miércoles 1 de abril de 2026
Cara y Cruz

La tranquera del desatino

Sin subestimar el peligro que incuba para la democracia, de la analogía entre la asonada bolsonarista contra Lula y el asalto al Capitolio perpetrado el 6 de enero de 2021 por partidarios de Donald Trump, pueden extrapolarse proyecciones alentadoras.

Las condenas que cosechó la revuelta brasileña son similares a las que desacreditaron el alzamiento trumpista y podrían ser el inicio de una declinación de Bolsonaro similar a la que experimentó Trump en las elecciones norteamericanas de medio término, en las que su gravitación arrastró a los republicanos a la derrota, dejándolo mal parado frente a sus adversarios internos.

Hay diferencias para nada menores entre Brasil y los Estados Unidos, por supuesto, pero la enérgica reacción de Lula, que ganó la presidencia por tercera vez por el hocico, aliado con antagonistas históricos, es concordante con la situación en que han quedado los adherentes de Bolsonaro: deben optar entre acatar el resultado de la elección y gestionar sus aspiraciones dentro de los márgenes del sistema o persistir en la insurrección. Con astucia característica, Lula trazó la raya sin contemplaciones ni matices: Bolsonaro es un “genocida” que referencia “fascistas”. Metió una cuña en el corazón de su enemigo, habrá que ver cómo evoluciona.

Por lo pronto, Bolsonaro parece haberse convertido en una referencia bastante incómoda para los que ganaron acompañando su candidatura presidencial, que son muchos. La Corte Suprema de Brasil separó de su cargo por 90 días al gobernador bolsonarista de Brasilia, Ibaneis Rocha, por considerar que sin su anuencia no podrían haber sido asaltados el palacio de Planalto, la sede del tribunal y el Congreso. Lula había intervenido el distrito hasta el 31 de enero.

Obviamente, la conmoción brasileña repercutió en la grieta argentina, con el kirchnerismo alineando a los macristas con Bolsonaro, por un lado, y los macristas tratando de espejar la conducta del bolsonarismo con la de los kirchneristas, en particular por el juicio político contra la Suprema Corte de Justicia que comenzará a tramitarse en la segunda quincena de enero en la Cámara de Diputados.

Como las sobreactuaciones se han convertido en la norma en el litigio político nacional, donde los “hackers” ganan terreno como proveedores de insumos poco edificantes, no debe afligir demasiado que se incurra en ellas ante hechos como los que trastornan al Brasil, sobre todo por la identificación que se postula entre los destinos de Lula y Cristina Kirchner.

Lo que la política nacional podría asimilar de los últimos años de la historia del Brasil son los riesgos que conlleva la demolición de la confianza en las instituciones. Tanto Trump como Bolsonaro estribaron en tal descrédito sus carreras y los estallidos del Capitolio y Brasilia fueron precedidos por prédicas que denunciaban fraudes electorales y conspiraciones. Los dos líderes, desde el poder, acentuaron la retórica mesiánica y de erosión sistémica, que los extremos de la grieta argentina se empecinan en tentar.

Al respecto, vale la pena recordar lo que señaló el Mirador Político “La metástasis”, a propósito justamente del ascenso de Bolsonaro. Se refería a la trama de corrupción que había saltado en Vialidad con los alquileres de maquinaria, sobre la cual no han vuelto a tenerse noticias.

“El acceso a la Presidencia de Brasil del ultraderechista Jair Bolsonaro desató un alud de expresiones de alarma. Se trata de un energúmeno ideológico. En muy poco contribuyó a aventar inquietudes que haya designado como ministro de Justicia al juez Sergio Moro, impulsor del Lava Jato que puso preso al expresidente Lula Da Silva. La decisión fortaleció las hipótesis sobre una gigantesca conspiración de la derecha contra Lula y el PT. La maquinación podrá ser cierta o no, pero es otro el aspecto del que la Argentina y Catamarca podrían extraer lecciones. Bolsonaro, como Silvio Berlusconi en Italia tras el “Mani Pulite”, se coló pese a su primitivismo ideológico por la fisura del hartazgo por la corrupción”.

Esto es del 4 de noviembre de 2018. Todavía era presidente Macri, faltaban seis meses para que Cristina candidateara a Alberto Fernández.

Varios hartazgos se sumaron al de la corrupción desde entonces para pechar la tranquera del desatino.

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