El FMI, que volvió a la vida económica de la Argentina en 2018, también tiene, como siempre lo ha tenido, injerencia política...
El FMI, que volvió a la vida económica de la Argentina en 2018, también tiene, como siempre lo ha tenido, injerencia política. Por eso, aunque se presente como un organismo exclusivamente técnico, tiene sus preferencias electorales, lo hace saber y lo hace sentir.
En la anterior elección presidencial jugó abiertamente a favor de la candidatura de Mauricio Macri, al punto que lo benefició con el préstamo más grande jamás otorgado por el organismo a un país. En 2021, el propio organismo presentó un fuerte informe autocrítico sobre esa operatoria y cuestionó además al gobierno de Cambiemos, que permitió que buena parte del crédito se fugó al no imponer controles de capitales.
En la actual coyuntura electoral también tiene sus preferencias. Mira con mejores ojos a Patricia Bullrich que a Sergio Massa, con cual mantiene una relación que oscila entre los acuerdos generales y la tensión por discrepancias no tan básicas. Respecto de Javier Milei, el candidato más pro mercado, las autoridades del Fondo tienen fuertes reservas porque no encuentran viable el plan de dolarización de la economía que piensa impulsar si gana los comicios.
El jefe del Departamento de Hemisferio Occidental del organismo expresó durante una conferencia de prensa realizada en Marruecos en ocasión de la asamblea conjunta con el Banco Mundial, argumentos de dos tipos para rechazar la idea libertaria: uno económico y otro político. Respecto del primero, sostuvo que la dolarización es más un enunciado que una política macroeconómica sólida. Pero hizo hincapié fundamentalmente en el aspecto político.
Para el FMI solo es posible la implementación de un plan económico con cierto grado de éxito si hay un fuerte acompañamiento político al futuro gobierno. Es decir, si el presidente electo, o la presidenta electa, logra consensos con las fuerzas políticas rivales, además del apoyo de entidades empresarias, sindicatos, organizaciones sociales.
Ardua tarea la de encontrar puntos de acuerdos a ese nivel. Para todos los candidatos es un desafío, pero más complicados aparecen Javier Milei y Patricia Bullrich, que han asumido durante la campaña electoral posiciones muy confrontativos. El dirigente libertario ha identificado como el enemigo a vencer a “la casta política”, es decir, a toda la dirigencia salvo la de su propio espacio. Por su parte, la candidata de Juntos por el Cambio ha enfocado sus ataques, con inusual violencia discursiva, contra “el kirchnerismo”. No será fácil, entonces, si resultase electa, encontrar apoyo en los dirigentes de una expresión política que tiene un caudal de votos muy cercano al tercio del electorado.
Massa, con la debilidad que resulta de ser el ministro de Economía en una situación de crisis, se ha posicionado en un espacio de mayor conciliación, tendiendo puentes de eventual futura gobernabilidad con sectores del radicalismo. Pero tampoco le resultará sencillo gestionar sin mayoría en ninguna de las cámaras del Congreso, idéntica restricción que el resto de las fuerzas.
De modo que lograr un fuerte apoyo político, que el Fondo considera indispensable para cualquier plan económico, será para el futuro gobierno, cualquiera sea el signo ideológico, un desafío muy difícil de cumplir en las actuales circunstancias.