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Algo en que pensar mientras lavamos los platos

La vida imita al arte

Rodrigo L. Ovejero

22 de abril de 2026 - 00:01

En una de esas peripecias que tiene la vida, me encontré el domingo pasado pensando en la vieja frase de Oscar Wilde que afirma que la vida imita al arte. En ese momento, me hallaba ante un trance difícil, del cual mis posibilidades de salir airoso no eran las mejores. Vamos por partes, en todo caso.

En 1977 el director cinematográfico William Friedkin estaba de racha: venía de dirigir dos obras maestras como “El exorcista” y “Contacto en Francia”, cuando llevó a la pantalla la novela de Georges Arnaud “El salario del miedo”. En la cinta, cuatro fugitivos perdidos en el medio de una selva sudamericana reciben una oferta tentadora: transportar una carga de dinamita a través de la jungla, por caminos irregulares, llenos de peligros naturales y humanos, a cambio de una suma de dinero y el perdón de todos sus pecados. El viaje se hace aún más riesgoso cuando descubren que la dinamita ha sido almacenada de manera equivocada, por lo cual la nitroglicerina ha vuelto a su estado líquido y puede estallar ante la más mínima vibración.

Es una película de suspenso muy bien lograda, con escenas memorables como la del cruce de los camiones por un puente colgante, y es una suerte que la haya visto hace un tiempo, pues este domingo pasado, como dije al principio de la columna, me encontré ante una tarea riesgosa de similares características, y pude aplicar sus enseñanzas. No transportaba nitroglicerina, claro, sino un par de ollas de locro –una bomba, de todas maneras, debo decirlo- y las calles de nuestra ciudad se parecen cada vez más a los traicioneros caminos de la película de Friedkin.

A lo largo de algunas cuadras tuve que conducir con sumo cuidado, refrenar el hambre atroz que me impulsaba a pisar el acelerador a través de baches, badenes y lomos de burro. Esquivar motociclistas temerarios, perros suicidas, automovilistas impacientes, en fin, lidiar con los múltiples obstáculos del impredecible tránsito catamarqueño. Recordar la tensión que reina a lo largo del metraje de ese filme me permitió actuar con la paciencia necesaria para llegar a buen puerto sin derramar una gota de locro, y por momentos sentí en mis venas la adrenalina de llevar en el baúl la mismísima nitroglicerina de la película.

Al llegar a mi hogar revisé las ollas con temor, solo para descubrir satisfecho que se encontraban intactas, y me pregunté si podría haberlo logrado sin haber visto alguna vez “El salario del miedo”. Otra pregunta sin respuesta, de las tantas que hay en esta vida. Recordé entonces a Oscar Wilde, y me pregunté si alguna vez el poeta irlandés se habría imaginado que a miles de kilómetros y a cientos de años de donde alguna vez él escribió que la vida imita al arte, un catamarqueño llevaría dos ollas de locro en el baúl del auto, con la precisión y la templanza que solo la película correcta le podía enseñar.

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