La Navidad es una fiesta de carácter absolutamente religioso. En ella, nada que ver el jolgorio, los ruidos estridentes ni las formas desmedidas de comer y de beber. Con esta fiesta, la Iglesia recuerda el nacimiento de Cristo, que vino al mundo para liberar al hombre de todo mal. Es por esto, la alegría que debe vivir y promocionar el cristiano. Si por tantos siglos esperó y se preparó el pueblo de Dios para tal acontecimiento, hoy los seguidores de Cristo debemos cantar junto con los ángeles lo que cita el evangelista sobre el nacimiento de Jesús: "¡Gloria a Dios en las alturas! ¡Paz en la tierra entre los hombres que gozan de su favor! "(Lc.2.14). Me parece que la Navidad es la ocasión para hacernos un replanteo de nuestras acciones, de nuestras conductas en el medio social en el que estamos insertos.
Fuimos creados para vivir con nuestros semejantes, sobre todo con los que están más cerca nuestro. Tenemos una familia, cuya relación debe ser prolijamente cuidada y revisada permanentemente. Vivimos incluidos en una vecindad, en la que debemos disponer todo esfuerzo para vivir acorde a nuestra dignidad. Para ello es necesario poner en práctica las buenas costumbres recibidas de nuestros antepasados, que tenían como ejes las enseñanzas evangélicas. Todos estamos marchando por un mismo camino, hacia un fin común. Y como compañeros de ruta, debemos estar en una permanente disposición fraternal a quién tiene necesidad de nuestra ayuda, sobre todo a los más frágiles de la comunidad. Viviendo esta mística es posible alcanzar la Paz, don tan necesario para la vida no solo de los seres humanos sino para el universo todo.
En ocasión de celebrar tan magnífica festividad, bueno sería que revisemos nuestras actitudes con los compañeros de trabajo, en el día a día. Debemos orientar nuestras conductas a ser mejores. Si no es así, busquemos algún camino que nos ayude a este fin. Si no se busca, nada se encuentra. Nos toca a nosotros contrarrestar las necesidades que siempre están, muchas de ellas las podemos resolver con la ayuda mutua.
Finalmente, amigo y generoso lector, deseo recordarle que Cristo vino al mundo para salvarnos de nuestros egoísmos, de la soberbia, del individualismo y de todo lo que atenta contra la dignidad humana. Solamente lograremos una sociedad justa y fraterna cuando nos veamos libres de estos males, cuando nosotros asumamos un papel protagónico en este quehacer al que como cristianos estamos llamados. Busquemos la Paz, bien supremo de toda convivencia. Si creemos que Cristo es el Príncipe de la Paz, lo que hagamos por nuestros semejantes lo haremos por el Mensajero de este don divino, Cristo.
Ojalá esta fiesta navideña no sea sino para reencontrarnos con el prójimo, en un clima de paz, que haga posible una convivencia justa y fraterna, y por los cuales el Salvador se hizo hombre, viviendo como un ser humano pleno, como lo anunció en el Antiguo Testamento.
Que Dios nuestro Padre, bendiga a todos y a cada uno de nuestros hogares. Que el Niño Dios, nos traiga Amor y Paz a nuestro espíritu. ¡¡¡Muy Feliz Navidad!!!