La exclusión de la lista que encabeza Pedro Garnica en las elecciones para renovación de las autoridades del Sindicato de Obreros y Empleados Municipales capitalino menoscaba la legitimidad de Luis Álamo, actual secretario adjunto del gremio, pero además, y más profundamente, erosiona el mito de la invencibilidad de su padrino, el actual secretario general, Walter Arévalo.
Una manipulación reglamentarista operada en la Junta Electoral suplantará las urnas en el SOEM para encumbrar la lista única arevalista. La lista de Garnica recurrirá a la Justicia y al Ministerio de Trabajo para tratar de revertir el enjuague proscriptivo, pero Arévalo apuesta a los hechos consumados para conseguir la continuidad sin ganarle a nadie.
Una lástima, pues estos comicios eran la oportunidad para que demostrara su predicamento en la familia municipal en una confrontación real.
Arévalo accedió a la conducción del SOEM en abril de 2014, tras la intervención del gremio. En esa oportunidad compitió en calidad de caballo del comisario contra Justo “Alo” Barros, el secretario general intervenido. Luego, la Municipalidad de la Capital aportó el dinero para sanearle las finanzas del sindicato, cuyo colapso había puesto al borde del remate a la propia sede.
Un estilo agresivo le permitió al dirigente construir la imagen de enemigo del sindicalismo ortodoxo y la política y disimular que debía su posición a las decisiones de ambos sectores, ya que tanto el municipio capitalino al mando del actual gobernador Raúl Jalil como la Confederación de Obreros y Empleados Municipales (COEMA) lo habían promovido.
Las armónicas relaciones que mantuvo con el Ejecutivo municipal mientras Jalil fue intendente colapsaron con la llegada de Gustavo Saadi en 2019 porque pretendía que la nueva gestión mantuviera espacios que le habían entregado en la estructura jerárquica municipal, con altos emolumentos, junto a la gravitación en los ascensos y otras gangas económicas.
El enfrentamiento sistemático con la administración Saadi, signado por las desmesuras, fue minando institucionalmente al SOEM y a la propia figura de Arévalo. Este deterioro quedó en evidencia en las últimas elecciones, en las que se presentó como candidato a concejal en primer término en las listas del frente que armó el diputado provincial Hugo Ávila. Quedó más de diez mil votos debajo de los que necesitaba para ingresar al cuerpo.
Los resultados desnudaron la ficción que había conseguido edificar durante seis años de piquetes, micropiquetes e improperios.
Secuencia incontrastable: había obtenido la conducción del gremio gracias a la patronal, que lo salvó también de la quiebra y la reelección sin adversarios. Bajo su mando, el SOEM se vio obligado en dos oportunidades a pedir la conciliación obligatoria, toda una novedad en la historia del sindicalismo, donde son por lo general las patronales las que requieren la medida.
Tampoco consiguió coronar el sueño de comandar la CGT, empeño en el que lo batieron los devaluados “gordos” locales y la Unión del Personal Civil de la Nación.
Es decir: en el único compromiso electoral en serio que afrontó fracasó, y ahora su candidato se apresta a sucederlo dejando fuera de competencia a los opositores, en un proceso marcado por las denuncias cruzadas, que termina judicializado y con resoluciones pendientes de la burocracia del Ministerio de Trabajo de la Nación.
Es probable que el “arevalismo” retenga el control del sello, pero en tal caso Álamo tendrá por delante la ardua tarea de remontar el legado de su padrino con la legitimidad renga por una elección ganada con artes de tahúr y no en una disputa franca.