viernes 2 de diciembre de 2022

Alcanzaste el límite de 40 notas leídas

Para continuar, suscribite a El Ancasti. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.

SUSCRIBITE
Lo bueno, lo malo y lo feo

La UNCA en sus cincuenta años

Alcanzaste el límite de 40 notas leídas

Para continuar, suscribite a El Ancasti. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.

SUSCRIBITE

Señor Director:

La Universidad Nacional de Catamarca no ha nacido por generación espontánea. Su vida está enraizada en una sólida tradición educativa y cultural de la ciudad de Catamarca. Tradición que se generó en los primeros tiempos de la colonia y cuyos canales fueron las distintas órdenes religiosas que llegaran a las nuevas tierras descubiertas.

Catamarca tuvo, desde los primeros asentamientos poblacionales, una intensa vida cultural, particularmente educativa, según lo señalan sus más distinguidos historiadores. En las aulas conventuales cursaron los estudios hombres de envergadura intelectual que se distinguieron en las diversas actividades comunitarias, siendo Fray Mamerto Esquiú la figura más prístina del proceso cultural y educativo de los frailes franciscanos. En la escuela de San Francisco se desempeñaron figuras fulgurantes de la educación, tal el caso de Fray Ramón de la Quintana que le dio a la institución un enorme prestigio, el que se extendió luego a toda la república. Por esto dice Rafael Eusebio González en el Libro de Oro de la Escuela Normal de Catamarca “...Catamarca, por obra de estos frailes ilustres, resultó mentora del Noroeste y columna cultural de la Patria”.

Estos precedentes educativos sentaron las bases de un sólido sistema educativo, que se tradujo en 1860 en un proyecto de Ley de Educación Común. Los caracteres fundamentales de esta norma fueron la obligatoriedad y gratuidad de la educación por parte del Estado. Dos años después se publicó una Memoria sobre la instrucción pública. Ante esta seria preocupación del gobierno por la educación, Catamarca fue la primera provincia en dictar una ley de Educación Común. Lamentablemente, las agitaciones políticas en la patria y el triunfo del centralismo porteño postergaron muchas aspiraciones de preclaros ciudadanos que soñaban en proporcionar una vida digna al hombre del interior, usando como herramienta irreemplazable la educación. Uno de esos hombres que trabajaron intensamente por devolverle a la provincia esa vieja tradición educativa, traducida en educación popular, fue Lindor Sotomayor. Con este hombre como ministro tuvo lugar la sanción de la Ley de Educación Común llamada también Ley Sotomayor. Debe notarse que diez años después de ésta, la Provincia de Buenos Aires dictó su primera Ley de Educación Común.

Iniciado el Siglo XX, la ciudad de Catamarca contó con una enorme institución educativa de carácter regional, la Escuela Regional Normal. Creada en 1903, había sido instalada para responder al gran desafío de los hombres de la Generación del 80. La educación debía ser un pilar fundamental en el sueño de construir la grandeza de la Patria. Era hacer de la educación la bandera de la nación. La gloriosa Escuela Normal cumplió con creces el fin para el que había sido creada. Cumplió con la formación de hombres y maestros con los que sembró la dignidad humana en los jóvenes de la patria, basada en la verdad, la justicia y la libertad. De sus aulas egresó un crecido número de figuras que luego se dispersaron y aportaron con su capacidad e idoneidad el trabajo educativo, esquivando múltiples dificultades en este camino de verdadero apostolado. Solamente un ejemplo de ello: Juan Alfonso Carrizo, una figura que no sólo cubrió con su nombre el marco geográfico argentino sino que también alcanzó el escenario universal con su ponderada obra literaria. El trabajo de búsqueda de Carrizo lo hizo caminando pueblo por pueblo del Noroeste Argentino. Solo el amor por la cultura y la educación de la gente puede dar razones a la realización de esta soberbia obra.

Los egresados de la Escuela Normal de Catamarca, dispersos por todo el territorio de la nación, se desempeñaron no solamente en la tarea educativa sino en los más diversos roles de la función pública. Alguno -Luis Beltrán Mercado- fundó Picún Leufú, pueblo de la Provincia del Neuquén y que se asentara en el espacio que lo ocupara un fortín de avanzada de la Campaña del Desierto. De modo que el maestro formado en esta gloriosa escuela hizo patria donde ella lo requirió. Algunos relatos de maestros que dejaron su vida por educar a los niños y jóvenes de la nación no dejan de conmover a los que leen estos documentos.

