lunes 23 de febrero de 2026
Editorial

La salud no es una ecuación lineal

Por años, la palabra “suplemento” remitía a una indicación médica concreta, que podía ser una embarazada con déficit de hierro, un adulto mayor con carencia de vitamina D, un paciente con osteoporosis que necesitaba calcio. Hoy, en cambio, el término se ha banalizado. Se ha instalado con fuerza en la sociedad la idea de que consumir complejos vitamínicos y suplementos alimenticios es, por definición, sinónimo de prevención y bienestar. Y no siempre lo es.

Las góndolas de farmacias y supermercados, las publicidades en medios masivos y, sobre todo, las redes sociales, despliegan un arsenal de promesas: colágeno para una piel más firme, Omega 3 para un corazón invulnerable, cartílago para articulaciones indestructibles, multivitamínicos para “subir las defensas”, creatina y proteína en polvo para esculpir el cuerpo ideal, calcio, magnesio y zinc para restaurar una vitalidad supuestamente perdida. El mensaje es que una cápsula diaria puede compensar cualquier carencia y mejorar cualquier aspecto de la vida.

El problema es que esos mensajes rara vez cuentan con el correspondiente aval médico individualizado. Y la medicina no funciona por slogans ni por fórmulas universales. Las vitaminas y minerales son, sin duda, esenciales para la salud. Pero su administración no es inocua ni intercambiable. La diferencia entre una dosis útil y una dosis potencialmente tóxica puede ser más estrecha de lo que el marketing sugiere.

Las vitaminas y minerales son, sin duda, esenciales para la salud. Pero su administración no es inocua ni intercambiable. Las vitaminas y minerales son, sin duda, esenciales para la salud. Pero su administración no es inocua ni intercambiable.

Según estadísticas difundidas por el Ministerio de Salud, en los últimos años se viene registrando un incremento interanual del consumo de suplementos del orden del 6 al 8%. Los expertos advierten que la suplementación sin control médico puede generar problemas concretos como toxicidad; alteraciones gastrointestinales y renales por exceso de minerales; reacciones cruzadas con otros medicamentos; interferencias con tratamientos crónicos. Cada persona tiene características físicas propias, antecedentes clínicos, enfermedades de base y esquemas farmacológicos que deben ser evaluados por un profesional antes de incorporar cualquier sustancia de manera sistemática.

Hay, además, un componente cultural que no puede soslayarse. La difusión de estos productos recurre con frecuencia a mensajes estereotipados. En el caso de las mujeres, se enfatizan las virtudes para conservar la belleza, la juventud y la tersura de la piel. En el caso de los hombres, se subraya la promesa de vitalidad, fuerza física y rendimiento deportivo. Son narrativas que apelan a inseguridades profundas y a modelos corporales exigentes.

La clave de la salud sigue siendo una alimentación equilibrada, variada y suficiente, acompañada de actividad física regular y controles médicos periódicos. Los suplementos pueden ser útiles cuando existe un desequilibrio en la dieta o una condición específica que justifique su uso. Pero no reemplazan a una dieta saludable ni a hábitos de vida adecuados.

Cuando la publicidad exagera beneficios, omite riesgos o presenta resultados como universales e inmediatos, roza el terreno del fraude. No porque todos los suplementos sean inútiles, sino porque la promesa simplificada distorsiona la complejidad biológica. La salud no es una ecuación lineal que se resuelva con un comprimido.

Seguí leyendo

Te Puede Interesar