudal histórico que parece no ser conocido, lo mismo que sus rutas aledañas, como se verificó con la Ruta 4 en aquella localidad en 2014. Por supuesto, ni hablar de reconstruir los márgenes naturales e imponer una distancia de seguridad al río en la construcción de viviendas. Naturalmente, ante esta indefinición de criterios a nivel político y técnico solo queda esperar la próxima tragedia, sin olvidar que la naturaleza siempre gana porque impone sus propias leyes.