miércoles 1 de abril de 2026
(a sigún su gusto)

La partida o el regreso

Ramiro Zavaleta

Dicen que estaba cansado y eso mostraba su cuerpo de hombros cerrados y mentón caído. Mucho y bien había andado. Supo ver de la vida lo esencial, lo que le hacía bien, lo que llenaba su alma y la de los demás. El hombre había tenido su tiempo de ser y hacer. Ahora, de verdad, estaba cansado.

De pronto, sus pensamientos y su memoria se pusieron caprichosos y comenzaron a pechar para atrás, para los tiempos idos. Se confundían recuerdos con realidades y eso, de a poquito, iba alejando miedos, haciendo prescindibles ciertas certezas, allanando la partida.

Volvió como posibilidad palpable el abrazo que durante tanto tiempo fuera deuda dolorosa e impagable. Vislumbró personajes que extrañaba tanto, desandó felizmente y como si fueran de ahorita nomás caminos viejos y olvidados.

El atardecer le dio un changüin para repasar vida, afectos, amores… se sintió conforme y pleno. Supo que no guardaba nada, que a cada cual se había entregado generosamente.

Pasó ese tiempo de repaso sin miedos, porque ya no había miedos. Comenzó a transitar ese viaje sin saber siquiera que lo iniciaba y ya sobre el final, o mejor dicho, al principiar del próximo tramo, se dio vuelta con los ojos humedecidos y pensó… “parece que has dobla’o el colchón Zavaleta”. Sintió un cosquilleo raro y amagó un recule, pero juntó las yemas de los dedos de su mano derecha y les acomodó un beso sonoro que tiró hacia atrás, a modo de despedida. Miró el sendero nuevo y se echó a andar pensando:

- ¡Sueeeerte donde se pare carajo!

Anduvo un trecho tupido pero entretenido. De a ratos estiraba el cogote “como Quicho gateando el gusano”. Las alpargatas ya estaban sobaditas, así que andaba como en el aire. Se le dibujó una sonrisa medio camélida, pensó pa’ sus adentros “voy livianito como boleadora’i marlo” y una voz le contestó al pensamiento.

- Mejor así joven, pa’ lo que le falta andar. ¡Le queda un trecho “laaaargo, como eructo’i jirafa!

- ¡Aaaah no carajo! –dijo dándose vuelta apurado cuando reconoció acento, voz, tono, chanza…- ¿Sos vos gordo?

- ¡Nooo, si va’ ser…!

Y ahicito nomás vino el primer abrazo. ¡Ése sí, fue laaaargo…! Después siguió la charla también larga, y más abrazos y algún otro encuentro…

Zavaleta seguía cogoteando, mirando todo. No se animaba a preguntar mucho todavía. Mitaritona se hacía el que no se daba cuenta y disfrutaba el momento. Le preguntaba, haciéndose el distraído, cómo había dejado las cosas, que tal esto, que tal aquello y, de repente…

- Eh flaco ¿no me digas que no has traído la pala? (refiriéndose a la guitarra).

- ¿Qué? ¿No hay aquí?

- Y no, boludo… Si esto es el cielo, aquí es todo lindo y prolijito, pero son más aburridos que la mierda. ¡El arpa nomás tocan acá!

Zavaleta comenzó a peinarse el bigote con los dedos, atornillándolos como sacándoles punta… estaba “desorientao como turco en la neblina”.

- Bueno, algo va a salir… ¡“Aquí no le han tocao bocina a un sordo”! Pero decime… ¿Y mis viejos? ¿Batata? ¿El Chivo? ¿La changada?...

Hizo un silencio y tragó saliva como pa’ animarse a la pregunta que seguía.

- ¿Y Sergio?

- No, ni idea. Ya vamos a preguntar a alguien. Yo no los veo hace un montón.

Los ojos de Zavaleta se pusieron grandes y vidriosos. Estaba serio “como perro en bote”.

- Ya los vamos a encontrar. Acompañame a buscar unas cosas a la oficina y nos ponemos a buscarlos. Pasa que aquí no pasa mucho. La verdad, es lindo pero medio embole. Yo tenía esperanzas de que traigas la viola, a ver si metíamos un poco de bulla.

Anduvieron un trecho más. Todo lindo, pero no se veía a la gente que el “Yeye” esperaba encontrar, así que ya andaba medio ansioso. Era raro eso de la oficina del gordo. Raro que se le haya dado por trabajar, pero bue… “Dios todo lo puede”, pensó el recién llegado y se le escapó una mueca de sonrisa maliciosa.

Por fin llegaron a la “oficina”, un bar chiquito, pero con olorcito rico a cafecito.

- Ahora sí voy entendiendo lo de la oficina. “Patadas quiere el cojudo pa’ alborotarse”. Tomemos alguito, yo invito.

- No, vamos a la cocina y seguimos.

Abrieron la puerta y Zavaleta, por fin, llegaba al Paraíso.

Ahí estaban todos los abrazos que añoraba. Y cuando digo todos, son todos. Como a unos diez metros, Sergio arreglaba cuentas con Mandinga.

- Te dejo diez cajones de vino, 50 de cerveza, 12 cajas de fernet, 10 barras de hielo -decía Belcebú.

- M’aver… Sí, está todo. ¡Vaya, y que Tata Dios le pague!

Y así se hizo, y el Colorao se fue alegre a buscar su paga.

Patilla se arrimó despacito, Sergio destapó una botella de algo, tomaron un trago largo cada uno (del pico nomás) y se fundieron en ese abrazo fuerte, sentido. Después se secaron algún lagrimón, se miraron sonrientes y, recién entonces, se arrimó el mismísimo Diosito con una guitarra en la mano.

- Hágase un temita, Zavaleta.

- ¿Que me vaya a dónde? Jajaja.

- ¡Escuchen sordos!

Dijo Zitarrosa (o habrá sido la abuela Elsa, o Cafrune, el Tata Manuel, Panchuleta, Atahualpa, Piriqui o cualquierita que algo conocía… no importa quien lo dijo).

Zavaleta agradeció el cumplido y comenzó a hacer sus primeras armas en el escenario mayor.

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