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Editorial

La leche y los Mercedes Benz

29 de junio de 2026 - 00:15

Hay contrastes que adquieren una dimensión simbólica y son reveladoras para explicar la realidad. Bastan dos datos para comprender el rumbo que ha tomado la Argentina bajo la administración de Javier Milei: durante el primer cuatrimestre de 2026, el consumo de leche cayó 11 millones de litros respecto del mismo período del año anterior, según un informe del Observatorio de la Cadena Láctea Argentina. Al mismo tiempo, las proyecciones de ventas de Mercedes Benz en el país, cuyos vehículos se comercializan entre 60.000 y 400.000 dólares, treparon de 1.500 a cerca de 4.000 unidades previstas para todo el año. Dos curvas que se mueven en sentido inverso y que, juntas, trazan el perfil más elocuente del presente argentino.

Se trata de la lógica implacable de un modelo que distribuye sus beneficios de manera profundamente asimétrica. La leche es un bien de consumo básico, presente en la mesa de millones de hogares argentinos, especialmente en los de menores ingresos. Su retracción es un síntoma de empobrecimiento real, de familias que ajustan sus compras en los rubros más elementales. Los automóviles de alta gama, en cambio, son la expresión de una capacidad de consumo que no solo no se deterioró sino que se expandió con llamativa vitalidad entre quienes concentran la riqueza.

El contraste encuentra su sustento en los propios datos macroeconómicos que el INDEC ha dado a conocer para el primer trimestre de 2026: lejos de atenuarse, la concentración del ingreso se profundizó en la Argentina. El 10% más rico de la población pasó a ganar 19 veces más que el 10% más pobre, ensanchando la brecha que ya era preocupante cuando se situaba en 18 veces durante el tercer trimestre de 2025. En términos aún más concretos: el decil de mayores recursos concentra el 32% del ingreso total del país, casi un tercio de toda la riqueza generada, mientras que el sector de menores ingresos retiene apenas el 2%.

La caída de los consumos masivos y el simultáneo florecimiento del mercado de bienes suntuarios son las dos caras de un mismo e injusto proceso redistributivo. La caída de los consumos masivos y el simultáneo florecimiento del mercado de bienes suntuarios son las dos caras de un mismo e injusto proceso redistributivo.

El modelo libertario ha sostenido que la desregulación, el ajuste fiscal y la apertura de mercados producirán, en última instancia, un derrame de prosperidad. Pero los números disponibles describen una dinámica diferente, ya que la riqueza no derrama, se acumula. La caída de los consumos masivos, entre los cuales la leche es apenas el indicador más simbólico, y el simultáneo florecimiento del mercado de bienes suntuarios son las dos caras de un mismo proceso redistributivo que opera, sistemáticamente, en favor de los sectores más acomodados.

Ninguna sociedad puede aspirar a la estabilidad duradera cuando la brecha entre sus extremos se agranda de manera sostenida. La desigualdad no es solamente un problema ético, sino también un problema de cohesión social y de viabilidad económica. Un mercado interno que se estrecha porque sus consumidores más numerosos pierden poder adquisitivo es un mercado que tarde o temprano se contrae, arrastrando consigo a los propios sectores productivos.

El equilibrio social es una condición necesaria para que cualquier modelo económico resulte sustentable en el tiempo. Un país que impulsa el agrandamiento de la brecha entre sus ciudadanos está postergando, con intereses, las consecuencias de una inequidad que, más temprano que tarde, pasa factura.n

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