viernes 27 de enero de 2023

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Cara y Cruz

Las marchas como reflejo

La unánime condena social al grupo que asesinó a golpes a Fernando Báez Sosa lubricó...

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La unánime condena social al grupo que asesinó a golpes a Fernando Báez Sosa lubricó la generalización de manifestaciones que más parecen procurar el linchamiento de los encartados que una sentencia ajustada a derecho. El caso conjuga elementos que lo hacen propicio a análisis de todo tipo ajenos a lo jurídico, como los vinculados con los modelos de virilidad hegemónicos que prohíjan la cultura de la violencia y la conveniencia de avanzar en su revisión. En simultáneo con estos saludables y oportunos razonamientos, sin embargo, se despliegan retóricas dirigidas a desenfrenar pasiones en una sociedad conmocionada para presionar sobre la Justicia y obtener sentencias específicas.

Está por verse cómo se desenvuelven los encargados de juzgar a los responsables del brutal crimen de Fernando Báez Sosa en un contexto enrarecido por la exigencia de que los ocho, satanizados, sean condenados a perpetua, pues de otro modo no se habría logrado justicia alguna. El Ancasti reproduce en la edición de hoy el artículo “La redención de Burlando”, una interesante mirada al respecto de la periodista Victoria De Masi, publicada en elDiarioAR (https://www.eldiarioar.com/blog/gracias-por-venir-un-viaje-fugaz-por-las-cocinas-del-periodismo/redencion-burlando_132_9886915.html).

La vigilancia social sobre el funcionamiento de instituciones como la Justicia no solo es necesaria y deseable, sino también, en muchas ocasiones, imprescindible. Pero un ejercicio adecuado y virtuoso de este derecho requiere discriminar.

En Catamarca se ha ido asentando la costumbre de realizar marchas y manifestaciones para presionar sobre la Justicia aún cuando no hay motivos para ello.

Es decir: se moviliza aún cuando los organismos de seguridad y el Poder Judicial se desempeñan conforme a lo que se espera de ellos, con lo cual empiezan a estimularse ansiedades colectivas que se superponen a las de los directamente afectados, distorsionan la escena y pueden hasta perjudicar las pesquisas, por no hablar de manipulaciones interesadas del dolor, la angustia y el morbo que también las hay.

En la editorial de ayer se hizo referencia al debate a través de las redes sociales que se precipitó tras la aparición de Nahir Oliva. La joven de 18 años había desaparecido 24 horas después que Karina Chazarreta, que todavía es intensamente buscada. La encontraron en Jujuy, donde habría viajado por propia voluntad.

El alud de análisis tras la aparición incluyó conjeturas sobre su vida personal y hasta el significado de la sonrisa que exhibía en la foto que le sacaron en sede policial. Su hermano posteó: “La verdad me di cuenta que muchos esperaban que aparezca muerta mi hermana. Es raro, pero la gente es así, morbosa. Se quejan porque sale sonriendo y, bueno, no sabría decirles por qué sale así. Pero yo estoy anonadado por lo que pasó”.

Conviene tal vez detenerse en las disparatadas expresiones encadenadas sobre el caso de Nahir.

Por supuesto, existen precedentes que habilitan preocupaciones, pero el tema es la marcha como acto reflejo inmediato y su persistencia a pesar de que todas las evidencias demuestren que Justicia y fuerzas de seguridad extreman los esfuerzos para arribar resultados exitosos. Como ocurrió con Nahir, para no ir demasiado lejos; ojalá pase lo mismo con Karina, en el que también es ostensible el empeño que se pone en hallarla.

Cuando los organismos públicos fallan, la reacción popular es un dispositivo saludable. Pero cuando accionan conforme a sus funciones, se abona el terreno a todo tipo de dislates, incluidos los que pretenden influir sobre el ánimo de jueces y tentarlos con la demagogia de acoplarse a los sentimientos de la calle, que no siempre están enfilados con el concepto de justicia.

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