Esta ciudad cobijó también una casa de altos estudios religiosos, que se instaló con el rigor del estudio como premisa de su existencia. Fue ella una verdadera Facultad de Teología. Esta institución fue el Seminario Mayor Regional del Norte de Nuestra Señora del Valle. Una unidad académica única en la Historia de la Iglesia en la Argentina, que tenía como misión formar al clero en unidad de objetivos para una tarea común como lo era la predicación del Evangelio en el espacio geográfico del Noroeste Argentino. Desde luego que la labor de este Seminario no sólo se relacionaba con la formación religiosa, era también una casa formadora y generadora de cultura. Esta casa buscó siempre en sus manifestaciones culturales el rigor de la excelencia, carácter que distinguió a esta institución.

Con los años se creó en esta ciudad una casa que ofreció a sus alumnos una sólida formación académica, cimentada en un profundo humanismo. Fue el Instituto del Profesorado Secundario de Catamarca, que con los años pasó a ser el Instituto Nacional del Profesorado. Esta institución atrajo a un sinnúmero de estudiantes del Noroeste que llegaban atraídos por el enorme nivel de conocimientos y una magnífica jerarquía académica, que entregaba a sus alumnos, a la vez que exigía en el máximo rango.

Formó profesores en diversas disciplinas y cubrió a lo largo y a lo ancho del país con jóvenes docentes que lo entregaron todo a las comunidades a las que sirvieron, las que con hidalguía y gratitud reconocieron la enorme tarea de formar y educar a la juventud. Es decir, que hombres e instituciones educativas hicieron posible que esta ciudad de Catamarca se constituyera, según una fantástica expresión del Prof. Federico Emiliano País, en “...la Atenas ambateña...”.

Una ciudad pequeña pero de una enorme riqueza espiritual se proyectó a la comunidad nacional a través de hombres que, por su trayectoria, hicieron honor a su condición de servidores en la formación de personas cimentando en ello el ser de un país anhelado y soñado por los próceres de la patria. Decía el Prof. Gerardo Pérez Fuentes, distinguido historiador catamarqueño, que sería bastante difícil trazar una historia de la cultura y educación de Catamarca por ser un tema tan extenso y con tan ricos contenidos.

De manera que Catamarca contó con sobrados méritos para justificar las pretensiones de contar con su universidad, cuando la comunidad, a través de sus referentes educativos, reclamaba para sí esta casa de altos estudios. Con la trayectoria de cincuenta años quizá sea oportuno y auspicioso que esta unidad académica haga un replanteo de su función como servidora de la comunidad. Quizá, en esta celebración de su medio siglo de vida, sea la ocasión para repensar los fines para los que ha sido creada. Que no sea ociosa la llegada de una reconocida antropóloga, que con su opinión dejó en evidencia la deuda que esta casa de estudios tiene con la comunidad.

Seguramente con la participación de todos los estamentos y en absoluta libertad será posible hacer algunos ajustes que a cualquier institución le viene bien. La vida de esta unidad académica tiene sentido en la medida en que sea servidora de la comunidad. No puede ser de otra manera. Su acción tiene que ser dinámica, lo que ayudará en mucho a resolver dificultades que le impidan crecer permanentemente. De otro modo, la universidad quedará expuesta a ser una herramienta poco útil en la tarea de formar personas para una sociedad justa, libre y solidaria.

Entonces, todos los que forman los cuadros universitarios y con la participación activa de la comunidad sin distinción alguna, se debe poner en marcha una tarea que ayude a despejar dudas, a enderezar caminos y a trazar nuevos proyectos. La comunidad espera y merece que la universidad sea una brújula que oriente su marcha y defienda sus intereses legítimos frente a los embates de tantos intereses que amenazan la realización individual y social del ser humano que habita esta bendita tierra. Esto ayudará, en muchos, a resolver de no pocas fisuras a la que se está sujeto en la convivencia cotidiana.

¡¡¡El mejor futuro para la Universidad Nacional de Catamarca!!!

Mag. Lorenzo Aybar

DNI 6.967.929

Seguí leyendo
LO QUE SE LEE AHORA
Resguardadas. la mujer y su hija fueron retiradas de la vivienda.

Te Puede Interesar